Marabú, ¿el gran desconocido? - Cuba

Marabú, ¿el gran desconocido?

El marabú es un gran enigma desde el punto de vista científico, que solo ahora empieza a desentrañarse Estrategia integral para combatir la plaga marabucera

Autor:

Juventud Rebelde

El marabú puede formar bosques densos, inutilizando potreros y terrenos de cultivo. Foto: MINAGRI CAMAGÜEY.— Después de publicado el trabajo Espinosa invasión, el pasado 23 de septiembre en JR, se suscitaron en el país una gran cantidad de opiniones acerca de lo que se abordó en este reportaje de investigación: ¿Cómo eliminar al marabú?

La advertencia hecha por los especialistas de abandonar el campañismo y la improvisación en el combate contra la proliferación de esta planta no es hueca. Opiniones recogidas por este diario sugieren que desde el punto de vista científico poco se conoce de una planta que se ha convertido en una verdadera plaga para Cuba.

Traída a la Isla después de la reconcentración de Weyler por el ganado que se introdujo para la repoblación bovina, el marabú se ha «aplatanado» a tal punto que hoy su diseminación abarca innumerables extensiones de tierra. El problema no es nuevo ni exclusivo de los años de Revolución, como revelan varios expertos que escribieron a JR a raíz del trabajo publicado.

Ya desde la primera mitad del siglo XIX existía creciente preocupación por esta plaga y se realizaron algunos estudios aislados al respecto. Sin embargo, el conocimiento sobre esta planta ha quedado como patrimonio de los viejos campesinos y no de los científicos, quienes recién ahora comienzan a «redescubrir» el marabú.

Vacas culpables

Entre las venideras acciones de control figura evitar que el marabú se reintroduzca a las áreas limpias por el mal manejo del ganado, capaz de transportar las semillas en sus patas y estómagos. Algunas de las interrogantes fundamentales planteadas en nuestro reportaje eran: ¿En qué momento el marabú llegó a convertirse en un problema para nuestro país? ¿Es dicha situación solo consecuencia de nuestras políticas agrarias?

En ese sentido, el investigador en Cambio Climático y Agricultura, Roger Rivero Vega, asegura que «en la década de los ‘50 las afueras de la ciudad de Camagüey eran marabuzales. Y actualmente las características de esta planta hacen que la misma sea beneficiada por los cambios climáticos esperados para Cuba».

Incluso recuerda que ya en 1972 el destacado científico cubano Julián Acuña Galé afirmaba que era «una planta perenne de origen africano introducida en Cuba en el siglo pasado (XIX). Después de la Guerra de Independencia se convirtió en una planta invasora, con una agresividad extraordinaria, pues se propaga con tanta rapidez por semilla como por retoños de sus raíces. Ya en 1932 se estimó que ese arbusto espinoso había cubierto aproximadamente 33 000 caballerías (443 190 hectáreas), gran parte de buena calidad. La ganadería mayor resultó su más importante diseminadora. Se trata de una planta arbórea, espinosa, que no ha encontrado en su nueva patria un agente eficaz de control».

Igualmente Juan Tomás Roig y Mesa, otro destacado investigador cubano, afirmaba sobre esta especie, originaria de África del Sur, que «se ha propagado en Cuba de manera alarmante, convirtiéndose en una plaga... En algunos lugares de la Isla, especialmente en las provincias de Camagüey, Las Villas y Pinar del Río, forma bosques densos, inutilizando potreros y terrenos de cultivo, pues una vez adueñada del terreno es casi imposible de desarraigar y por lo menos cuesta mucho dinero y trabajo hacerlo, prefiriendo los propietarios abandonar los campos invadidos».

Sobre los marabuzales, Roig alertaba que «cuando se les corta brotan más densos y entonces es imposible penetrar en ellos por las numerosas y enconosas espinas que tiene la planta».

Igualmente hacía referencia a que la Estación Experimental Agronómica publicó en la Circular No. 30 El Marabú o Aroma, un estudio de esta planta y la manera de combatirla. Y precisaba el destacado hombre de ciencias: «También se han intentado nuevos medios de combatir el marabú no solo con los aparatos mecánicos modernos, sino utilizando un hongo parásito y aspersiones con una sustancia herbicida a base de hormonas».

