Nieto del famoso arquitecto brasileño Oscar Niemeyer dona obras a Cuba

Carlos Eduardo Niemeyer acaba de donar al Museo Nacional de Bellas Artes fotos suyas, con obras del famoso arquitecto brasileño

Autor:

Juventud Rebelde

Kadú y Marilia hablaron del centenario de Oscar Niemeyer, que se cumplirá el 15 de diciembre próximo. «No, no pienso en ninguna grandeza cuando me preguntan o hablo de mi abuelo; sencillamente llevo su sangre y comparto sus genes. Mi cariño hacia él es independiente de su condición de arquitecto, de artista o de poeta».

Uno de los más prestigiosos y conocidos fotógrafos de Brasil, Carlos Eduardo Niemeyer —o simplemente Kadú Niemeyer, como firma sus obras— responde así a la pregunta de qué se siente al ser el nieto de Oscar Niemeyer, ese extraordinario arquitecto, creador de Brasilia y de cientos de obras distintivas del gran país sudamericano, quien el 15 de diciembre de este año cumplirá cien fecundos años de creación artística y aún continúa creando.

Es su primer nieto, de los cuatro que tiene (ha perdido ya la cuenta de los bisnietos del gran artista que es su abuelo) y nació en Río de Janeiro, hace 53 años, exactamente en el archiconocido barrio de Copacabana donde también vino al mundo Oscar.

«Soy hijo de la única hija de mi abuelo, de Ana María. Comencé a tirar fotos con unos 15 años o 16 años, y me apasionó enseguida esa experiencia».

Hace una pausa. El diálogo tiene lugar a las puertas del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). A cada rato llovizna y estamos sentados en la terraza inferior del edificio.

Nos ayuda como traductora una gran amiga y compañera de luchas de Oscar Niemeyer, la escritora Marilia Guimaraes, autora de un libro presentado en Cuba hace dos años, En esta tierra, en este instante, con prólogo de Silvio Rodríguez, y quien ahora le sigue los pasos a un segundo título que saldrá también en La Habana próximamente.

Ella es la presidenta del Comité de Intelectuales en Defensa de la Humanidad en Brasil —más conocido en ese país como el Capítulo Río— institución solidaria cuyo presidente de Honor es justamente Oscar Niemeyer.

«No aprendí a fotografiar solo. Mi maestro fue mi abuelo. A él le debo este otro arte de captar imágenes sin el que no puedo vivir».

Marilia no solo traduce las palabras asentadas y sobrias de Kadú, sino que a ratos interviene, «porque no soy una traductora profesional, y como no cobro nada por esto, tengo derecho a decir cosas, ¿no?».

Entonces aclara que además de primer nieto de Niemeyer, Kadú es su alumno más aventajado de la asignatura de Fotografía. «Y tiene la misma vena artística, la misma inquietud, la misma preocupación por la humanidad de su abuelo, que con 99 años no se ha detenido nunca en su obra arquitectónica y escultórica. Kadú heredó de su abuelo ese amor del pueblo brasileño por Cuba, que es como una especie de santa locura. Y también trajo a la Tierra el mismo sentimiento comunista. Todo eso Oscar se lo inyectó a su código genético y así vino, de fábrica».

Kadú, que habla solo cuando le preguntan algo, sonríe y expresa: «Es la primera vez que estoy en Cuba. He venido para mirarlo todo con los ojos de mi abuelo y que sepa, a través de mi mirada, cómo es este país, su Revolución y su obra, y su geografía.

«Vine a conocer a este pueblo que lucha y resiste por un mundo más justo, un mundo mejor. En estos días de mi estancia aquí he quedado muy emocionado por la alegría de los cubanos, que ante las dificultades conocidas de un bloqueo casi de medio siglo, es risueño, musical y bailador a toda prueba».

Kadú hace otra pausa, mira al cielo habanero con sus ojos azules y comenta de nuevo: «En otras palabras, vine para ver esta Isla y decirle a mi abuelo: Mira, Dindo —se escribe de esa forma, pero se pronuncia Yindo— así es Cuba... Vine para ver La Habana y la Isla en general por los ojos de mi abuelo, porque él nunca ha venido a conocerla y ya tiene 99 años... Marilia y yo queremos convencerlo de que venga, no obstante su avanzada edad. Pero eso no podemos asegurarlo. Depende solamente de él, que sea capaz, con sus años, de montarse en un avión con toda la tensión de un viaje tan largo y a tanta altura».

NIEMEYER POR NIEMEYER

El alumno de Fotografía del genial arquitecto montó una exposición, una parte de la cual está en el Museo de Brasilia y la otra en el denominado Paso Imperial de Río de Janeiro.

