Gigante de ébano

Combatiente de las tres guerras y uno de los héroes más sobresalientes de las gestas independentistas cubanas en contra del colonialismo español, Guillermón supo poner su estatura y coraje siempre al servicio de su bandera

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.— Según Carlos Manuel de Céspedes, citado por Pedro A. García en Retrato del general Moncada, era «negro y alto, delgado, de labio superior corto, dientes grandes y blancos, y cojo por heridas».

El coronel Policarpo Pineda (Rustán), jefe suyo en la manigua, lo presentaba como el capitán más valiente de su regimiento. «Es bueno y bravo, y se puede confiar en él», añadía.

De él dijo el Generalísimo, Máximo Gómez, tras conocerlo en la Guerra del 68: «Vale mucho, además de muy valiente, tiene dotes de mando y gran habilidad estratégica (…) Es un hombre que promete y si no lo matan, llegará muy alto».

Leonardo Griñán Peralta, uno de sus biógrafos, lo definió como la personificación del decoro, siempre admirado por compañeros y adversarios, y un enemigo como el general Arsenio Martínez Campos, al ofrecerle su diestra, le dijo en voz alta: «Estrecho esta mano que no ha cometido jamás felonía».

Acostumbraba a decir: «Mi brazo negro y mi corazón de cubano tienen fe en la victoria». Ese era José Guillermo Moncada. Así fue nombrado al nacer, pero sus amigos y la posteridad insistieron en llamarle Guillermón, Guillermón Moncada, por su estatura y coraje en las batallas, sobrenombre que fue luego, como afirmaría el poeta guantanamero Regino Boti, «nuncio de terror y augurio de pánico entre las fuerzas integristas que representaron en Cuba la colonia y la tiranía».

De combate a combate

Había nacido el 25 de junio de 1841 en Santiago de Cuba. Su padre, Narciso Veranes, esclavo liberto, no quiso reconocer a sus hijos, por lo que tenía como único apellido el de la madre, Dominga Moncada.

De niño aprendió a leer y a escribir. Más tarde, se hizo carpintero aserrador, oficio que dejó a mediados de noviembre de 1868, con 27 años, para incorporarse a la Guerra de los Diez Años y pelear, machete en mano, por la libertad de su Patria.

De simple soldado, fue ascendiendo, combate a combate, dentro de la oficialidad mambisa hasta llegar a poseer las estrellas de mayor general del Ejército Libertador en la Guerra Chiquita. Hábil en el empleo del machete, retó y derrotó en los campos de batalla a varios oficiales españoles reconocidos como excelentes esgrimistas.

El 16 de mayo de 1871, en un lugar conocido como Los Peladeros o El Palenque, derrotó y dio muerte al odiado coronel, de origen cubano y jefe de las escuadras de Santa Catalina del Guaso, Guantánamo, al servicio de España, Miguel Pérez y Céspedes, hecho que lo inmortalizó como un héroe legendario de las luchas por la independencia y uno de los jefes más populares.

Cuenta la historia que herido grave el coronel Pineda, es nombrado Guillermón comandante y jefe de la tropa que aquel mandaba. Y al hacerse cargo de estas fuerzas se le ordenó tratara de evitar los abusos que venía cometiendo en la jurisdicción de Guantánamo, Miguel Pérez, quien al frente de su guerrilla asolaba los cafetales cuyos dueños eran adictos a la causa de la libertad, y custodiaba a los defensores de la colonia.

Como un héroe de novela, Guillermón sintió que el corazón le latía con más rapidez y puso todas sus ansias en vencerlo. Dicen que hasta llegaron a cruzarse carteles de desafío. Así, hasta que en los cafetales guantanameros se encontraron al fin y después de cinco horas de rudo batallar y una carga al machete ordenada por Guillermón, cayó, en combate cuerpo a cuerpo, Miguel Pérez y Céspedes.

En febrero de 1878 se destacó asimismo Guillermón en el combate de la Llanada de Juan Mulato y en el camino de San Ulpiano, para lo cual Maceo le confió el mando de la retaguardia con toda la impedimenta.

Al terminar la Guerra de los Diez Años, el coloso santiaguero había tomado parte en más de un centenar de batallas a las órdenes de Máximo Gómez y Antonio Maceo.

Cuando los firmantes del Pacto del Zanjón dejaron caer la espada, fijó claramente su posición: «No podemos admitir nunca la paz que bajo condiciones tan humillantes y ridículas nos brindan los españoles». Y anticipándose al gesto de Baraguá, escribió a Vicente García: «Oriente en la cuestión presente tendrá que salir con honor».

