Campamento de los afectos

Autor:

Margarita Barrios

Lo vivido durante los meses de julio y agosto en la Escuela de Trabajadores Sociales de Cojímar, en la capital cubana, prueba que nuestra sociedad no abandona a sus hijos, menos a quienes demandan con mayor intensidad ser amparados y queridos

«Yo nunca había visto el Morro en La Habana. Quiero volver a mirarlo. Es tan lindo...». Se le escapó un suspiro a Yisel Bejerano Corrales, de 16 años, mientras comentaba cómo le había ido en los días de vacaciones vividos en la capital, gracias a un campamento de verano organizado en la Escuela de Trabajadores Sociales de Cojímar.

Antes había contado de su estancia, desde septiembre del pasado año, en una escuela de conducta en su provincia Granma, donde ha resultado ser una estudiante destacada, porque llegó al centro y se acostumbró rápidamente a él. Se sintió a gusto, a diferencia de una escuela anterior, que no le agradaba porque «no era bonita» —ella siempre había tenido la ilusión de entrar en un aula impecable—, y al tropezar con el desencanto había preferido desgranar sus horas deambulando calles.

Esa costumbre motivó que Yisel fuera captada para matricular en la escuela de conducta Desembarco del Granma donde, según nos contó su directora Marisol Calás Ponce, el trabajo con la adolescente parió maravillas: «La muchacha es nuestra presidenta de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM)».

Yisel Bejerano Corrales, de 16 años, quedó fascinada con el Morro de La Habana. Junto a ella, su maestra Marisol Calás Ponce. Con una experiencia de más de 20 años en el sector educacional, la maestra Marisol reconoce que ha sido «magnífica la idea trazada por el gobierno» de preparar unas buenas vacaciones para niños y adolescentes como Yisel. Gracias a esa iniciativa que este año ha tenido su segunda edición, casi 2 000 muchachos procedentes de toda la Isla han vivido momentos inolvidables.

Por Cojímar, de semana en semana, pasaron niños sordos-ciegos, con implantes cocleares1, seropositivos al VIH, pacientes de Xeroderma Pigmentosum (XP)2 —una enfermedad genética poco común—, menores de hogares para niños sin amparo filial, o matriculados en escuelas especiales para alumnos con trastornos de la conducta.

Las historias contadas por ellos —o sobre ellos—, las escenas de las cuales este diario fue testigo durante varias visitas a Cojímar, constituyen evidencias de que la Revolución no abandona a sus hijos, mucho menos a quienes con mayor intensidad demandan compañía, protección y amor.

Palabras cálidas

La noche, húmeda y fresca, resultó placentera. Un grupo de niños sin amparo filial nos fue rodeando. Había rostros diversos, unos más efusivos que otros; todos inocentes. En el aire se respiraba la paz. Y la alegría. Un diálogo —el primero— con Bismar Jardines González, de 13 años, santiaguero de Palma Soriano, resultó breve pero muy elocuente del cariño que recibe.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer en tu Hogar?, preguntamos a este adolescente ciego.

—Siempre juego con unos bolos que tengo allá. Son de madera.

—¿Quién es la mamá de tu hogar?

—-Mi tía Noelvis.

—¿Cómo te trata?

—Bien.

—¿Vas a la escuela?

—Sí.

Se hizo el silencio. El niño parecía buscar algo en el aire.

—¿Me quieres decir algo más?

—Que estoy de vacaciones, que aquí me tratan muy bien.

Su hermana Danne Jardines González, de 14 años, comparte el Hogar con él. Ella lo cuida y lo quiere.

—¿Qué tal la directora?

—Excelente. Es quien me ha criado desde que yo tenía cinco años. Y hasta ahora es quien me ha dado el tamaño y todo lo que tengo. La quiero como a una madre.

—¿Qué quieres ser en un futuro?

—Pianista. En mi casa hay un piano y yo lo manejo más o menos.

—¿Alguien te ha enseñado?

—La hija de la directora. Cuando puede nos enseña algunas cosas.

También de Santiago de Cuba, Manuel Quintana Reyes, de 16 años, vive en un Hogar desde sus seis años de vida, «en una casa que está entre Trocha y Programación del Reloj. Allí hay 11 niños contándome a mí».

