Testimonio inédito de un combatiente de Playa Girón

Eduardo Heras, hoy  una de las figuras imprescindibles de nuestra literatura, luego de 46 años, cuenta sus vivencias de la primera derrota que sufrió Estados Unidos en América

Autor:

Juventud Rebelde

Unos meses antes de Girón, Fidel le entregó a Eduardo Heras una pistola por haber alcanzado el primer lugar en el Curso de Jefes de Baterías de morteros 120 mm. La foto se la firmó el Comandante, casi 40 años después, en enero de 2000.

Fotos: Roberto Suárez y Archivo del entrevistado

CIEGO DE ÁVILA.— Yo le vi la cara a la muerte. Y créanme cuando lo digo: ese rostro es feo. Ocurrió en un bombardeo, camino a Playa Girón, en medio de una carretera rodeada de bosques y con un olor a pólvora y a guerra por todas partes. Avanzábamos en un «yipi», cuando un bombardero B-26, denso y negro, se pegó al camino como si fuera a aterrizar y enfiló todas sus ametralladoras contra nosotros.

Pero en ese momento no nos dimos cuenta; tuvo que venir la paz para descubrir que algo había cambiado. Porque apenas oíamos el ruido de cualquier avión, incluso el de una avioneta inocente, y enseguida el cuerpo empezaba a sentirse incómodo.

Un día, cuando Girón ya era un recuerdo, íbamos por la Avenida de Rancho Boyeros en un «yipi» y con el mismo conductor que sufrió el bombardeo de la carretera. De pronto sobre nuestras cabezas surgió el bramido de unos motores, el chofer gritó: «¡Avión!» y, sin pensarlo, saltamos del carro con las pistolas en la mano.

Nos tendimos en el suelo y empezamos a aguantar la respiración. El ruido se fue haciendo más grande; agachamos la cabeza, a la espera de las primeras bombas, cuando un avión de pasajeros nos pasó volando tranquilo, lentamente y ajeno a todo lo que ocurría en tierra.

Fue realmente insólito. Frente a nosotros estaba el «yipi», medio encaramado sobre el contén de la calle. Detrás, los autos pasaban por Rancho Boyeros envueltos en la rutina del día, y en el cielo el avión empezaba a convertirse en un eco. Miré al chofer, le noté la respiración entrecortada y el arma en la mano. Me eché a reír y guardé mi pistola en la funda. Le dije: «Verdad que estamos locos», y encogí los hombros.

JAGÜEY GRANDE

Recién llegado de los combates de Playa Girón, abril de 1961. La foto fue tomada en los alrededores del Edificio del INRA (hoy MINFAR).

Pero ese trauma con los aviones pertenecía al futuro, a lo impredecible, y mucho más por aquellos días en la base de Baracoa, al oeste de La Habana, donde estábamos movilizados. Yo era segundo al mando de una batería con apenas 20 años; y aquel 17 de abril de 1961, cuando parecía que nos iríamos a la guerra, me acerqué al jefe de mi batería, el teniente Dionisio González, un veterano de la Guerra Civil Española, le pregunté: «¿Dónde es la cosa?» y él me respondió: «Por un lugar en Matanzas. Creo que le dicen Playa Girón».

Luego fueron las órdenes, enganchar los morteros de 120 milímetros a los camiones, el peso de los proyectiles al cargarlos, y también aquella columna que se movía con lentitud por la carretera de Matanzas. Nos llegaban los rumores de que se peleaba duro, y veíamos ambulancias y largas caravanas, milicianos serios, a pesar de su juventud, cañones, cuatro bocas, en fin, la guerra.

La noche nos cogió por el camino y cuando llegamos a Jagüey Grande, el pueblo estaba a oscuras. La caravana avanzó a paso lento por la calle principal. Aquello parecía un lugar fantasma, nadie caminaba por las calles y las casas estaban cerradas. No se oía nada, solo el ruido de los camiones, y aunque no lo creas, el sonido de nuestra propia respiración.

En eso vimos una lucecita, que parpadeaba. Se movía hacia arriba y hacia abajo en un portal. Alguien cuchicheó: «¿Qué es eso?». Otro dijo: «Esperen, vamos a ver». Los portales fueron pasando lentamente, a nuestras espaldas, como si fuera una película, hasta que la vimos. Era una viejecita menuda y vestida con ropas de dormir. Estaba parada en la puerta de su casa y nos decía adiós sin decir una palabra y con un pañuelo y un farol en la mano. Entonces apareció. No sé por dónde ni quién lo empezó. El caso es que un canto grave, pero muy íntimo, empezó a escucharse como un susurro en los camiones. Puse atención y yo también empecé a cantarlo. Era el Himno Nacional.