Como indican estos criterios, el problema del marabú es mucho más antiguo de lo que se cree. Así lo ratifica también el ingeniero agrónomo Giraldo Cartaya Pérez, trabajador por decenas de años del antiguo Centro Nacional Fitosanitario y miembro de la Dirección Nacional de Sanidad Vegetal.

En carta a JR explicó que «desde antes del triunfo de la Revolución, en los arrozales y cañaverales se le temía a la aroma o marabú por su carácter invasor, pero todavía más en los potreros debido a que estos no recibían labores culturales, pues la ganadería vacuna era máxima expresión de la agricultura extensiva...».

Cartaya añade que, por sus características, «esta planta requería de un mayor seguimiento, pues solo un descuido complicaba la situación a los ganaderos. Lo importante era que había plena conciencia y tradición de que el marabú era irreconciliable con la producción; cuestión que debe rescatarse. Por supuesto, en aquellos tiempos de gran desempleo e inolvidables calamidades en nuestros campos, se contaba con mano de obra suficiente y barata para aplicar las medidas de control».

Otro experto en estudios de plantas, Antonio López Almirall, conservador del Herbario y jefe del Grupo de Botánica del Museo Nacional de Historia Natural, así como Doctor en Ciencias Naturales e Investigador titular, asegura que «es necesaria una revalorización completa de la política agraria... No podemos olvidar que para el programa de lucha contra el marabú las necesidades mínimas son equivalentes, por lo menos, a las de cualquiera de los programas relacionados con la medicina o el deporte, algo que, hasta donde tengo noticia, nunca se ha considerado así en nuestro país».

Junto a estas opiniones llegó desde el Centro Nacional de Sanidad Vegetal, en la persona de Jorge Padrón Soroa, que atendió el programa de ganadería entre 1990 y 1999, la siguiente información:

«Visité la Biblioteca Nacional en la década del 90. Allí encontré un proyecto de Ley de 1949, elaborado por un antiguo senador de Las Villas que solicitó ayuda al Gobierno de Estados Unidos, después de un estudio exhaustivo de la planta. En él se afirmaba que la maleza ocupaba el 50 por ciento del área nacional y que esta se introdujo en el país por el ganado importado para repoblar las fincas ganaderas de Cuba al concluir la Reconcentración de Weyler...

«Fue el deterioro ecológico en grandes áreas por la industria azucarera y el desarrollo excepcional para Latinoamérica de las vías del ferrocarril en los primeros años del siglo XX, unido al desconocimiento total del asunto en la repoblación ganadera, lo que permitió que Cuba sea el único país del mundo adonde esta especie es un problema».

Sobre este mismo tema reflexionó Rivero Vega, que asegura que «todo parece indicar que el único país que reporta el marabú como problema es el nuestro, pero este puede ser el efecto de las circunstancias históricas que dieron lugar a su introducción y posterior diseminación. Malezas leñosas, leguminosas espinosas semejantes a nuestro marabú, podrían desempeñar ese papel en otros países. Diferentes especies vegetales podrían ocupar nichos ecológicos similares en ecosistemas diferentes».

En ese sentido, el doctor Yosvany Reyes se pregunta: «¿Por qué en la mayoría de las fincas de los pequeños agricultores no hay marabú? Mientras no haya cambios de estructuras y de conceptos no habrá solución para la plaga».

«Maldición» o desconocimiento

Por su dureza, el marabú proporciona un carbón altamente apreciado. Cierto es que el marabú es una planta difícil de erradicar, pues sus características permiten que sobreviva en medios hostiles. Sin embargo, ¿podríamos atribuir la situación actual a esas características, a la ignorancia sobre el tema o a la manera en que se ha combatido la plaga? ¿Hay conocimientos posteriores a la Circular No. 30 sobre la biología, ecología y lucha contra la infestación por el marabú, recogidos al menos en algún compendio o libro al que se tenga acceso masivamente? ¿Cuáles son las instituciones responsabilizadas con estos aspectos de las ciencias biológicas y agrícolas?

López Almirall considera que «se sabe poco o nada acerca de su biología. Por tanto, la información empírica de los campesinos es la única verdad literalmente conocida acerca de la propagación del arbusto.