Así se convirtió en uno de los hombres de la célebre Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878, junto al General Antonio Maceo. El gobierno provisional del mayor general Manuel de Jesús Calvar lo designó jefe de la División de Guantánamo, con grado de general de brigada, para continuar la guerra. Depuso las armas el 10 de junio de 1878.

A pesar de ser uno de los protagonistas de los sucesos del 26 de agosto de 1879, en Santiago de Cuba, donde se inició la Guerra Chiquita, se incorporó cuatro días después, cuando atacó el ingenio La Borgita.

Calixto García, siendo presidente del Comité Revolucionario Cubano lo designó jefe de las fuerzas del centro y sur de la provincia de Oriente, con grado de mayor general.

Libró también algunas acciones en la región de Guantánamo, mas comprendiendo que la causa estaba perdida, junto con el entonces general de brigada José Maceo, realizó el Acuerdo de Confluentes, y regresó a su hogar.

Después de embarcar hacia Jamaica, los españoles lo apresaron traicioneramente en alta mar y condujeron a Puerto Rico, de donde lo remitieron a España y a las Islas Baleares. En 1886 lo amnistiaron y regresó a Santiago de Cuba.

Participó en los preparativos del plan Gómez-Maceo (1884-1886), en sus postrimerías, y en la conspiración conocida como La Paz del Manganeso (1890). Por sus actividades subversivas, del 1ro. de diciembre de 1893 al 1ro. de junio de 1894, el régimen español lo mantuvo preso en el cuartel Reina Mercedes, de Santiago de Cuba, que más tarde y hasta hoy lleva su nombre.

Al abandonar el presidio volvió a su Oriente. Allí supo de la creación del Partido Revolucionario Cubano, la obra de José Martí, y se puso a conspirar en espera de la hora en que había nuevamente de tomar el camino de la manigua.

Figura clave de la Revolución

En vísperas de la Guerra del 95, mambises e integristas coincidían en reconocerle como la figura clave de la Revolución en Oriente. Así lo entendieron también las autoridades colonialistas cuando en mensaje urgente a Madrid alertaban: «El famoso Guillermón, el hombre hoy de más autoridad y acción (entre los independentistas residentes en Cuba), temible en un alzamiento, se halla dispuesto a secundar el grito».

Convencido de ello estaba igualmente Juan Gualberto Gómez, delegado del Partido Revolucionario Cubano en la Isla, quien envió un emisario a consultarle si el levantamiento debía ocurrir o no el 24 de febrero.

Guillermón no puso reparos a esa fecha. Sabía que, enfermo de muerte, la manigua aniquilaría su poca vida. Sabía también que su misión era encender la llama de la guerra y mantenerla viva hasta la llegada de Martí, Gómez y los Maceo. Y eligió ese sendero.

Como buen conspirador, pasó inmediatamente a la clandestinidad. Dos días antes del 24 de febrero de 1895 se echó al monte en compañía de Rafael Portuondo Tamayo, joven santiaguero que después llegaría a general y de él no supieron más los españoles hasta que se alzó en armas en Alto Songo, al amanecer del 24.

A una orden suya, Periquito Pérez sublevó a Guantánamo; Goulet y Portuondo se levantaron en El Caney; Quintín Banderas, en San Luis; Saturnino Lora, en Baire… Hechos que harían expresar al coronel Horacio Rubens, muy vinculado a Martí en la preparación de la guerra necesaria: «Sin Guillermón no hubiera habido Revolución en Oriente el 24 de febrero».

Ya la tuberculosis, que contrajera en las cárceles españolas, estaba en fase terminal. Sintiendo la proximidad de la muerte, confió la jefatura de su región al mayor general Bartolomé Masó, reunió a su Estado Mayor y le entregó el mando de las fuerzas a él, subordinadas directamente al coronel Victoriano Garzón.

El 5 de abril de 1895, tan solo a 40 días del Grito de Baire, en el campamento de Joturito, Mucaral, término municipal de Alto Songo (Songo-La Maya), la Revolución perdía a uno de sus más capaces jefes y a uno de sus más intransigentes y audaces soldados.

El general Enrique Collazo escribiría luego sobre el arrojo demostrado por Guillermón en los inicios de aquella contienda: «Guillermo Moncada, en Cuba, poco podía hacer, era un moribundo que venía en cumplimiento de su palabra, y guiado por su patriotismo a morir a la sombra de su bandera».

Como uno de los 29 generales cubanos del Ejército Libertador que pusieron su vida al servicio de la independencia cubana, el alma heroica, impetuosa y soberbia de Guillermón Moncada había adquirido dimensiones de gigante, no solo por su estatura, sino por el arrojo, honor y dignidad mostrados.

Sus restos reposan en el cementerio de Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba.

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