EL VIEJO

Si en esos días de Girón me lo hubieran dicho, yo no lo iba a creer. Si los artilleros me lo hubieran advertido: «Chino Heras, tú vas a ser escritor. Tú vas a hablar de nosotros en tus cuentos, Chino Heras. ¡Recuérdalo bien!», si lo hubieran hecho, yo me habría echado a reír. Porque ni siquiera el pasado contaba esa noche.

Apenas llegamos al Central Australia, donde estaba la comandancia de nuestras tropas, empecé a ubicar los camiones. A lo lejos se sentía un cañoneo, como si fuera una tormenta lejana. Yo la escuchaba y me preguntaba si por un error las bombas de nuestros morteros podían destrozar a algún miliciano. La guerra no es solo matar al otro sino que te maten a ti también.

Dionisio se había ido al Central y yo fui a buscarlo cuando terminé de organizar la tropa. Llegué a la jefatura y me asomé por una ventana. Adentro estaba Fidel rodeado de oficiales. Tenía un tabaco en la boca y caminaba a paso largo por toda la habitación. Decía: «¿Qué se pensaban, que esto iba a ser otra Guatemala?». Dionisio dijo: «Esto no va a ser Guatemala, Comandante. Esto va a ser Guatepeor». Fidel lo miró fijo: «No, esto va a ser su Waterloo».

Nos indicaron esperar por la orden de avance. Aclarados los detalles, me fui a revisar el servicio de guardia. Se decía que habían desembarcado paracaidistas cerca, por lo que a todo el mundo le prohibimos fumar. Por la lucecita de un cigarro a un hombre le podían meter un tiro en la frente, en medio de la noche y sin saber de dónde había salido el disparo.

Los milicianos en las postas estaban ansiosos y yo avanzaba con cuidado. De lejos me anunciaba: «Posta, posta, aquí el teniente Heras». Y así las fui recorriendo todas y observando la gente echada al lado de los camiones y las ametralladoras. De pronto, delante de mí brilló un cigarro. Se veía que era un hombre solo, apartado de todos.

«Oiga, ¿usted no sabe la orden? Aquí no se puede fumar», le dije mientras me acercaba. Entonces lo vi mejor. Era un viejo con la cabeza vendada. En la penumbra podía adivinarse una expresión de rabia, también tenía olor a sangre. Botó el cigarro y masculló: «Nos jodieron, nos tiraron con todo». Se rascó una oreja y siguió con la vista fija en la oscuridad, como si hablara solo. «... hijos de puta, nos mataron a mucha gente». Le pregunté: «¿De dónde es usted, viejo?» y respondió: «Del 339 de Cienfuegos».

Permanecí en silencio. En el suelo varios cuerpos se incorporaron, algunos milicianos hablaron entre sí en un murmullo. El 339 era el batallón que enfrentó solo a los mercenarios cuando desembarcaron, sin ningún refuerzo y sin esperanza de ayuda inmediata. Todos hablaban de esos hombres. Miré al viejo y le noté las canas que le salían por debajo de la boina. Se veía cansado, pero no se quería rendir. Yo me incliné y le dije bajito: «Fume si quiere, viejo. Fume, no tenga pena».

LA MUERTE

En la comandancia, al otro día por la mañana, el comandante Oscar Fernández Mell me preguntó: «¿Usted tiene yipi»? Le respondí que sí y él señaló a un cadete con grados de teniente. «Vaya con este oficial. Ustedes tienen que llevar los mapas a la primera línea de combate, adonde están los tanques».

Al montarnos el chofer advirtió: «Casi no hay gasolina», pero el cadete hizo un gesto: «No importa, con la que queda llegamos». Antes de arrancar, un capitán del Ejército Rebelde se subió por la parte de atrás, tocó varias veces la carrocería y dijo: «Vámonos».

Por todas partes se veía el rastro de los combates. Había armas tiradas y carros calcinados, muchos árboles humeaban y sobre la carretera y los bordes de la cuneta se notaban las marcas de los tanques. También había olor a pólvora y manchas de sangre en la tierra.