«Hay que comenzar estudiando todos los sistemas vitales de la planta: características de su reproducción, tanto vegetativa como por semillas, de su desarrollo, condiciones ecológicas, mecanismos fisiológicos como el de su resistencia a la sequía, capacidad para eliminar otras especies con las cuales compite, y enfermedades y plagas que la afectan en su lugar de origen».

A su vez Almirall se cuestiona por qué no se conocen cuáles son los momentos y las tecnologías óptimas para su control. «Solo cuando contemos con todos estos resultados estaremos en condiciones de desarrollar tecnologías eficientes para enfrentarlo. De lo contrario el problema marabú seguirá siendo local y entonces lo mejor será consultar a los campesinos más viejos para saber cómo se las arreglaban».

Padrón Soroa llama la atención acerca de que toda la información sobre el marabú está muy dispersa. «Aunque no lo crea, esta planta no es maleza importante en el mundo. Tal afirmación puede encontrarse en el libro de Holm que está en la biblioteca de ciencia y técnica ubicada en el Capitolio Nacional. Dicho libro es la “Biblia” de las malezas en el mundo. Infelizmente aquel trabajo del año 1949 que encontré en la Biblioteca Nacional ya no existe. Por suerte aún sobrevive un pequeño resumen en un folleto mínimo».

El científico Rivero Vega, que junto a su colectivo ha comenzado a estudiar el tema, ratifica que no han tenido acceso a literatura científica actualizada sobre la biología y la fisiología del marabú. «Igual situación se presenta en relación con la ecología y la biodiversidad de las formaciones vegetales en las que esta especie es dominante.

«Es posible que esta literatura no exista y si hubiera alguna investigación específica, nos preguntamos: ¿Qué instituciones científicas cubanas serían las encargadas de obtener y divulgar este conocimiento?

«En el campo de la meteorología agrícola acostumbramos a denominar esta literatura como “literatura gris” (estudios diversos que nunca se publican). Es necesario que esta se haga accesible a todos por igual y que incluya los conocimientos tradicionales adquiridos por nuestros agricultores».

Rivero Vega asegura que si bien pudieran existir estudios realizados durante 20 años, se desconoce en cuáles librerías o libros se pueden encontrar. «Desgraciadamente nada de lo publicado está recopilado. Aún no sé, al igual que muchos de mis compañeros investigadores en Cuba, cuáles son las instituciones responsabilizadas con los estudios acerca del marabú. Estoy más que seguro de que la responsabilidad trasciende al Ministerio de la Agricultura (MINAGRI)».

Giraldo Cartaya Pérez también destacó una arista del problema realmente preocupante: «De todos modos, para emprender una lucha a fondo contra el marabú sería conveniente conocer a qué tiempo de producidas las semillas germinan y qué porcentaje de estas puede hacerlo.

«Todos los elementos pudieran ayudar a los productores a tener más conocimientos sobre el potencial de infestación. Habría que consultar las investigaciones sobre malas hierbas, pastos y forrajes y aplicar sus resultados. Confieso que no solo no conozco esos datos, sino que nunca me preocupé por saberlos».

Pasos incipientes

Aun cuando falta mucho por investigar sobre el tema, en la provincia de Camagüey, por ejemplo, ya existen estudios que aclaran dudas acerca del porcentaje de germinación de las semillas, que puede ser distinto en cada suelo y condición climática, así como otros aspectos relevantes sobre el marabú. Pero es necesario preguntarse, cómo lo hace Rivero Vega, por qué no se conocen estos resultados en el país.

Además, si como aseguró a JR el ingeniero Giraldo Cartaya Pérez, quien trabajó por decenas de años en el antiguo Centro Nacional Fitosanitario y en la Dirección Nacional de Sanidad Vegetal y nunca se preocupó por saber tales características botánicas y fisiológicas del marabú, cabría preguntarse si este desconocimiento está generalizado en otros compañeros de la esfera agrícola.