También donó al Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba un conjunto de fotos suyas que recogen obras de su abuelo, bajo el título Niemeyer por Niemeyer.

Son las fotografías de sus dibujos, apuntes, trazos bellísimos y hasta de poemas de su puño y letra, porque además de poeta en colores y trazos, es poeta con palabras.

«Niemeyer —refiere Marilia— además de ser un extraordinario arquitecto, es un poeta. Todo lo que habla es poesía. Y todo lo que retrata su nieto también lo es. Él siempre dice que la arquitectura no es lo más importante, que lo más importante es la vida. Y vivirla con dignidad».

Ella describe a Kadú como un fotógrafo del arte y de la arquitectura, pero sobre todo de la gente, de su alegría, de lo cotidiano. Y siempre con el principio de «Mujer, mujer, mujer».

«Aunque está casado, si se le pregunta qué es lo mejor de la vida, tal como también contestaría su abuelo, igualmente casado, diría sin pensarlo mucho: “La mujer, la mujer, la mujer y... el vino tinto”».

Según Oscar Niemeyer, la fórmula perfecta de los cien años de un varón se resume así. Y Kadú piensa exactamente igual. ¡Confesiones atrevidas de un abuelo y de un nieto!

«Kadú —comenta Marilia— es muy sincero y extremadamente tierno. Muy preocupado por la gente. Muy observador y sensible, como un nervio. En este momento anda enloquecido, tirando fotos por las calles de La Habana, fotografiando ventanas, puertas, portales y balcones, y hablando con la gente, retratando las sonrisas, conociendo cada huequito, las flores, el cielo, las estrellas, el mar, las escuelas y los niños. Y ya, en una sola semana, tiene miles de imágenes. Lo está captando todo».

Marilia agrega que Kadú está también llevando las memorias de su abuelo, y que eso es algo trascendental en su vida. Está organizando anécdotas, detalles, datos, impresiones, haciendo el recuento o la historia y las vivencias de sus obras y de su vida.

El fotógrafo escribió esta exhortación en una hoja de la agenda: «Que la juventud siga creyendo en esa conquista que es su Revolución».

Entonces hace una digresión y evoca el sabotaje al avión cubano en Barbados. Dice que ella era amiga de su tripulación y profesora de la mayoría de ellos. «Yo perdí en esa nave a esos entrañables cubanos, a quienes tuve el placer de enseñar un poco de portugués por si lo necesitaban para ir a Angola. Fue un crimen terrorista inolvidable.

«Tengo fe en que lograremos que los asesinos sean condenados y los inocentes sean liberados, como esos cinco cubanos presos en cárceles imperiales».

Reflexiona que en el centenario de Dindo (Oscar Niemeyer), quieren que América Latina le haga un homenaje. «Estamos pensando invitar a Evo, a Ortega, a Chávez y a otros presidentes hermanos».

Explica que Niemeyer está muy bien de salud, y que es un hombre muy fuerte. «A su edad se fracturó un fémur y ya está recuperado, luego de una intervención quirúrgica. Dibuja mucho, es una fábrica de dibujos. Es muy callado y a la vez risueño. Mira hondo hacia adentro de la gente».

ENTRE LOS SINSONTES Y EL SABIÁ

En su libro En esta tierra... Marilia cuenta la historia de un año de clandestinidad en Brasil durante la dictadura brasileña, ocasión en que recorrió casi todo el país con sus niños, que tenían uno y dos años, hasta que la situación se tornó insostenible.

Estaba siendo perseguida por los órganos represivos de la dictadura. Tuvo que tomar una medida extrema. No había cómo salir de Brasil legalmente y no le quedó otro remedio que cruzar la frontera, abordar un avión y venir a Cuba.

Su segundo libro se titula: Nuestros años en Cuba: un exilio entre sinsontes y el sabiá, (el sabiá es el pájaro nacional brasileño). El libro es un homenaje al pueblo cubano, a los años de la década de 1970, muy difíciles, un período en que se afirmó la solidaridad con el mundo, con todos los pueblos.

«No pretende ser un libro histórico, no lo es. Pero tiene muchos pasajes de la historia de Cuba, gracias a mi amiga Acela Caner Román, profesora de Geografía, que me ayudó en la precisión de las fechas y los hechos. Será muy bueno para la juventud que no pasó la experiencia del triunfo de la Revolución, ni sus años más duros, porque nacieron después.

«El libro encierra cómo una extranjera aprendió las lecciones cubanas de solidaridad. Porque en el mundo capitalista la solidaridad es una simple palabra, un adjetivo más, no una escala de valores como en Cuba, una postura, un sentido justo y más humano de la vida».

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