Revelan que Hemingway recibió presiones para que se opusiera a la Revolución Cubana - Cuba

Revelan que Hemingway recibió presiones para que se opusiera a la Revolución Cubana

El escritor cubano Enrique Cirules narra en su libro Hemingway: ese desconocido pormenores de las presiones a que fue sometido el intelectual norteamericano

Autor:

Juventud Rebelde

Existe un Ernest Hemingway ignorado, que desde los años treinta sostuvo intensos amores en la capital cubana, navegó por los más insólitos parajes del archipiélago y persiguió de manera enconada a los submarinos alemanes en el Viejo Canal de Las Bahamas, desafiando vendavales y tormentas, entre arrecifes coralinos.

Hemingway: ese desconocido es un libro de próxima aparición escrito por Enrique Cirules, que recoge esos apasionantes episodios. Una investigación histórica y ensayo literario que abordan un conjunto de espacios desconocidos o poco estudiados de la obra y la vida de Hemingway en La Habana, según refiere el autor.

«El célebre escritor —acota Cirules— mantuvo durante más de treinta años enriquecedores contactos con la cultura cubana, aunque después de su muerte se le haya comenzado a tejer una imagen corrosiva, de personaje bebedor, irascible, supersticioso, desequilibrado y con manías obsesivas.

«En realidad lo que hizo aquí Hemingway fue forjar uno de los más fascinantes mitos que novelista alguno edificara durante el siglo XX.

«Escribió libros que nunca se atrevió a publicar en vida. Su casa de Finca Vigía, en las colinas de San Francisco de Paula, fue asaltada dos veces en la época del “macartismo”, por tropas del ejército provenientes del campamento militar de Columbia.

Cirules narra cómo solía andar por los sitios más apartados de la costanera y también de la esplendorosa Habana, en ocasiones con afamados artistas norteamericanos.

«Al mismo tiempo era amigo de pescadores, tortugueros, boxeadores, buscavidas, taberneros, choferes y personajes bohemios, en los más diversos barrios de la capital cubana».

Dice Cirules que en 1947 se le trató de implicar en la organización de una expedición contra el dictador Trujillo, y las tropas del gobierno de Ramón Grau San Martín asaltaron Finca Vigía, por lo que tuvo que salir huyendo y permanecer más de año y medio fuera de Cuba, en los antiguos escenarios de su novela Adiós a las armas.

Con el mismo fin de molestarlo e inquietarlo, las fuerzas represivas del dictador Batista asaltaron también Finca Vigía en 1958, cuando la insurrección dirigida desde la Sierra Maestra por Fidel Castro era ya incontenible.

Todas estas dificultades que enfrentó Hemingway en La Habana habían comenzado a mediados de 1941, tan pronto como concluyó su novela Por quién doblan las campanas.

Había regresado de una estancia en Camagüey: el puerto de Nuevitas, el central Santa Marta, La Gloria City y la misma ciudad de Camagüey, donde había escrito el prólogo a la novela La Gran Cruzada, del escritor alemán y combatiente de la Guerra Civil Española, Gustav Regler.

Al volver a Finca Vigía, Hemingway decidió organizar en La Habana una agencia de contrainteligencia antifascista.

Es a partir de ese momento que en la imaginación de John Edgar Hoover —entonces director del Buró Federal de Investigaciones— la vida y la obra de Ernest Hemingway se convierten en un gran peligro para los Estados Unidos.

Era la época en que las intensas operaciones desarrolladas por la Inteligencia norteamericana en Cuba coincidían con las maquinaciones que se estaban efectuando con importantes estructuras de la mafia.

Revela Cirules que el 8 de octubre de 1942, un agente de John Edgar Hoover1 suscribe un informe pormenorizado sobre los pasos que está dando Hemingway en La Habana.

Al día siguiente ese mismo espía le advierte a Hoover que la esposa de Hemingway (Martha Gellhorn) le está haciendo una visita a la señora del presidente Roosevelt, con el objetivo de hablarle de cómo trabajaban aquí los servicios secretos norteamericanos.

El 17 de diciembre del mismo año, otro agente de los radicados en la capital cubana le comunica a Hoover que «Leddy ha informado que las actividades de Hemingway se han ampliado». Y añade: «(...) está llevando a cabo una investigación complicada con respecto a ciertos oficiales vinculados con el gobierno cubano, incluso al General Manuel Benítez y Valdés, director de la Policía Nacional de Cuba... Leddy está seguro de que los cubanos lo van a descubrir (...) y puede resultar un problema serio».

Ese sentimiento enfermizo que provocó la genialidad literaria de Hemingway en la mente de Hoover se extendió hasta casi diez años después de la muerte del gran novelista.

Infame presión

En 1959, el embajador estadounidense Phillip Wilson Bonsal ejerció una infame presión sobre el escritor para que se declarara opuesto a la Revolución Cubana y a Fidel, y hasta le trasmitió la amenaza de convertirlo en un traidor si no se iba de Cuba.

Esta nueva revelación acerca del autor de El viejo y el mar pone de relieve la prepotencia del gobierno encabezado por Dwight D. Einsenhower y sus injerencias en los asuntos internos de Cuba.

