Plácido: polémica de 165 años

El poeta cubano y sus compañeros fueron realmente víctimas de la bestialidad colonial, porque, inocentes o culpables, no fueron juzgados con imparcialidad

Autor:

Juventud Rebelde

MATANZAS.— El 28 de junio de 1844 un hombre recitaba sus postreros versos. Nadie se explica cómo su alma le permitió recordar cada palabra de sus poemas. La tragedia de Plácido mientras caminaba hacia el patíbulo llega a nuestros días con aquel olor a pólvora que envolvió la atmósfera matancera.

Una descarga de fusilería. Luego el silencio que antecedió al último disparo, el que lo remató.

Una sociedad convulsa, estremecida por el esclavismo, por las diferencias étnicas, estaba volcada a detonar grandes episodios.

Las insurrecciones de negros esclavos se sucedían de forma intermitente. En 1843 las sediciones de los ingenios Alcancía y Triunvirato, precisamente en Matanzas, estremecieron las bases colonialistas, pues el abolicionismo cobraba fuerza implacable a la luz de la historia.

Los sucesos que desencadenaron la Conspiración de la Escalera están relacionados con la denuncia que hizo el dueño del ingenio Trinidad ante el Gobernador de Matanzas sobre una próxima sublevación. Una esclava se encargó de delatar este levantamiento, previsto para el primer día de Pascua, de 1844.

De tal manera nació la causa por la conspiración de la gente de color contra los blancos, que trascendió como Conspiración de la Escalera.

Desde entonces la polémica de si Plácido fue culpable o inocente ha cobrado vida a lo largo del tiempo, por las valoraciones de intelectuales e historiadores, no solo cubanos.

Año del cuero

Desde tiempos inmemoriales, el pueblo cubano ha exaltado con su gracejo situaciones y hechos, así, identificaba el año 1844 como el año del cuero.

Ese período histórico estuvo plagado de antagonismos raciales y sociales.

Domingo del Monte supo en París de las acusaciones que Plácido le hiciera en el Proceso de la Escalera e inmediatamente escribe una carta al redactor de Le Globe, de la capital francesa, en agosto de 1844.

«...ninguno de los que me han citado me puede probar que me conoce personalmente ni que nunca me han dirigido la palabra ni yo a ellos. El poeta Plácido, recuerdo que la primera y última vez que le vi, fue en 1835 que se me presentó en mi estudio a pedirme cuatro pesos prestados, que nunca más volví a ver. Hombre de color solo traté en La Habana al otro poeta, Manzano, que fue esclavo de la Marquesa de Prado-Ameno y consiguió la libertad por la juventud estudiosa de La Habana. Este Manzano no aparece comprendido en la conspiración y en el careo que tuvo con Plácido en Matanzas, ante jueces de la Comisión Militar, sé que rebatió con energía la calumnia que aquel desgraciado emitió contra mí, creyendo escaparse de la muerte envolviendo en su misma culpa a muchas de las personas más distinguidas del país...».

En su investigación Iniciadores y primeros mártires de la Revolución Cubana, Vidal Morales procesó suficiente documentación como para llegar a conclusiones: «No es cosa averiguada todavía si en 1844 hubo o no conspiración de negros y mulatos».

En el testimonio de Plácido, el 23 de junio de 1844, al Presidente de la Comisión Militar de Matanzas, este le prometió interceder por él si revelaba todo, implicando en su declaración a Del Monte, Félix Tanco, P. Guiteras...

José Antonio Portuondo, en Miseria y soledad de Plácido, el mulato, resume una doble existencia: la de versificador áulico, extremoso en sus halagos a los gobernantes y gente acomodada; y en la otra es un conspirador, mantiene las posiciones que se advierten en sus poemas a favor de la libertad.

En 1962 Nicolás Guillén alimentó una polémica vinculada a Plácido. En el periódico Noticias de Hoy sorprendió a los lectores con su artículo que proponía que se designara el faro del Castillo del Morro con el nombre del poeta, pues esa emblemática y útil referencia de marinos conservaba el del Capitán General Leopoldo O. Donnell, que firmó la sentencia de muerte del bardo el 22 de junio de 1844.

Cerca de Plácido

En la Revista Santiago Nro. 42, aparece un exhaustivo trabajo investigativo de Daisy Cué Fernández, que aporta conclusiones que, al decir de Salvador Bueno, «permiten aceptar que sí existió una conspiración y que Plácido ocupó posición relevante en su organización, lo que rebate la declaración de inocente que proclamó hasta sus últimos instantes».

En el prólogo de Acerca de Plácido, el profesor Bueno enfatiza que «la muerte de Plácido fue para los cubanos una prueba más de los medios inicuos y la represión implacable que el régimen colonialista utilizaba contra sus adversarios que deseaban la libertad política y la justicia social».