El combate contra el marabú ha consistido en cortarlo, chapearlo, buldocearlo... todo menos sembrar de inmediato las áreas desmontadas y mantener la vigilancia sobre los retoños. Foto: MINAGRI Quizá por eso la manera en que se ha combatido el marabú hasta ahora ha sido cortarlo, chapearlo, darle candela, buldocearlo en los campos... Todo menos sembrar de inmediato las áreas desmontadas y mantener la vigilancia constante de sus retoños.

Y es que la propagación del arbusto tiene sus causas en la despreocupación y en el abandono, tanto teórico como práctico.

No obstante, eso lleva a formularse otras interrogantes también preocupantes, como la del proceso de erradicación del marabú, donde valdría la pena analizar si debe ser una campaña a plazo fijo o la ejecución de una estrategia sistemática y permanente. ¿Se intentará además con grandes costos económicos y de esfuerzo humano, arrasar con los bosques de marabú ya existentes o se hará gradualmente, atendiendo a las características de las áreas afectadas?

El doctor Rivero Vega, quien también es el corresponsal en Cuba de la Sociedad Internacional de Meteorología Agrícola (INSAM), opina que no se trata de erradicar el marabú como especie, sino de eliminarlo en las áreas de cultivo.

«Esto exigirá constancia en los campos de producción agrícola y ganadera. Por tanto se requiere una elevada disciplina tecnológica que no permita que el marabú se reintroduzca por el mal manejo del ganado en las áreas liberadas, como ha sido la tradición. Desbrozar zonas que no serán utilizadas de inmediato es una gran pérdida de esfuerzos y de medios materiales, pues volvería a brotar la planta en breve plazo.

«También deben ser establecidas medidas de cuarentena y acuartonamiento para el ganado que ha pastado en áreas infestadas. Esto requerirá recursos que han escaseado durante años, aunque me dio satisfacción conocer que en Camagüey se dan pasos para la realización de una estrategia integral al efecto».

Padrón Soroa, por su parte, afirma que la propagación del marabú es un problema ecológico ocasionado por el mal manejo del hombre, y además de ser la principal causa de pérdida de biodiversidad del archipiélago, es una limitante para la producción de alimentos en el país.

«Este no es un problema solo para ganaderos, sino que trasciende al MINAGRI y afecta e interesa a todos los sectores de la sociedad. En esencia es un problema de medio ambiente y una vergüenza nacional».

El investigador botánico López Almirall puntualizó también que «para un manejo eficiente de semejante plaga, es evidente que se necesita un verdadero programa de trabajo, en el que armonicen la investigación y la producción, el conocimiento práctico del campesino que lleva muchísimos años luchando contra esa planta y las ideas más avanzadas de las ciencias modernas.

La planta se propaga con tanta rapidez por semilla como por retoños de sus raíces, creando un verdadero dolor de cabeza a agricultores y ganaderos. «Si no se concreta algo así, podemos olvidarnos de su erradicación, pues el marabú seguirá ganando terreno, sobre todo en las regiones más áridas, por lo que la pelea estaría perdida de antemano».

Noticias alentadoras son la creación desde el año 2000 en Camagüey, uno de los territorios más afectados por la plaga, de un equipo multidisciplinario para combatirla, que propone plazos para su erradicación, además de un Programa Integral para la Eliminación de Plantas Leñosas Indeseables (PIEPLI). Este territorio cuenta también con una Estación Experimental de Pastos y Forrajes, y especialistas con dominio de los elementos biológicos relevantes, quienes sostienen que para controlar el marabú hay que tener conocimiento, organización, disciplina, constancia y recursos.

Sin embargo, muchas cuestiones científicas y organizativas están aún pendientes para acabar con el «aroma» del marabú. Entre estas, estudios más profundos sobre la planta y el uso de herbicidas, así como el financiamiento, sistema de estimulación y pago a los agricultores, todo lo cual influirá en el éxito de los programas y estrategias.

Resultaría útil analizar también los resultados del país sobre el tema, así como el impacto integral de estos esfuerzos sobre los niveles de producción de alimentos.

La batalla no se avizora corta. De hecho, es un paso indispensable para elevar la producción de alimentos, tanto para el consumo interno como para la exportación. De lo que no hay dudas es que ni darle las espaldas a las ciencias, ni el campañismo, acompañado del triunfalismo y metas expresadas en cifras, constituirán la solución al problema.

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