La Caravana: más de mil kilómetros de júbilo

«Ardo en esperanzas de ver al pueblo a lo largo de nuestro recorrido hasta la capital», dijo Fidel el primero de enero de 1959 en Santiago de Cuba, y aquel trayecto, como diría alguien que lo vivió, fue como iluminado por los ángeles

Autor:

Luis Hernández Serrano

Hay hechos que se vuelven sangre propia —reliquias del alma— y que no nos sacan ni con fórceps, a menos que seamos capaces de vaciarnos por completo en varias ocasiones a lo largo de la vida.

Lo dicho por el escritor valenciano Juan José Millás, puede explicar, por ejemplo, lo que fue para la mayoría de los cubanos el 8 de enero de 1959, símbolo y paradigma de una tarde habanera maravillosa que comenzó a desenvolverse en Santiago de Cuba, a más de mil kilómetros de júbilo de la capital de los cubanos.

«Fidel —comentó una ancianita— llegó entonces a La Habana como si todos los ángeles le hubieran iluminado el camino».

Solo siete días antes, un soldado de la dictadura de Batista —que había sido herido de muerte en el estómago durante la batalla del Jigüe y lo salvaron los médicos rebeldes— cuando supo que el tirano se había fugado, exclamó: «¡Me abochorna ese tipo con su cobardía; como si yo fuera el cobarde!».

Con el alborozo y el sano desorden de colegiales en libertad, el pueblo se lanzó a las calles para saludar a los barbudos, quienes habían penetrado en La Habana humildes y silenciosos.

Constituían el más curioso ejército que jamás hubieran presenciado al menos los cubanos. No marcaban el paso ni los precedía fanfarria militar alguna. Los más disímiles sombreros y gorras cubrían sus cabezas, y portaban con firmeza casi cariñosa las armas más diversas.

De ese modo los habaneros vieron por primera vez en carne y hueso a estos seres pintorescos, que parecían haberse escapado de planetas de las narraciones de ciencia ficción. Y La Habana se sintió orgullosa de pertenecer al mismo país donde habían nacido estos libertadores.

Tal vez algunos no supieran expresarse muy bien, pero decían cosas maravillosas, de las que suben el corazón al cuello y hacen brotar lágrimas de alegría, todas con el sentido de la dignidad humana, la libertad y la patria. ¡Y por eso ganaron!

Vencieron cara a cara en llanos y montañas a uno de los ejércitos profesionales mejor armados de América Latina; en llanos y montañas de donde los quisieron hacer bajar antes de tiempo, y de donde al fin bajaron, pero ¡victoriosos!

Aunque la condición de primera ciudad del orbe se la disputan todavía Hama, Damasco y Alepo, La Habana del 8 de enero de 1959 tiene su bien ganado puesto como escenario del acontecimiento más emocionante de ese día en la historia. Y cuando se recuerda esto, quizá las tres ciudades sirias sientan una inevitable punzada de celos.

En su discurso del 8 de enero en Columbia, pareció que a Fidel se le encendió algo muy en sus adentros y comenzó a hablar en voz alta con su alma. Por eso le formuló a su hermano de lucha la antológica pregunta de «¿Voy bien, Camilo?».

Aquella entrada triunfal no fue el fruto de una obra como la del escultor de Gog, que esculpía estatuas fugitivas en el indomable material del humo. Está indeleblemente incrustada en el mapa del tiempo, con una anotación que dice: «8 de enero de 1959. Siempre será recordada en los años venideros, porque también el futuro tiene una antigüedad tan fascinante y abarcadora como el heroico pasado».

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