«Secretos» de familia

Cuánto pueden incidir, positiva o negativamente, los lazos familiares a la hora de impulsar nuevas formas de gestión como el trabajo por cuenta propia es una interrogante que se mueve en los escenarios socioeconómicos de la Cuba de hoy

Autores:

Mayte María Jiménez
Patricia Cáceres

Cuando, una mañana de 1995, Blanca Gracia González llegó a su casa con la idea de abrir un restaurante en plena sala-comedor, sus hijos no pudieron hacer menos que asombrarse. Era una madre soltera, sin experiencia alguna en el mundo de la gastronomía, con una vieja casa colonial en riesgo de demolición.

Todo parecía quimérico para esta mujer que acariciaba el sueño de fundar un discreto y exitoso negocio familiar. Pero una vez más el tiempo dijo la última palabra… y hoy, 17 años después, Blanca Gracia tiene una concurrida paladar en una céntrica calle de la capital.

Cuando le preguntamos cuál era su secreto, respondió sin pensarlo dos veces: «El secreto es mi familia». Así confesó esta señora con más de seis décadas de vida que, como tantos otros hombres y mujeres, se ha acogido a las nuevas formas de gestión en el escenario actual cubano.

En un momento como este, cuando Cuba apuesta por fuentes de empleo alternativas al sector estatal, la familia constituye uno de los pilares sobre los que se pueden articular tan decisivos cambios, bien sean en el campo de la elaboración y venta de alimentos, como en el hospedaje, transporte, o en la producción de artículos varios, por solo mencionar algunos. En cualquiera de los casos la articulación trabajo-familia parece ser un denominador común para obtener buenos resultados.

«Sin mis hijos, cuñados, sobrinos… nunca hubiese sido posible construir este restaurante. Trabajábamos día y noche. Entre todos arreglamos la casa, reparamos las sillas. También nos preparamos en el mundo de la cocina y la gastronomía», recordó Blanca.

«Siento que tengo una familia emprendedora, tanto en el plano personal como en el trabajo. Lo logramos únicamente porque somos muy unidos y luchadores. Todos nos sacrificamos y continuamos haciéndolo hasta hoy, para que nunca nos falte la calidad del servicio», afirmó.

Para esta emprendedora mujer no existe fórmula más efectiva que el hecho de que sus trabajadores sean sus hijos y nietos.

«Además, el proyecto familiar es mucho más acogedor. El visitante se siente más cómodo y seguro. Aquí hay clientes que regresan desde hace 15 años, porque le han cogido afecto a los miembros de la casa, no solo al restaurante», aseguró.

Una de cal y una de arena

Ángel Turrilla Rodríguez, quien se desempeña como artesano y vendedor de piezas talladas en madera en la capitalina feria de 23, en plena Rampa, junto a su yerno, piensa también que esta nueva alternativa fluye mejor cuando «se queda en casa».

«Sencillamente hay más confianza y más intereses comunes que proteger. Si son personas ajenas, cuando no estoy presente pueden afectar las ventas aumentando el precio de las piezas para quedarse con la diferencia. Porque, en definitiva, el proyecto no es suyo».

Sin embargo, para Sergio Rafael Alba Marín, dueño de una popular cafetería capitalina, aunque el negocio funciona mejor cuando sus trabajadores guardan parentesco, estas conexiones pueden tener más desventajas que beneficios cuando se trata de exigencia, advierte.

«En nuestra paladar se ha creado una disciplina muy fuerte, que no implica diferencias entre la familia u otro trabajador. Pero siempre te ves comprometido psicológicamente en el momento de llamarle la atención a un pariente. Resulta muy complejo hacer un señalamiento negativo a la persona que te enseñó», consideró.

En ello coincide Rosa Mari Pila García, una joven de 24 años, que trabaja en la venta de bisutería en la feria de artesanos de 23 junto a su mamá, pero en estands separados.

«A veces es mejor trabajar con personas conocidas. Los conflictos generacionales, como los que surgen entre padres e hijos, se pueden traspolar al trabajo, cuando hay que tomar alguna decisión importante y no piensan igual. Creo que compartir el espacio laboral con parientes es más delicado», refirió la joven.

Pero Blanca Gracia señala que todos estos inconvenientes se pueden evitar tanto en la familia como con los trabajadores, cuando se potencia un ingrediente esencial: el rigor.

«La disciplina en mi restaurante siempre ha sido férrea porque, aunque sean hijos o nietos, esto es un centro de trabajo. Y después que llegamos aquí, ni somos tíos, ni mamá, ni abuela. Hay que cumplir todas las reglas.