—¿Qué tal las cosas?

—Me van bien. Me gusta pintar rostros, la naturaleza. Comparto lo que pinto con mis compañeros. Me llevo bien con todo el mundo.

—¿Aquí hay planes para ustedes?

—Vamos mañana al Zoológico, y también nos llevarán a Varadero.

Katia García Brito recién acaba de salir del Hogar para Niños sin Amparo Filial. Se prepara como Instructora de Arte. De Pinar del Río, Katia García Brito, de 17 años, sabe compartir las buenas noticias: «Acabo de salir del Hogar; me dieron casa».

—¿Con quién vivirás allí?

—Con mi abuela.

—Estuviste en el Hogar...

—Siete años...

—¿No pudiste estar antes con la abuela?

—No podía tenerme. Ella no tenía vivienda. Prefirió ponerme en el Hogar para que no pasara trabajo. Ahora me preparo como Instructora de Arte. Comenzaré el cuarto año en la especialidad de Música.

Marca profunda

Desde los primeros instantes del diálogo nos percatamos de la fina sensibilidad de Anais Casanova Torres, de 39 años. No fue difícil advertir en ella su fortaleza, y que es una mujer de rigor, pero en sus ojos, ventanas del alma, asomaba su corazón suave.

Es fundadora del programa de los Trabajadores Sociales que nació el 10 de septiembre del año 2000. Estuvo al frente de la Juventud en la escuela de Cojímar, hasta la sexta graduación de estos misioneros del alma, de los cuales conoce a muchos a lo largo y ancho de la Isla.

—De algún modo tú también has sido trabajadora social...

—Soy profesora de formación, pero me siento trabajadora social porque me he enamorado del proyecto, de las cosas que se hacen, de lo que se puede lograr.

—¿Cuáles han sido tus experiencias más conmovedoras?

—La primera graduación, el primer curso de trabajadores sociales. Fue un reto, algo que no conocía. Teníamos el compromiso con Fidel. Creo que el mayor logro fue el reconocimiento de los familiares de los primeros graduados del trabajo social, que me consideraban, no como la secretaria de la Juventud, sino como a la hermana, la amiga.

«Si me preguntas por otra experiencia, hablaría del reto que significó dirigir a los trabajadores sociales que estaban enfrascados en la Misión Milagro, tarea con reconocidos resultados.

Trabajábamos con pacientes de diferentes países, y teníamos el desafío de no equivocarnos, de transmitir solidaridad, humanismo, felicidad a aquellas personas que llevaban muchos años sin ver.

«Y si me preguntas por otro momento que me haya marcado profundo, te contaría de las semanas en el campamento de verano, donde pude compartir con los niños sordo-ciegos y los familiares, con los que tienen implante coclear, con los seropositivos al VIH...».

—¿Cómo era la relación con esos niños?

—Como para recordarla siempre. Los pequeños me reconocían, me llamaban tía. Los padres no sabían cómo agradecer lo que hacíamos porque entregábamos mucho amor. Los llevábamos a dormir, estábamos atentos a cada uno de sus detalles. Para mí fue muy reconfortante.

«Conocimos niños que rechazaban el implante coclear. Al hacer con ellos un trabajo de socialización, se comprometían a usarlo. Descubríamos que en sus barrios sufrían rechazo por tener el implante. Pero era muy bueno cuando ellos se percataban de que había otros como ellos en diferentes lugares del país.

«Fue hermoso ver que un niño que llegó solitario, sin ganas de comer, terminaba feliz, sin deseos de despedirse de nosotros. Más de una vez hizo falta acompañar a alguna madre, con su hijo, de vuelta a casa.

«Habían primos que no sabían que lo eran, y que en este campamento de verano se encontraban por los apellidos, por las historias. Hicimos un árbol genealógico. Otra vivencia que me impactó fue la de una niña sordo-ciega, cuya mamá nunca había salido de Guantánamo. La pequeña jamás había ido a la playa, y cuando entró al mar, tuvimos que enamorarla con unas chucherías, casi cayendo la noche, para que saliera».

—¿Se sintieron bien los niños seropositivos?