Doblamos por Playa Larga y seguimos hacia Playa Girón. Una ambulancia venía en sentido contrario con la sirena encendida. El conductor sacó el cuerpo por la ventanilla y nos pasó por el lado haciéndonos seña con el brazo. El chofer nuestro preguntó: «¿Qué es eso?». El capitán asomó la cabeza por detrás del yipi y gritó: «¡Avión. Para, para!».

El carro dio un corte y se lanzó contra la cuneta. Me metí bajo el «yipi», quise salir, cuando se escucharon unas ráfagas de ametralladoras y unas balas picaron a unos milímetros de mi cabeza.

«Esto no arranca», gritó el chofer. Tomé aire. «Dale a la bomba», le dije saliendo a rastras. «Dale a la bomba del carburador, apúrate». «Yo dije que no había gasolina», protestó el hombre mientras bombeaba frenéticamente. El cadete se lanzó sobre el motor, quitó al chofer y empezó a bombear con furia. «¡Apúrate!», le dije y se oyó otra vez el grito: «¡Avión!».

Unas chispas le salieron de las alas y yo me lancé contra el diente de perro. Oí unos silbidos, que me pasaron por encima, y algo me picó por los lados. Algo frío me apretó el estómago y luego fue un calor por todas partes. Entonces la vi. Era algo desagradable, algo que deseaba ahuyentar y no podía, una sombra, un temblor, un sonido desagradable en los oídos, un extraño dolor en el pecho. Era la muerte, la única que estaba a mi lado en esa carretera, camino hacia Playa Girón.

El NIÑO

Unos kilómetros más adelante, el capitán gritó de nuevo: «¡Avión!» y nos lanzamos hacia los mangles. El «bicho» aquel pasó de largo. Enseguida sentimos un olor a carne quemada. Avanzamos guiados por la fetidez y en medio de unas columnas de humo negro había unos ómnibus incendiados. De las ventanillas le salían unas lengüetas de fuego y un hombre se movía entre ellos como si buscara algo en el suelo.

Era un jovencito de cejas rubias y cachetes que debían ser colorados, pero ahora estaban ennegrecidos por el humo. Parecía un niño que empezaba a crecer y que nos pasaba por el lado, sin mirarnos, y diciendo: «... son unos hijos de puta, le tiro a cualquier cosa, a cualquier cosa, tienen la bandera...»

El capitán lo agarró por el cuello de la camisa, lo abofeteó y el muchacho pareció despertar. Murmuró: «Los aviones..., los aviones tenían la bandera de Cuba. Nos metieron bombas sin que pudiéramos hacer nada...» Tragó en seco. «Hace falta que me ayuden a moverla».

Y señaló una ametralladora antiaérea de cuatro bocas. «Tengo que emplazarla al otro lado de la carretera, allí sí puedo disparar». No me preguntes cómo lo hicimos. El caso es que cinco personas, a muñeca limpia, arrastramos aquella mole de hierro hasta la cuneta contraria.

El muchacho dijo: «Lo único que falta es la llave para montarle las balas, pero se me perdió. Es para halar el cerrojo». Yo le mostré mi metralleta. «¿Te sirve el cañón de esto?». Él la agarró, metió el cañón en el cerrojo y sentimos el chasquido de la bala al montarse. Anunció: «Listo». Cuando nos íbamos a ir, lo vimos que se había acomodado en el asiento del artillero y se había puesto la gorra hacia atrás, como si fuera el catcher de un equipo de pelota. Levantó la mano para despedirse y nos dijo: «Tranquilos, que a todo el que pase por aquí, le meto plomo».

ALDO

Avanzamos entre una niebla densa y grisácea, en la que aparecían unas figuras oscuras. Eran los milicianos, que se movían a ambos lados de la carretera. Un teniente, al que le decían La Araña, los arengaba: «Vamos pa’lante, cojones. Vamos a reventarlos».

En medio de aquella muchedumbre y el ruido de los tanques me encontré al teniente Aldo Gutiérrez, mi amigo de la milicia, que había combatido al frente de la Batería Seis. Me habían dicho que estaba herido y ahora me lo encontraba hecho un negro por la pólvora de los disparos, y con los ojos hundidos, cansados pero rabiosos. Me contó que habían matado a El Malayo, un compañero que trabajaba en el Mercado Único de Cuatro Caminos, en La Habana.

