«En Honduras brincó el que faltaba»

Un patriota hondureño, residente en Cuba desde hace algunos años, asegura que en su país llegó la hora del pueblo

Autor:

Juventud Rebelde

Alfredo Cádiz (El Hondureño) asegura que estos días son inéditos en su país. CIEGO DE ÁVILA.— El Hondureño levanta sus cejas negras y bien pobladas, y pregunta: «¿Viste, pues?». El domingo, cuando al anunciarse el golpe de estado, se pasó el día pegado a las noticias que llegaban de su patria.

Y por muchas razones a Alfredo Cádiz Muñoz, licenciado en Estudios Socioculturales, no le quedaba más remedio que sonreírse. «Este gorilazo se veía venir», dice bien despacio El Hondureño, como le dicen sus amigos. «El silencio del ejército durante los últimos tiempos era muy sospechoso. Ese cuerpo es muy conservador y reprimió a cuanto movimiento popular apareció en mi país.

«¿Por qué se callaban? Era muy sospechoso. La presencia de los médicos cubanos, el incremento de la cooperación con Cuba y otros países con gobiernos progresistas y la incorporación al ALBA eran hechos que debían levantar suspicacias dentro del mando militar.

«Hasta el golpe eran otros los que habían protestado: el Colegio Médico, el sector más reaccionario de la Iglesia, los representantes de la oligarquía. Pero los oficiales se mantenían en silencio. El empuje fue la posibilidad de la Asamblea Constituyente. Eso los hizo brincar. Por fin se quitaron la careta».

¿Por qué no mataron a Zelaya?

«Porque era un muerto que preocuparía —asegura Alfredo—. ¿Quién se lo iba a echar a las espaldas? Además, existe otro factor: han subestimado al pueblo. Pensaron que al sacar al presidente, se detendría el proceso de cambios. Es una acción típica de un pensamiento muy conservador.

«Ese movimiento golpista está conformado por el Congreso, los militares, el ala más derechista de la Iglesia y una burguesía esencialmente agraria, que sus principales ingresos provienen del banano. Siempre han subestimado al pueblo y los movimientos sociales.

«En Honduras desaparecieron a más de 100 personas durante la guerra sucia contra Nicaragua. Por esos años, la estación CIA para Centroamérica radicó en Tegucigalpa. Mi país se convirtió en un emplazamiento militar y de inteligencia de los Estados Unidos. Allí estaban las bases militares de El Aguacate y Palmerola. Los oficiales hondureños pasaban cursos en el Comando Sur en Panamá y en la Escuela de las Américas. Por su parte, los militares yanquis y salvadoreños —los grandes aliados en lucha contra los guerrilleros y los movimientos progresistas— iban a descansar a mi país.

«Por esa época muchos patriotas, incluso algunos políticos en el Congreso, denunciaron la presencia gringa. Lo hicieron solo una vez. Los militares los obligaron a salir al exilio o simplemente los mataron. No podía ser de otro modo. En Honduras no hay una burguesía nacional. Lo que existe es una oligarquía, que vive del crédito norteamericano para sus inversiones particulares. Por eso es parasitaria, entre otras razones. No aporta a la renta nacional, ni siquiera exporta.

«Así es desde la Independencia hasta que llegó el presidente Zelaya. En su estructura económica, el país está anclado en el latifundio de 1940 y el huracán Mitch nos hizo retroceder a la década de 1950 con todo lo que significa de privilegios para la oligarquía. Por eso no podían permitir el referéndum para la Asamblea Constituyente.

«450 000 personas habían solicitado por carta y otros miles la exigían en las calles. Era algo inédito. Con una nueva Constitución, la burguesía perdería su cuota de poder. Serían barridos por su propio descrédito. Por ello soltaron al que estaba escondido. A su perro guardián: el ejército hondureño».

El turno de los anónimos

En sus años de residencia en Cuba, Alfredo nunca perdió el hilo de los acontecimientos en su país. Cuando Zelaya inició los cambios, un día comentó: «Este hombre es de los liberales, pertenece a la burguesía; pero parece interesante». No dijo más hasta ahora, cuando enfatiza: «Honduras no es la misma. La gente de abajo está organizada».

Cuando nota el asombro, añade: «Los grandes medios han silenciado a los movimientos sociales. Para el mundo, Honduras no los tiene y sin embargo allí están. Se unieron mucho en la década de 1980. Los efectos del neoliberalismo hicieron tomar conciencia y se unieron para luchar. Ahora están estructurados».

Por el radio se escucha la voz de Chávez, Daniel Ortega y Rafael Correa en la cumbre extraordinaria del ALBA en Nicaragua. Alfredo apunta hacia el equipo y advierte: «Ahora hay huelga. Si Honduras se paraliza —y es muy probable que ocurra—, ¿qué harán los golpistas? Los países del ALBA han provocado un cerco diplomático. No es como la OEA, que se anda en receso para deliberar. Los gorilas no tienen reconocimiento internacional, ¿de dónde llegaran los recursos para echar andar el país?

«Hay otro elemento: el bloque popular. Los maestros se lanzaron a la huelga. Si no lo han hecho, es muy posible que también lo hagan los sectores estudiantiles, profesionales, las masas pobres de los barrios y la central de trabajadores. También se encuentre la etnia de los garífunas, descendientes de los indios y esclavos negros. Suman unas 250 000 personas, olvidadas todo el tiempo hasta ahora. Ellas también se pueden movilizar».

Sin embargo, para Alfredo existe un elemento esencial: «¿Qué proyecto político tienen los golpistas para darle al pueblo? Ningún movimiento que llegue al gobierno, ni aun mediante un golpe de estado, puede sobrevivir sin una base social fuerte. El ejército no es homogéneo. Del grado de mayor hacia abajo, son personas de ideología conservadora pero de extracción humilde. ¿Qué pasara con ellos?

«Los golpistas se tomaron el poder y no ofrecen una plataforma política. Ellos viven la enfermedad del conservadurismo. Imaginan que detrás de todo pensamiento progresista hay un comunista. Lo único que tienen es el proyecto neoliberal y Honduras lo conoce. Pueden desatar un baño de sangre, los generales están entrenados para hacerlo y sería lo peor. Hagan lo que hagan, su tiempo ya se les acabó. Ahora es el momento de los de abajo. De los que nunca tuvieron voz».

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