El nuevo embajador que el gobierno norteamericano envió a la Isla en 1959 pretendió que el escritor atacara especialmente a Fidel Castro, algo que Hemingway nunca hizo.

Hoy conocemos qué fue lo ocurrido —dice Cirules— a través del testimonio que nos ofrece la irlandesa Valerie Danb Smith, por entonces secretaria de Ernest Hemingway en La Habana, en su libro Correr con los toros.

Ofrece Cirules nuevas revelaciones sobre el Dios de Bronce de la literatura norteamericana. Foto: Calixto N. Llanes Ella explica los móviles que determinaron que el escritor tuviera que irse definitivamente de nuestro país: «Lo que Washington deseaba de él, es decir, de Hemingway,2 era no solo que pusiera punto final a su residencia en Cuba, sino también que diera abierta manifestación de desagrado con el gobierno de Castro y el régimen cubano».

Y más adelante Valerie Danb Smith nos dice: «Ernest protestó: aquella era su casa, era un escritor, no veía que hubiera motivo para cambiar su forma de vida, su vida misma, su manera de ganársela. Los cubanos eran sus amigos, el personal de la finca era su familia: ¿Cómo iba un escritor a ejercer su oficio y preocuparse a la vez de las cambiantes situaciones políticas?

«Él había visto a los líderes ir y venir a lo largo de la historia —nos sigue diciendo Valerie—; había vivido en plena conmoción política durante los años que llevaba en la Isla, aquello no era asunto suyo. Su misión era escribir. A lo largo de toda su vida había demostrado su lealtad incondicional a Estados Unidos sin vivir en su país.

«Era reconocido en el mundo entero, sobre todo por ser un escritor norteamericano. Su lealtad a su nación nunca se había puesto en dudas. (...) Phil, que era un hombre sensible, amable, comprensivo, se mostró de acuerdo con Ernest. No tenía nada que rebatir, todo lo que dijo Ernest, lo entendía perfectamente. Pero le insistió en que en Washington alguien veía las cosas de otro modo. No entendían la situación tal y como la entendía Ernest. La destacada presencia de Hemingway en La Habana podría llegar a ser una situación embarazosa para su país.

«¿Por qué permitir que sucediera tal cosa, cuando estaba en su mano hacer uso de su influencia para lograr propósitos más positivos? Si el escritor no estaba dispuesto a adoptar una actitud propia de la figura pública en defensa de su país, podría verse obligado a soportar las consecuencias.

«La palabra “traidor” había salido a relucir. Phil reiteró que la conversación era de carácter estrictamente privado, no una comunicación oficial. Se trataba de una advertencia hecha por un amigo, pero debía hacer caso. En una condición de verdadero diplomático, Phil terminó su perorata y pasó como si tal cosa a tratar asuntos más livianos, sin volver a referirse a la cuestión. Solo estuvimos presentes Ernest, Mary, Phil y yo. No quiso ser una amenaza, pero lo era en el fondo. Ernest hizo como que no se lo había tomado en serio, pero a medida que pasaban los días, me di cuenta de que la amenaza de perder su casa y todo lo que representaba empezó a tener un gran peso en su ánimo.

«En su siguiente visita, Phil nos comunicó con tristeza que había sido convocado a Washington. Las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba se habían roto. (...) Tratamos de mostrarnos animados, de reírnos y comentamos que se trataba de una medida temporal, que pronto volverían las cosas a su cauce. En menos de un año volveríamos a estar todos a la misma mesa, acordándonos de ese momento y riéndonos sin temor a nada.

«Antes de marcharse, Phil recordó a Ernest lo que le había dicho en su visita anterior. Tenía más que nunca la sensación de que Ernest iba a tener que elegir manifiestamente entre su país y su tierra de adopción; iba a tener que hacerlo con claridad y de forma notoria, de modo que el mundo supiera de qué parte se encontraba. Nos abrazamos de Phil desde la escalinata de entrada; al marcharse, noté la tristeza que asomaba a los ojos de Ernest. Ninguno de los tres veríamos a Phil nunca más».

Hemingway trató de resistirse —explica Cirules—, pero el abismo que se abría entre Cuba y Estados Unidos era insuperable, ahora que Estados Unidos recibía y abrigaba a verdugos, torturadores y asesinos batistianos, a los políticos corruptos y a los mafiosos que habían convertido a la esplendorosa Habana en un refugio de casinos, burdeles y drogas.

En verdad Cirules está descubriendo un nuevo Hemingway y visualizando los destellos de un enorme, sorprendente y revelador iceberg, que nos ayuda a descifrar al mismo tiempo elementos virtualmente desconocidos de la vida del escritor en la capital cubana.

Este estudio nos revela toda una época. ¿Será por eso que W. Bush les ha prohibido a intelectuales, artistas, académicos y lectores estadounidenses admiradores de Hemingway, visitar a Cuba y participar en los eventos internacionales que organizan el Museo de Finca Vigía y el Instituto Internacional de Periodismo José Martí?

1Del expediente del FBI sobre Ernest Hemingway. Informes del agregado legal de la Embajada de Estados Unidos en La Habana; y el agente D. M. Ladd.

2Valerie Danb Smith, Correr con los toros. Mis años con los Hemingway, Editorial Taurus, Buenos Aires, 2005, pp. 131-133.

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