Pruebas de VIH certifican el amor en el siglo XXI

La fidelidad, el uso del condón y la realización de exámenes clínicos periódicos son las claves para evitar el contagio del VIH como responsabilidad de ambos miembros de la pareja

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Cierta chica, al iniciar una nueva relación de pareja le exige al novio la prueba ELISA, el examen sanguíneo que mide y detecta la presencia de anticuerpos para VIH, y hasta que no está el resultado, no tienen sexo con penetración.

«Esa es mi prueba de hombría», dice, refiriéndose a que el patrón de masculinidad que ella acepta, tiene que ver sobre todo con el autocuidado y la protección.

No obstante la confirmación de un resultado negativo, ella convence a su novio de la idoneidad del uso del condón para evitar las contingencias de un embarazo inoportuno. Tiene 24 años y ha tenido cuatro relaciones con estas características.

Su conducta, realmente admirable, comienza a prender como un nuevo ritual entre parejas estables, que se juran fidelidad futura ante el resultado del ELISA, pero no olvidan el pasado que, de un modo u otro, irá con ellos a la cama.

Quienes de alguna manera trabajamos con adolescentes y jóvenes, sabemos que el uso del condón se reduce o anula cuando la pareja cumple unos pocos meses de estar juntos. La «estabilidad» de un noviazgo regular los hace sentirse a salvo y el joven termina pidiéndole a la muchacha que tome la píldora o se coloque un DIU.

El supuesto de que «el amor por sí solo protege» y que el conocimiento de la pareja sexual es garantía de inmunidad para el VIH, es un mito mayúsculo que se paga, si no con el VIH, con otras ITS como el temido papiloma, que no se cura jamás y es tan molesto, doloroso y pertinaz en su aparición, que desespera al más ecuánime.

¿PRUEBA DE AMOR?

Si bien es cierto que la reducción del número de parejas sexuales ayuda a disminuir el riesgo, esta actitud no es suficiente si no va acompañada de una forma concreta y efectiva de protección desde la primera relación sexual.

Tener contacto penetrativo sin protección es jugársela a cara o cruz, ya que esa percepción de que es «imposible que nuestra pareja sea seropositiva» resulta muy subjetiva.

Es significativo que, a pesar de esta realidad, un número importante de chicas y chicos tiene relaciones coitales desprotegidas. Para algunas muchachas, tener sexo piel con piel es algo que ofrecen como prueba de amor.

El riesgo se multiplica en el caso de los bisexuales, pues una buena parte de ellos no hablan de sus preferencias y es difícil para cualquier persona garantizar que su pareja actual no ha tenido alguna vez, en el presente o en el pasado, una aventura de ese tipo.

La sola idea de que eso sea posible es rechazada por muchas mujeres, quienes sienten a su pareja tan masculina que no razonan a partir de las evidencias: el 80 por ciento de los casos de portadores de VIH en el país son HSH, y entre estos hombres que han tenido sexo con otros hombres, no todos se catalogan como homosexuales.

La única seguridad de no adquirir el VIH/SIDA es tener prácticas protegidas el ciento por ciento de las veces, independientemente de si la pareja es ocasional o deviene regular al poco tiempo.

Una sola relación sexual penetrativa de exposición podría ser suficiente para adquirir el virus, sin que pueda predecirse si la transmisión se hizo efectiva en el primer coito, el décimo o el número cien.

Este argumento, que forma parte de una campaña de concientización sobre los peligros del VIH en estudiantes latinoamericanos, nos impone una verdad de Perogrullo: solo están exentos de contraer el VIH quienes se abstienen, quienes siempre usan condón y aquellas parejas donde ambos se hicieron la prueba ELISA y desde entonces se guardan fidelidad mutua.

EL ENCANTO DE LA PROTECCIÓN

Es común escuchar parejas que no usan preservativos porque les dificulta el placer o interfiere en la relación sexual. Estas son opiniones con más carga de subjetividad que de realidad: el condón no es monedita de oro, pero sí salva vidas.

Quienes se proponen valorar más su lado positivo, basado en la convicción de una actitud de aprecio ante la vida, llegan a incorporarlo como hábito saludable para su sexualidad, y hasta le descubren encantos.

De hecho, el sexo protegido también es placentero. Adolescentes y jóvenes que han crecido escuchando historias sobre el sida y se han familiarizado con el condón desde sus juegos de infancia, son más receptivos a esta solución en el momento del coito y suelen ser más asertivos a la hora de incorporarlo a la «magia» de ese momento.

Lo que suele faltar es persistencia, y en eso influyen también, además de razones económicas o de acceso al producto, las opiniones de sus mayores o las presiones del grupo.

Quienes tienen sus metas claras no se dejan vencer. En ese sentido, muchos hombres y mujeres que pasan de los 30, deberían aprender de los más nuevos y desechar antiguos esquemas en los que, a nombre de la «naturalidad», llegan a pecar de ingenuos y atentan contra su salud.

En resumidas cuentas, es mejor perder un tanto de placer en ciertos momentos, que perder la vida por un rato de placer.

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