Artime, el descarrilado

Un fotorreportero del periódico Revolución, Ernesto Fernández, reveló una experiencia curiosa que tuvo como corresponsal de guerra en Playa Girón

Autor:

Luis Hernández Serrano

Dice el refrán que de los cobardes no se ha escrito nada, pero, aunque el refranero popular es tremendamente sabio, en el caso que nos asiste ahora, se equivocó. Luis Posada Carriles estuvo entrenándose como integrante de la Brigada 2506, en Guatemala, pero se arratonó de tal manera, que no vino en la invasión, por miedo a perecer en el empeño.

Siguió siendo mezquino y cobarde al participar en la voladura del avión de Cubana en Barbados y en los preparativos de la bomba que mató al joven italiano Fabio Di Celmo en el Hotel Copacabana, entre otras felonías.

De él se ha escrito mucho, como uno de los más tristemente célebres agentes que ha tenido la CIA entre las filas de sus terroristas de Estado.

Pero no vamos a referirnos a Luis Posada Carriles y su falta de valor para venir con los invasores, sino a otro cobarde, a un personaje también nefasto que vino como mercenario, en 1961.

Este último, cuando la candela estaba más brava, el 19 de abril, aunque era el jefe civil de la agresión en el Cuerpo de Jefatura del ejército invasor de la CIA, puso pies en polvorosa y se escondió en los montes de la Ciénaga de Zapata, hasta que tuvo que levantar las manos y entregarse a las fuerzas revolucionarias.

De él nos habló Ernesto Fernández, fotorreportero del diario Revolución, uno de los corresponsales de guerra en las arenas de Girón.

Contó que Manuel Artime se alzó en la Sierra Maestra el 28 de diciembre de 1958, dos días antes del triunfo del primero de enero de 1959, y fue ascendido a teniente por Humberto Sorí Marín, un comandante rebelde que integró el primer Gobierno Revolucionario como ministro y traicionó a la Revolución.

«A Manuel Artime lo conocí cuando era jefe de la zona de desarrollo agropecuario 0-22 (Oriente-22) en Manzanillo. Al principio de la Reforma Agraria se organizó el país en diferentes zonas. Entonces Santiago Cardosa Arias, nuestro periodista, y yo, fuimos a hacer un reportaje de los Cinco Picos. Tuvimos que verlo para conseguir transporte en qué ir hasta el lugar más cercano a aquellos jóvenes.

«Nos encontramos que todos estaban pasando allí un hambre monstruosa. Tanto, que los muchachos nos dijeron: “Miren, nosotros estamos dispuestos a morir aquí arriba, porque, total, queremos demostrar que somos hombres, pero… vaya… aunque sea una caja de cigarros, cualquier cosa que nos manden para acá”.

«Como nosotros informábamos al periódico en torno a situaciones de este tipo, fuimos a ver a Artime, y le dijimos lo que habíamos visto y que íbamos a informarlo. Entonces él nos dijo: “¡No, no, que ellos están ahí para sacrificarse! ¿Qué piensan? ¿Y la gente que estaba en la Sierra no pasó peores cosas? Entonces nos invitó a presenciar una discusión que tendría con unos carboneros.

«Miren —nos refirió Artime— esta gente tiene un lío, quieren hasta hacer una huelga. Tú verás cómo yo resuelvo eso”. Eran como 50 carboneros. Él se subió en una caja de cerveza vacía y les manifestó, entre otras cuestiones: “La Revolución es un tren y no puede estar recogiendo los carros que se descarrilen, así que el que se descarrile ¡se queda ahí!”. Recuerdo que después que hicimos aquel reportaje este sujeto se fue de Cuba con 80 000 pesos. Por eso los jóvenes Cinco Picos pasaron hambre. Y por eso los carboneros pedían que se ocuparan de ellos.

«Casualmente me encontré a Artime en Playa Girón, entre los mercenarios, como un invasor más. Cuando me vio, con la cámara en ristre, me gritó: “¡Ah, periodista, ven acá…”. Quería que lo retratara, porque pensaba que así saldría mejor. Fui hasta donde estaba y le dije: “Artime, ¿tú no te recuerdas de mí?”. Me dijo que sí. Y le pregunté: “¿Tú no te recuerdas lo que le dijiste a los carboneros?”. Me preguntó qué cosa. Le digo: “Tú afirmaste que la Revolución era como un tren y que el que se descarrilara se jodía y se quedaba ahí. ¡Te has descarrilado, Artime!

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