El cordel del dolor

Son diversas las formas de aliviar los desgarramientos, aunque existe una sola para hacer justicia, esa que aún no ha llegado 34 años después del crimen de Barbados

Autor:

Julieta García Ríos

Cada tarde la anciana se sienta en el Malecón habanero, toma su vara de pescar y lanza el anzuelo al mar. Al caer la noche regresa a casa. Nunca se alimenta de su presa «porque en una de esas criaturas puede “habitar” mi hijo», uno de los 73 pasajeros de la aeronave de Cubana de Aviación CUT-1201, volada por terroristas.

El 6 de octubre de 1976 aquel pájaro herido cayó, en aguas de Barbados, hasta lo profundo del Mar Caribe; y «detrás de todos estos años… detrás del miedo y el dolor», 73 familias siguen añorando a sus seres queridos mientras sus asesinos continúan impunes.

Cuando pienso en lo que pudo ser la vida de las víctimas del atentado en Barbados, me vienen a la mente los Van Van, la orquesta insigne de Cuba, cuyos integrantes se salvaron de la muerte por una inesperada petición.

A fines de septiembre de 1976, la agrupación y la cantante Beatriz Márquez llegaron a Venezuela para actuar en el Festival de la Divina Pastora, celebrado en Barquisimeto, provincia del estado de Lara.

Luego se trasladaron a Caracas donde también ofrecieron varios conciertos. A una de esas presentaciones llegó el equipo juvenil de esgrima, entusiasmado por bailar con la tropa de Juan Formell.

En Venezuela los cubanos salían airosos: los músicos conquistaban al público bailador mientras los jóvenes atletas arrasaban con las medallas del IV Campeonato Centroamericano y Caribeño de Esgrima.

Se sabe que el sabotaje contra el avión cubano se planificó a poca distancia de donde actuaban los Van Van. Ellos tocaban detrás del Hotel Caracas Hilton, y en una fonda, muy cerca de allí, los asesinos perfilaban el crimen.

Los autores materiales de la barbarie, Hernán Ricardo y Freddy Lugo, escaparon horas después de estallar el avión. Lo hicieron en el mismo Boeing 707 —de la línea British West Indies Airways— procedente de Estados Unidos, y con destino final Trinidad y Tobago, en el que llegó a Barbados la primera delegación cubana para investigar lo ocurrido.

Este grupo saldría de Jamaica, integrado por el diplomático Abdo Soto, Raúl Pérez Miyares —representante de Cubana de Aviación en ese país— y Frank González, en aquel momento periodista de la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina y primer reportero de los sucesos relacionados con el crimen. A ellos se sumó Eliseo Matos, funcionario de la aerolínea cubana en Barbados.

La muerte de las 73 personas a bordo no fue suficiente para los terroristas. Continuas llamadas telefónicas amenazaban a los cubanos en Barbados con mensajes al estilo de: «Hay una bomba puesta en esa oficina, en ese hotel, o en ese avión de Cubana que despegó».

El atardecer de la despedida

Los funcionarios de la Embajada cubana en Venezuela prepararon una fiesta para celebrar, en la tarde-noche del 5 de octubre, los triunfos de sus artistas y jóvenes atletas. Sin saberlo, se despedían para siempre.

Durante el encuentro, a los artistas se les informó que al día siguiente no regresarían a La Habana, porque viajarían hacia Panamá por un contrato de trabajo.

Entonces, algunos lamentaron la decisión que luego resultaría salvadora. Beatriz Márquez extrañaba a su pequeña hija Evelín, y Formell tendría que aplazar los preparativos de su boda. Muchos dieron a los deportistas la encomienda de llamar a sus familiares para avisarles de que la Musicalísima y los Van Van llegarían a Cuba una semana más tarde.

Aquella noche músicos, diplomáticos y atletas bailaron al son de ritmos cubanos, conversaron de sus sueños y también de pequeños detalles de sus vidas. Así se supo que Manuel Permuy, funcionario del INDER, traía consigo la música de su cantante favorito: Nelson Ned. Que una de las muchachas añoraba montar la ruta 98 que la llevaba a casa. Está viva la imagen de tres de los muchachos contemplando la foto de Fidel y la voz medio ronca de Leonardo MacKenzie diciéndole al pianista: «¡Quedáte tranquilo, Pupi, que yo llamo por teléfono a tu tío…».

Los sueños se disiparon en el aire y la alegría se tornó tristeza para quienes en La Habana esperaban a los suyos. Desde entonces el dolor emparentó a las familias. Los criminales se burlan de la justicia y una madre, cada tarde, busca consuelo en el mar.

La llave del Galant

«No olvides traerme la llave del carro. Mira que es la única copia que tengo», le dijo telefónicamente Raúl Pérez Miyares a su amigo Manuel Abelardo Rodríguez Font el día antes del sabotaje de Barbados. Ambos quedaron en encontrarse en el aeropuerto de Kingston, Jamaica, el mismo sitio donde 15 días atrás se habían visto por última vez.

Hacía años que trabajaban juntos y se tenían confianza. Ahora el primero era representante de Cubana de Aviación en Jamaica; y el segundo, jefe de la Unidad Cubana de Aviación en Barbados.

Sería un encuentro breve pues solo se trataba de entregar la llave del auto Galant de Miyares, la que, distraído por otros menesteres, Manuel se había llevado involuntariamente después de sacar su equipaje del automóvil del amigo en Jamaica.

El sabotaje del 6 de octubre de 1976, organizado por Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, impidió el encuentro. Sin embargo, como nos contó hace años el periodista Frank González, la llave sería un elemento revelador. De los 57 cubanos a bordo del vuelo 455 solo ocho cadáveres fueron rescatados.

«Miyares tenía que ir a la morgue —nos contó González— y me pidió que lo acompañara. Le respondí que no y me insistió con esta pregunta: “Viejo, ¿cómo te vas a negar a ir, si eres el periodista? Él fue porque conocía a algunos de los tripulantes y personas que venían en el vuelo», rememoró quien posteriormente fuera presidente de la agencia de noticias Prensa Latina.

Entre los cuerpos hallados se encontraba el de Manuel Abelardo Rodríguez Font. En el bolsillo de su pantalón, estaba la llave del Galant. (Julieta García Ríos y Jorge Legañoa Alonso)

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