La tenebrosa historia de la Conspiración de la Escalera sirve para demostrar que el esclavismo en Cuba estaba llegando a su crisis definitiva... En cuanto a Plácido, agrega la estudiosa en su ensayo, culpable o no de los hechos que se le imputaron, ha devenido símbolo del martirologio de su raza. La voz del poeta, ahogada por las balas españolas que le asesinaron, es el lamento de los millares de hombres a quienes el látigo, el cepo y la humillación redujeron a la condición más infamante de la especie humana.

«Plácido y la Conspiración de la Escalera, después de más de cien años, continúan siendo tema apasionante para los investigadores de nuestras raíces históricas y literarias», confirma la estudiosa.

Manuel Sanguily publicó en 1894 varios artículos en los que condena al Plácido que vendía sus versos para comer y al que para salvarse delató a 55 compatriotas. La investigadora considera que Sanguily no contaba con todos los elementos de juicio.

A partir de ese momento la Isla sufriría los embates racistas de una metrópoli española que utilizó todo tipo de métodos contra los negros y mulatos, incluida la tortura, como recoge Cué Fernández en su ensayo Plácido y la Conspiración de la Escalera, al citar la carta de José Antonio Echeverría a Domingo del Monte: «Mártires, en efecto, han sido las víctimas; porque no ha bastado quitarles la vida: ha sido necesario quitársela a fuerza de azotes y privaciones, atormentándolos con maneras inusitadas entre las cuales ha habido la de quemarles a algunos sus vergüenzas con pencas de guano...; envileciéndolos con delaciones forzadas de padres contra un hijo, de hijos contra sus padres... robando a sus familias hasta el último pan, porque la rapacidad llegó a tal escándalo que al cabo fue necesario manifestar escrúpulos, pero no sin dar antes lugar a que se pusieran a salvo los fiscales, a quienes se amagó con una formación de causa».

La colonia se convirtió en un hervidero de delaciones, captura de sospechosos, persecuciones...

¿Culpable o inocente?

Plácido se presentó en su época como inocente, según una gran parte de quienes escribieron de su obra y vida.

El 30 de enero de 1844 detienen a Plácido al salir de una fiesta y recibe varios impactos de bala por la espalda, como correspondía a los traidores. Se le acusó de dirigir una conspiración contra los blancos, para posteriormente acogerse al protectorado inglés. Gabriel de la Concepción Valdés tuvo 32 acusaciones en el proceso, como consta en la sentencia del Tribunal Militar.

El 7 de mayo Plácido solicita volver a declarar, en una atormentada y desesperada carrera por salvar la vida. Después fue interrogado numerosas veces por el fiscal Salazar. Sanguily, al referirse a este hecho, cuestiona hasta la posibilidad de que el letrado le dictara a Plácido las declaraciones.

«A nuestro juicio —sentencia Cué Fernández— sí existía un movimiento conspirativo entre pardos y negros, auspiciado en sus inicios por los ingleses y los criollos ricos».

Al preguntarse si Plácido fue uno de los conspiradores, sostiene que sí por las evidencias, su extracción social, sus conocimientos de la situación social y convulsa del país y el reconocimiento de un plan conspirativo.

«Plácido y sus compañeros fueron realmente las víctimas de la bestialidad colonial, porque, inocentes o culpables, no fueron juzgados con imparcialidad. Los indicios que permiten suponer la existencia real de un movimiento sedicioso no eran pruebas con valor legal y no podían servir, por tanto, para condenarlos a muerte. Pensamos que el tribunal tenía más certeza moral que material con respecto a los hechos, y se determinó a cortar de raíz el foco subversivo aun a costa de cometer arbitrariedades», advierte en su ensayo, en el que refiere, además, que es notorio el hecho de que el fiscal Salazar fue condenado a prisión poco después por las irregularidades y desmanes que cometió durante el juicio».

El novelista Cirilo Villaverde escribió una carta a Francisco Calcagno, en 1871, en la que enfatiza: «Debe distinguirse la clase de inocencia de Plácido: él no aspiró al dominio de la clase de color sobre la blanca, que fue el crimen que le achacaron y aparece que fue aquel por que lo mataron. Todas sus simpatías y relaciones eran con los blancos; él, como todos los criollos cubanos, sin distinción de razas, deseaba la revolución que debía sacarle de la sujeción en que se veía aherrojado. De la culpa porque lo mataron, lo creo inocente.»

Igualmente Vidal y Morales le envía una misiva a Calcagno, en 1876: «No debe usted afirmar un hecho que el mismo poeta negaba al exclamar en el Adiós a su lira, Soy inocente. La posteridad conmovida ante el sublime canto del poeta, al borde del sepulcro, lo cree inocente, y es manchar su memoria afirmar que fue culpable, cualquiera que sea el colorido que se pretenda dar al hecho, a cuyo fin se sostiene que contribuyó poderosamente».

A fin de cuentas, si fue culpable, su culpa fue la de conspirar por la libertad.

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