—No se sintieron aislados. Es lamentable que muchos en la sociedad los miren con prejuicios. En el campamento, desde las tías del comedor hasta cada trabajador social, no lo pensaban dos veces para cargarlos, darles la comida, o acostarlos a dormir. A mí me obligaron a tirarme en el mar, con ropa y todo, junto con ellos, porque era el último día del grupo. Los padres lloraban. Sentían que sus hijos habían sido tratados con cariño y respeto.

«Aprovechamos para hacer muchas escuelas de padres. Era importante que se relacionaran entre ellos, ver qué estaban haciendo bien, y que no. Creo que los adultos notaron el sacrificio de tener garantizadas al detalle cada una de las necesidades, desde el chequeo médico de los pequeños, las escuelas de padres, el transporte que no falló, hasta la alimentación. Es señal de la voluntad de la Revolución de llegarle a todo el mundo.

«Hice un compromiso con cada uno de los niños. Si sigo en esta tarea, haré todo lo posible para que el campamento de verano se mantenga, y cada año hacer todo lo posible porque mejoren las condiciones y mejoren las expectativas de satisfacción de cada uno de los que vengan. Porque lo que se logra en una semana con la familia, con amor, con indicaciones, no se alcanza en trabajos aislados, en momentos aislados.

«Son muchas las historias. Hay un niñito del municipio de Playa que me llama todas las noches. Es discapacitado. Cuando hace unos días lo llevaron a operar, no quería entrar al salón sin antes darme un beso. Tuve entonces que salir del hospital donde estaba mi padre, muy delicado de salud, para ver al pequeño. Me cuenta la madre que cuando él salió preguntó por su papá, por su hermano, y por mí... fui a donde estaba y le di un beso... Son cosas que han dejado en mí una marca profunda».

¿Para siempre torcidos?

Yisaura Pérez Saura (primera a la izquierda) estuvo feliz. La acompañaron su madre Nerelis Saura Martínez y la trabajadora social Soliet Ávila Bermúdez. La niña ingresó en la escuela de conducta. Permaneció allí solo seis meses. En estos momentos está insertada en un centro de enseñanza «normal». «Es que ella se entretenía en el aula con la libreta, con un dibujito, con cualquier bobería», explicó la madre Nerelis Saura Martínez, de 35 años, procedente de Ciego de Ávila, municipio de Morón.

Nerelis mostró fascinación con el campamento de verano: «Lo he comentado con los trabajadores sociales; la atención es maravillosa. Los niños se sienten muy contentos porque los llevan a muchos lugares. Mi niñita se ve alegre, porque a decir verdad ella nunca había venido a La Habana. Está feliz».

Yisaura Pérez Saura, la hija de 11 años, solo atinó a decir que estuvo en el Acuario, y en un parque de diversiones. La trabajadora social Soliet Ávila Bermúdez, de 19 años, había llegado para hacerle compañía.

«He participado en otros planes vacacionales —comentó—, no solo en este para niños con problemas de conducta. La niña se ha portado maravillosamente. De Ciego de Ávila son tres. Ellos están conociendo paisajes que nunca pensaron ver. Soy para ellos como un familiar. Ya me buscan, comparten sus inquietudes. Es de las cosas más lindas que he vivido».

El psicoterapeuta Raúl Banasco Rodríguez, con 37 años de experiencia atendiendo muchachos «difíciles», compartió con nosotros los frutos de su detenida observación acerca del comportamiento de los participantes en el campamento de verano: «Soy colaborador del Departamento de Educación Especial del Ministerio, y trabajo de conjunto con psicoterapeutas de todo el país y con trabajadores sociales en escuelas de conducta.

«En este campamento he observado a los muchachos que provienen de esos centros de educación especial. Algunos, por sus comportamientos, ya se han ido insertando en centros que no son de conducta. Los familiares están muy contentos. Es primera vez que ellos participan en una experiencia como esta. Y el resultado es muy bueno. Estuvimos en Playa Girón, Playa Larga, conversamos mucho sobre historia...».

—Según su experiencia de casi 40 años, ¿qué es lo que más necesitan estos muchachos?