De pronto el cadete se apareció con los mapas, enrollados como si fueran una alfombra gigantesca, los abrió sobre la carretera y varios tanquistas se inclinaron sobre ellos. El cadete señaló algo sobre el papel: «Nosotros estamos ahora aquí y deben moverse por acá. ¿Comprendido?». Los hombres se fueron.

Aldo me preguntó: «¿No tienes agua?». Le respondí: «No, Aldo, no tengo». Él protestó: «Manda cojones». Yo lo miré con respeto. Él era un héroe, él había combatido y yo no. Le dije: «¿Verdad que te hirieron?». «Me hirieron, sí». Lo observé bien, pero no le vi la sangre ni las vendas. «¿Pero no se te ve nada?», insistí. Él apretó los dientes: «Me hirieron con una esquirla». «¿Pero dónde?» Él miró con rabia y dijo señalando la cintura: «Aquí. En una nalga».

LA ESPERA

En Playa Larga, el capitán José Ramón Fernández nos indicó: «Díganle a Fernández Mell que mande toda la artillería que tenga». En la comandancia, después de transmitir la orden, preguntamos: «¿Y nosotros qué hacemos?», y Fernández Mell respondió: «Esperar». En la batería, los hombres nos preguntaron: «¿Cuándo peleamos»? y oían: «Hay que esperar». Ahí fue cuando lo aprendí: la guerra la ganan todos. Los que combatieron y los que no lo hicieron, los que quedamos vivos y los que no pudieron esperar porque la muerte terminó con ellos y con los recuerdos, que es con lo que nos quedamos al final.

Nos dormimos con un cañoneo seco en los oídos y al otro día, por la mañana, escuchamos: «¡Avión!». Joaquín Velázquez, un artillero de nuestra batería, se encaramó en su ametralladora de 12.7 milímetros, y gritó: «¡Tírense, tírense ustedes» y comenzó a disparar, y le vimos la cara al piloto y cómo los proyectiles le entraban a la cabina del avión. Siguió de largo e hizo un giro muy amplio sobre el Central, y entonces todo el mundo abrió fuego. Velázquez volvió a gritar: «¡Cúbranse ustedes, cojones, déjenmelo a mí!». El B-26 soltó las bombas a lo lejos y se fue lleno de humo contra un monte en las afueras del Central.

Velázquez se bajó del carro donde estaba su cañón. Dio unos pasos, con la boca temblándole, y se fue de rodillas contra el piso. A unas palmas, que estaban detrás de él cuando disparaba, el avión las había trozado por completo.

Eso fue el 19 de abril. La mañana se fue y algo sucedía. No se escuchaba el cañoneo de otras noches, los milicianos se miraban entre sí y no decían nada. Así estábamos, cuando se escuchó una gritería. Mi hermano Nelson, que estaba conmigo en la misma batería de morteros, me preguntó: «¿Y eso qué es?».

Un auto negro apareció a toda velocidad y se detuvo. Fidel sacó el cuerpo por la ventanilla, con los brazos abiertos, y gritó: «¡Los descojonamos!». Vio a unas mujeres y se turbó. «Perdón, compañeras». Una de ellas soltó una carcajada: «Qué perdón ni qué perdón, Comandante. Es verdad: ¡los descojonamos!». Y lo abrazó.

En medio de la gritería, una mujer avisó que nos tenía un caldero de arroz congrí. Lo comimos con las manos o en los cartones que encontramos botados por el batey. Entonces apareció la sed. Eran tres días sin comer ni tomar agua. Habíamos aguantado, pero ya no había nada que esperar. Un compañero, ahogado por el congrí, pidió: «Agua, hace falta agua». Me levanté, caminé unos metros y apareció un charco. Tenía mazamorras y en el fondo coleteaban unos gusanillos. Los aparté, hundí las manos en el charquero y grité: «Agua, caballeros». Con el tiempo algunos me han preguntado qué sabor tenía, y yo aún lo tengo guardado en la memoria. No sabía a nada. Solo a gloria.

El Comandante Pedro Miret reunió en abril de 2001, 40 años después de Girón, al Estado Mayor de Artillería que trabajó varios años con él. En la foto, de izquierda a derecha: José R. González, Heras, el general José A. Morffa, el general Roberto Milián, el comandante Miret. Además, el coronel Ángel Jiménez.

En la celebración de un Día de la Artillería, un grupo de antguos artilleros: De izquierda a derecha: José R. Cortina, Hermes Matas, Arnaldo Bonet, Aldo Gutiérrez y E. Heras.

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