«En el salón, si hacen mal el trabajo, se aplica una sanción y van para la cocina. Y la de la cocina va para el salón por un mes. Incluso, hemos expulsado del quehacer en la paladar a dos miembros de la familia», explicó.

«Implicar o no a la familia depende del tipo de oficio que se tenga», reflexionó Nieves Hernández Guevara, quien renta habitaciones de su casa, en el municipio de Playa.

«A lo mejor en otros sectores, como el de la gastronomía, tienes elección. Pero cuando te dedicas al alquiler, la familia tiene que implicarse necesariamente. Si tienes clientes conviviendo contigo, bajo tu propio techo, todos los miembros del hogar tienen que unirse para garantizarle una estancia feliz y que siempre regrese».

Desafíos en casa

Los emprendimientos de un trabajo por cuenta propia (TCP) familiar enfrentan los mismos obstáculos que experimentan los que no tienen la participación de la familia, aunque pueden hacerse más agudos conflictos de índole intangible como la falta de confianza, los problemas personales entre los miembros, y las rivalidades entre generaciones.

Este es uno de los resultados que arrojó una investigación realizada en noviembre de 2011 por el Doctor en Ciencias Económicas Ricardo Jorge Machado y la licenciada Karla Gattorno, de la Escuela de Altos Estudios de Hotelería y Turismo, relacionada con la familia y el cuentapropismo, en la cual fueron entrevistados trabajadores del sector no estatal con vínculos familiares, de las provincias de Pinar del Río, La Habana, Matanzas y Ciego de Ávila.

En el estudio se revelaron algunos de los principales desafíos que vive esta nueva forma de gestión cuando se desarrolla en el núcleo familiar.

«Estaríamos hablando de una conflictividad recurrente en las familias, provocada por la falta de comunicación, el compartir nuevas ideas, tomar decisiones objetivas y no emotivas. Frecuentemente el familiar a cargo de esta actividad decide incorporar personas nuevas o ajenas para continuar el trabajo, lo cual provoca más problemas», advierte Karla Gattorno.

El estudio describe que la tarea de las familias de forma general se centra en lograr satisfacer las necesidades de sus integrantes, preocuparse por el bienestar emocional y lograr gestionar los cambios intergeneracionales.

Sin embargo, en los hogares inmersos en el TCP se potencia la necesidad de cumplir tareas, rutinas de trabajo, conocer el entorno y gestionarlo y ser creativos ante los obstáculos.

«El tener a los familiares como contribuyentes de una forma de gestión no estatal, constituye una fortaleza, pero también implica un riesgo que puede llevar al colapso, ya que cuando existe un mayor apoyo al TCP que a la familia, la consecuencia es la disminución de la atención, y el aumento de la competitividad, en vez de la cooperación entre los familiares.

«Una manera de diluir este efecto es que las generaciones de mayor experiencia desarrollen un plan de continuidad, donde se tomen en consideración las necesidades de todos los integrantes del hogar», indicó el estudio.

Los investigadores apuntaron que entre las premisas necesarias para articular armonía en el núcleo de la familia está que las nuevas generaciones aprendan de los valores, y se solucionen los conflictos de forma constructiva, hasta lograr acuerdos; además de aclarar las expectativas referidas al dinero, carreras profesionales y laborales.

Además, se señala que es preciso determinar y controlar de forma adecuada cómo se tomarán las decisiones concernientes a la gestión del TCP por parte de la familia, y posibilitar que los miembros desarrollen carreras laborales gratificantes u otros roles que brinden desarrollo personal y una vía de realización.

Pero también puede suceder que las familias enfaticen su dedicación a temas relacionados con las necesidades de sus miembros en detrimento de las responsabilidades en el TCP, argumentó Karla.

Con estas actitudes se da paso a que familiares no competentes formen parte del TCP, no se evalúe efectivamente la actuación de los miembros y el cumplimiento de sus tareas, por lo que el liderazgo se resiente ante la falta de autoridad y carácter, lo que resulta perjudicial para el TCP».

En este sentido —apuntó la investigación—, lograr el equilibrio entre estos dos sistemas: el familiar y el cuentapropista, es una de las claves del éxito, ya que se pueden crear lazos familiares muy fuertes y al mismo tiempo potenciar que la actividad no estatal rinda los merecidos frutos.

También resulta oportuno crear acuerdos internos para recuperar las inversiones individuales sin dañar los intereses del resto de los familiares, así como evitar a toda costa la implicación emocional, para mantener el equilibrio entre la vida íntima y la laboral.