—Afecto, cariño, comprensión. Es la primera necesidad básica. Son niños con necesidades educativas especiales. No siempre la familia y otras instituciones les brindan las atenciones necesarias en la comunidad. Suelen tener experiencias muy negativas desde las primeras edades, y esto hace que vayan generando el trastorno que comienza como un problema pequeño de conducta y termina convertido en un trastorno más agudo».

—¿Hay reversión posible?

—Absolutamente. Con ellos trabajan numerosos especialistas. Es muy importante un esfuerzo aparejado con el niño, y con la familia. Este campamento, por ejemplo, es una experiencia muy positiva que debe ampliarse. Si estamos hablando de justicia social, es este un magnífico esfuerzo, y un reconocimiento a los niños y a los experimentados directores de las escuelas».

Estampas

Por años, entre los trabajadores sociales, se recordarán las anécdotas deslumbrantes de lo que ha significado este campamento de verano para los más pequeños. Perdurará la imagen de un niño sordo-ciego oliendo la comida con avidez y curiosidad; o el aleteo frente al mar, a las cuatro de la mañana, de los niños con Xeroderma Pigmentosum, porque sus vidas son inversamente proporcionales a la luz del sol; o el asombro de los niños sordo-ciegos o con implantes cocleares, que jamás habían deslizado sus manos por el lomo o el hocico de un animal; o los gritos de alegría de una niña sordo-ciega que entró a una piscina, junto a un grupo de delfines, y que luego se negaba a salir.

El maestro Raudel Rojas Montano, director de la Escuela Especial de Trastorno de la Conducta Águedo Morales Reina, en Pinar del Río, en el municipio de Consolación del Sur, recordará siempre más de una historia que compartió con nuestro diario:

«Conversábamos en la playa mientras mirábamos un niño que no dejaba de abrazar a una trabajadora social. Cuando él salió del mar le dije: “Lávate los pies, no pareces ser hijo de tu mamá...”. Y el pequeño miró a la muchacha como quien mira a su madre, a su tutora. Había quedado pensativo.

«Una niñita se puso a recolectar pomitos plásticos, de los que vienen con agua. Le dije: “No te va a alcanzar el bolso para todo eso”. Y ella: “Profe, cuando llegue a mi barrio sabrán que vine de lejos, de un lugar donde había cosas lindas”».

No hubo abandonos

En una sola noche, en una sola velada, coincidieron decenas de mujeres tremendas. Recibieron flores de los trabajadores sociales del presente, como parte de las actividades acontecidas durante el campamento de verano. Ellas son las trabajadoras sociales que tuvo la Revolución en sus primeros años para restañar los ánimos rotos, para salvar los abismos humanos más increíbles.

Miriam Mendoza Aguilar, quien trabaja en la Dirección Provincial de Educación de Ciudad de La Habana, y es trabajadora social, confesó estar muy marcada por su labor: «porque no es fácil, por ejemplo, cuando tú recoges a un niño que ha sido abandonado en un hospital, que tiene 40 días de nacido, y tú lo tienes en tus brazos casi todo el día; lo llevas de aquí para allá, para que lo examinen, y después lo tienes que dejar en una institución... Al menos a mí, me cuesta muchísimo trabajo desprenderme.

«Tenemos centros que abarcan desde el primero hasta el sexto año de vida. Luego, cuando el niño pasa a la escuela primaria, no dejamos de atenderlo. Viva usted convencida de que en este país el niño que llega y llora en este mundo, es acogido si no tiene a sus familiares. Si por determinadas causas fueran abandonados, son acogidos en un lugar donde, en la medida de las posibilidades que tenemos, se les da todo».

Delia Fernández Rodríguez, jubilada, trabajó 34 años en el ámbito de la enseñanza. Atendió círculos infantiles, y de entonces recuerda los paseos, las lindas ropas, la comida, el cariño que se prodigaba a los más desprotegidos, a aquellos cuyos padres habían fallecido, o estaban presos, o por alguna otra razón se encontraban lejos del hogar.

«Fue una etapa de gran preocupación, y de mucha ocupación. Algunas empleadas de círculos infantiles se llevaban a sus casas a algún pequeño el fin de semana, por tal de que no se quedaran solos en la institución».

