Cómo murió José Martí (III y final)

Con el regreso de su ayudante, ya con el permiso del coronel Ximénez de Sandoval para desenterrar el cadáver, comenzó el doctor Pablo de Valencia la exhumación de los restos del Apóstol. Antes se había confiado a un carpintero de la zona la confección del ataúd —costó ocho pesos— donde se depositarían los despojos para su traslado a Santiago de Cuba. Eran las 5:30 de la tarde del 23 de mayo cuando el médico cubano comenzó su tarea. El cuerpo de Martí, que había muerto el 19 a mediodía, se hallaba en estado avanzado de descomposición, lo que impediría un embalsamamiento completo.

Procedió Valencia a la identificación del cadáver. El examen físico debía concordar con los datos suministrados por personas que lo conocieron y que afirmaban se trataba de un hombre de unos 48 años de edad, de constitución y estatura regulares y que, aunque delgado, se hallaba bien conformado. Tenía el cabello, muy rizado, de color castaño oscuro, con una incipiente calvicie en la coronilla y entradas muy pronunciadas en las sienes que ponían de manifiesto una frente ancha y despejada. Lucía Martí, según la descripción suministrada al doctor Valencia, cejas del mismo color que el del pelo, bigote fino y no muy poblado, nariz aguileña, labios gruesos, orejas pequeñas y ojos claros y azulados.

Confirma Valencia en su informe muchos de esos detalles. Escribe que la dentadura del cadáver que examina «está conforme con los datos ya mencionados, así como también todos los relativos a la cabeza y cara». Era bueno, en su opinión, el estado de la dentadura, a la que faltaba, sin embargo, el segundo incisivo de la mandíbula superior. Repite lo del bigote fino y poco poblado y dice que el cuerpo presentaba en la pierna derecha señales de haber llevado grillos pues se advertía en ella una depresión de la piel. Otro dato queda asentado en la certificación médica: al occiso le faltaba un testículo.

Llaman la atención, por lo contradictorias, algunas de las descripciones anotadas por Valencia en su informe. El dentista de Martí diría años después que al Apóstol le faltaba el incisivo central superior izquierdo y que el lateral del mismo lado se hallaba en tal estado que hubo que desvitalizarlo y trabajarle la raíz a fin de insertarle un diente artificial sobre la espiga. Pero esa inserción no llegó a practicarse. Sobrevino en esos días el desastre del Plan de Fernandina y Martí se negó a que el especialista continuara el procedimiento. Le dijo: «Deje usted eso, qué importa un diente cuando se trata de dar la libertad a mi Cuba». No me permitió terminar la operación haciéndole la obturación provisional de la raíz, recordaba el dentista, que precisó además que los dos laterales superiores del Apóstol eran dientes muertos.

Lo mismo sucede con lo de los ojos claros y azulados, pues numerosos testimonios desmienten ese aserto. Los tenía, según unos, negros. Otros aseguran que eran de color pardo oscuro o, simplemente, pardos, en tanto que no falta quien los describiese como castaños. Despierta también duda lo del bigote «fino y poco poblado», aunque es probable que, con la intención de eludir al espionaje español, se lo afeitase junto con la mosca, en los días inmediatos a su llegada a la Isla. En su último Diario anotaría dos visitas al barbero en el transcurso de tres días.

Siempre que en Cuba se publicó el informe de la necropsia practicada por Valencia se omitieron algunos detalles, quizá por considerarlos impúdicos o irreverentes. Fue el historiador Rolando Rodríguez, que encontró el documento original en un archivo español, el único que lo reprodujo tal cual. Martí padeció de un sarcocele, tumor sólido del testículo, a consecuencia de un golpe de la cadena del grillete. Por ese motivo fue intervenido quirúrgicamente en dos ocasiones y una tercera operación se le practicó en España, sin resultados favorables. Su calvario continuó hasta que en 1876, en México, el doctor Francisco Montes de Oca lo llevó al quirófano por cuarta vez para someterlo a un procedimiento que, diría el propio Martí, «notables médicos de España no se decidieron a hacer, y que el doctor mexicano llevó a cabo con precisión sorprendente, tacto sumo y éxito feliz».

Procedió Valencia al embalsamamiento. Extrajo las vísceras del cadáver y rellenó las cavidades con algodón desinfectado. Aplicó inyecciones de una solución de bicloruro y luego, con una solución de alumbre y ácido salicílico preparada en agua hirviendo dio al cuerpo una especie de barniz. Pasaban de las siete de la tarde cuando el médico dio por finalizado su trabajo. Aproximadamente a la misma hora entraba en Remanganaguas una columna conformada por algo más de 600 hombres que garantizaría el traslado del ataúd hasta Santiago.

En su viaje hacia Remanganaguas, esa columna había sido atacada en tres ocasiones por una tropa al mando del general Quintín Bandera, y el jefe español, el teniente coronel Michelena, comprendió que los mambises persistirían en su asedio cuando, con el ataúd a cuestas, emprendiera el camino a San Luis. Así fue. Quintín trataría a toda costa de rescatar el cadáver, pero se impuso la superioridad española y la columna logró entrar en Palma Soriano, donde hizo noche, para ponerse nuevamente en marcha al amanecer. De nuevo la ataca Quintín Bandera, que había salido temprano a esperarla.

Escribe Rolando Rodríguez en su libro Dos Ríos; a caballo y con el sol en la frente, que venimos glosando a lo largo de estas páginas: «El general Bandera y sus fuerzas ya habían acometido la columna, cuando la llegada de refuerzos enemigos por la retaguardia, hizo demasiado comprometida la situación. Después de una hora de lucha, el recio general de tres guerras tampoco pudo cumplir el objetivo de rescatar el cuerpo… de aquel hombre al que había conocido menos de dos semanas atrás y al que su admiración inmediata hizo llamarle Apóstol».