—¿Algún recuerdo?

—El de una niña que fue adoptada por un matrimonio que tenía sus dos hijos. Ella era la hembra, la niña de la familia, y recuerda a su círculo infantil con mucho cariño. Me decía: «¿Por qué tú eres blanca y Margarita es carmelita?» Así identificaba a su directora.

A Estela Lazo Pérez, jubilada de Educación, le preguntamos, entre otras muchas cosas: ¿Cuántos niños usted cree haber tenido bajo su tutela en sus 32 años de trabajo?

«Son muchos, porque había niños de madres presas, y enfermas, y también de trabajadoras».

—¿Recuerda a algún niño en especial?

—Una niñita extranjera, que llegó a un círculo, y que por poco se arranca las orejitas dándose golpes y golpes, porque no se adaptaba, y a los tres días ya estaba encantada de la vida. Los padres eran estudiantes en Cuba, estaban becados y no podían tenerla. Este país ha hecho mucho por los niños, por los de Cuba y los de afuera también.

Otra jubilada de Educación, Nidia González Rodríguez, vivió durante décadas cómo el país atendía a las personas más vulnerables: «Le puedo decir que hace unos diez años, cuando me jubilé, el abandono materno en los hospitales había disminuido. Las personas veían que el Estado las atendía, que los niños adoptados tenían los mismos derechos que los demás. Fue evolucionando la conciencia sobre el tema de educar y acompañar mejor a los hijos».

Un sello, un obsequio

«La experiencia más grande vivida en este campamento es el agradecimiento de los niños, la sonrisa, sus gestos espontáneos», expresó Lixgiana Álvarez Rodríguez, quien dirige el frente de Atención a la población infantil en el Programa de Trabajadores Sociales.

En gesto de agradecimiento, Maikel Alarcón Periarte regaló un sello a la trabajadora social Anaite Ramos Rodríguez. Y en ese instante retomó la historia de Maikel Alarcón Periarte, de ocho años de edad, matriculado en una escuela de conducta, al cual se le había roto un zapato. Como la trabajadora social se lo arregló con prontitud, él le obsequió un sellito a modo de reconocimiento, aunque estas fueron sus palabras: «Yo se lo doy porque tengo muchos más».

—¿Cómo la has pasado?, preguntamos a Maikel.

—Bien.

—¿Qué has hecho?

—Comer, jugar con los maestros. He jugado bolas, y he estudiado yo solito allá arriba.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer a ti?

—Jugar pelota.

—¿Qué quieres ser?

—Pelotero.

—¿Por qué le diste un sellito a la trabajadora social?

—Porque sí, porque es buena. Me llevó los cubiertos. Otras veces me enseñó dónde estaba el baño, y me atendió cuando tenía hambre...

Hablaba él de Anaite Ramos Rodríguez, de 25 años, quien más tarde nos dijo: «Soy recién graduada de Psicología. Antes de graduarme, ya atendía a los niños con necesidades educativas especiales. Aquí en el campamento nos acostamos a las dos, tres de la mañana, y sobre las cinco y algo más de la mañana ya estamos de pie. Tratamos de crearles hábitos a pesar del corto tiempo en que están acá.

«Un niño que había sido abandonado por su madre por tener una malformación congénita, cumplió aquí los 13 años. Lo celebramos, y llegó a decir que yo era su mamita, y que mi compañero era su papá. Cuando se fue lloraba...

«A veces una se queda nostálgica. Se siente responsable del futuro de ellos, de la necesidad de prepararlos para la vida. Puede creerme o no, pero cuando estoy estresada prefiero llegarme hasta una escuela de conducta, a interactuar con los pequeños. Y una hora me basta para reconciliarme con todo, para recordar muchas esencias de la suerte humana».

1 Según la búsqueda en Internet, el implante coclear es un transductor que transforma las señales acústicas en eléctricas que estimulan el nervio auditivo.

2 Xeroderma Pigmentosum (XP): Enfermedad genética que provoca en el paciente un daño en la capacidad de reparación del ADN de las células de la piel que han estado sometidas al efecto de las radiaciones ultravioletas.

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