No hay duda alguna, es Martí

En un vagón de carga agregado al tren y bajo la protección de 81 soldados españoles, fueron trasladados los restos de Martí desde San Luis a Santiago de Cuba. Los llevaron al cementerio de Santa Ifigenia y fuerzas de un batallón custodiaron la necrópolis a fin de frustrar cualquier acción insurrecta. De inmediato el general Garrich, gobernador militar de la plaza, tomó las medidas para el entierro, previsto para el día 27, a las ocho de la mañana, y dispuso que el coronel Ximénez de Sandoval se hiciera presente en la ceremonia. El capitán español Enrique Ubieta, que se decía amigo de Martí, escribió al alcalde de la ciudad para informarle que los generales Garrich y Salcedo, comandante de la Primera División del Ejército en campaña en la provincia, «procediendo con la nobleza de sentimiento característica de la hidalguía española, habían dispuesto se diese sepultura en un nicho del cementerio católico al cadáver de don José Martí, no viendo en él al insurrecto que había sucumbido peleando contra los defensores de la integridad nacional, sino los despojos de un ser cristiano, a los que debía darse cristiana sepultura».

Añadía Ubieta que si el Ayuntamiento no estaba dispuesto a eximir de pago los derechos de ocupación del nicho por cinco años, él y los militares mencionados abonarían el dinero requerido para hacerlo. No fue necesario, pues el cabildo de la ciudad acordó concederlo gratis y por el tiempo solicitado.

Los cubanos Antonio Bravo Correoso y Joaquín Castillo Duany pidieron a oficiales españoles amigos que les facilitaran la oportunidad de identificar el cadáver. El capitán Ubieta los acompañó a Santa Ifigenia y allanó el trámite con el oficial español que mandaba el batallón que protegía la necrópolis. Dio su autorización el Comandante sin inconveniente alguno y acompañó al grupo hasta el lugar donde se hallaba el ataúd. En una rústica caja de madera, precintada por tiras de lata, se encontraba el cadáver del más grande de todos los cubanos. Ubieta llamó a un soldado de la custodia y le pidió que levantase la tapa. Descansaba de espaldas, con la boca abierta y el pelo peinado hacia atrás, descompuesto pese al embalsamamiento. El pantalón desabotonado dejaba al descubierto el abdomen. Castillo Duany dijo a los presentes: «No hay duda alguna, es Martí». Otros cubanos reconocieron también los restos y un fotógrafo, Higinio Martínez, dejó constancia gráfica del cuerpo asolado por la muerte. El cadáver, en la fotografía, no parece estar dentro de un ataúd.

Llegó la hora del entierro. El coronel Ximénez de Sandoval preguntó en dos ocasiones si había entre los presentes algún amigo, pariente o conocido de Martí que quisiese despedir el duelo. Como nadie aceptó la encomienda, el militar español asumió la tarea. Fue breve. Suplicó a los presentes que no viesen en Martí al enemigo, sino el cadáver «del hombre que las luchas de la política colocaron ante los soldados españoles».

Mucho se ha especulado sobre las palabras del militar español aquella mañana en Santa Ifigenia. Contrastan con la comunicación que después del entierro de Martí en Remanganaguas cursó al general Azcárraga, en la que se felicitaba porque «gracias a la protección de Dios» sus tropas dieron muerte en Dos Ríos «al agitador y propagandista incansable don José Martí». En opinión de Rolando Rodríguez, su condición de masón —y Martí también lo era— debe haber influido en su actitud. Muy respetuoso se mostró asimismo en la carta que en 1911 dirigió a Enrique Ubieta: «La acción de Dos Ríos es un hecho de mi historia militar, en la que halló muerte gloriosa aquel genio… Su arrojo y valentía, así como el entusiasmo de sus ideales, le colocaron frente a mis soldados y más cerca de las bayonetas de lo que su elevada jerarquía correspondiera; pues no debió nunca exponerse a perder la vida de aquel modo, por su representación en la causa cubana, por los que de él dependían y por la significación y alto puesto que ocupaba como primer magistrado de un pueblo que luchaba por su independencia».

Destinos

Los restos de José Martí se mantuvieron en el nicho 134 de la galería sur de la necrópolis santiaguera hasta 1907, cuando fueron trasladados a un pequeño templete de estilo jónico, erigido en el mismo lugar que ocupara el nicho. A mediados de 1951 quedó inaugurado en el mismo cementerio el mausoleo que desde entonces guarda sus restos.

Numerosas cruces y condecoraciones repartió el Gobierno español entre los soldados y oficiales que participaron en la acción de Dos Ríos. Al coronel Sandoval solo le tocó la cruz de María Cristina de tercera clase. Ascendería con el tiempo a General de División y justo es decir que declinó el marquesado de Dos Ríos porque, dijo, «lo de Dos Ríos no fue una victoria; allí murió el genio más grande que ha nacido en América». Falleció en 1924.

El general Salcedo pensó que en razón de la muerte del Apóstol merecía el ascenso a teniente general. Martínez Campos se lo negó y se salió del Ejército.

Se desconocen los detalles del final de Antonio Oliva, el cubano que alardeó de haber rematado a Martí. Unos dicen que lo machetearon en un café de San Luis o en una cantina de Palmarito. Sus familiares insistieron en que salió de la Isla, con destino a España.

En cuanto al hecho mismo de la muerte de Martí quedan todavía momentos sin respuesta. Pero en opinión de Rolando Rodríguez, los lados oscuros de aquellas horas son mucho menos de lo que algunos quieren todavía hacer ver.

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