La pesquisa expone como otro elemento determinante la necesidad de utilizar los valores familiares para desarrollar planes y acciones. «La cultura que se observa en los TCP son los valores familiares puestos en práctica».

La familia que unida planifica su futuro, puede crear lazos fuertes y nuevas oportunidades de participación, que garantizarán la continuidad y la actuación exitosa del proyecto, reconoce la investigación.

Desarrollo local y familiar

Con una mirada sociológica del fenómeno del cuentapropismo, el profesor José Lázaro Hernández Gil, metodólogo-asesor de la Universidad de La Habana, quien durante más de cinco años se desempeñó como director del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), valoró el impacto de esta nueva forma de gestión, desde la familia y la comunidad, como impulsores del desarrollo local.

«El sector no estatal, más allá de brindar empleo y de su rol en un grupo de servicios, desempeña un papel significativo en procesos tan sensibles y necesarios como la producción de alimentos y el desarrollo local», aseguró.

A propósito de sus indagaciones en ese último campo destacó la importancia del engranaje entre las nuevas formas de gestión en el país y sus efectos en el empuje de la economía, visto desde los espacios más cercanos al día a día de los cubanos.

En esta cotidianidad, la familia desempeña un rol esencial, junto a la innovación, fruto de la capacidad creativa humana, desde el aspecto utilitario, pero también desde el sistema de relaciones sociales que se privilegien y las formas que se establezcan para construirlo.

En estos escenarios, temas como la alimentación, la construcción, y el mantenimiento de viviendas, junto a otras actividades, son protagonizadas con gran impulso por trabajadores no estatales.

Diversas investigaciones han revelado también el impacto positivo de este sector como agente dinamizador del desarrollo agropecuario, por citar un ejemplo, y se ejecutan proyectos para fortalecer la autonomía de gestión en esta forma de empleo.

Estas nuevas formas de gestión tienen una estrecha relación con las estrategias de desarrollo local, donde también participan los gobiernos municipales y los diferentes actores de la comunidad, en la cual la familia es una célula fundamental, comentó.

Psicología familiar

¿Cuál es el papel de la familia como estructura medular de la sociedad, inmersa ahora en nuevos escenarios socioeconómicos en Cuba?, es una de las interrogantes que motivó el diálogo con la máster en Psicología Mareelen Díaz Tenorio, investigadora del tema Familia por más de 20 años en el CIPS, y actual coordinadora del Programa Equidad, del Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero.

«La familia es la organización social que ha demostrado mayor capacidad y experiencia para formar a las personas desde su nacimiento, para satisfacer sus necesidades elementales y ponerlas a disposición de la sociedad», aseguró.

«Hasta el día de hoy, nadie ha podido sustituir a ese grupo humano. Está en el centro de la vida social, económica, política y cultural de cualquier país. Todo pasa por ella, pues, al final, todos salimos de una».

—¿Cómo valora la articulación de la familia en medio de las distintas transformaciones que experimenta hoy la sociedad cubana?

—La familia cubana tiene un aval indiscutible que ha demostrado en la práctica. Ha sido capaz de mantener a nuestro país y a nuestra Revolución. Tiene una experticia increíble que, con el apoyo del Estado, puede dar continuidad a todos los proyectos que se generen.

«Cuando la familia ejerce sus funciones, lo está haciendo no solo para sí misma, sino para el país. Es decir, cuando educamos a un hijo y le inculcamos determinados valores, no lo hacemos únicamente de puertas hacia dentro, sino que estamos formando un ciudadano.

«La familia tiene que ser la protagonista por excelencia de cualquier trasformación que se produzca en la sociedad. Pienso que de los 90 del pasado siglo hasta la actualidad, ha habido una reedición de las relaciones entre Estado y familia.

«Esta última se ha adaptado a los distintos contextos, buscando siempre cumplir su función, que es, en primera instancia, mantener vivos a sus miembros, y con la mejor educación posible.

«Las estrategias familiares han estado presentes durante las etapas de crisis y han acompañado al Estado en las medidas adoptadas para enfrentar los momentos más difíciles.

«Un ejemplo claro de ello son las miles de familias que, de una u otra forma, se han sumado al TCP,  ya sea en la elaboración y venta de alimentos, transporte de carga y pasajeros, venta de productos agrícolas o arrendamiento de viviendas, por solo mencionar algunas».

—¿Cuál sería entonces la fórmula para una fusión exitosa entre familia y cuentapropismo?

—Si una familia emprende esta alternativa de trabajo no estatal, aunque sea un pequeño proyecto familiar, no puede pasar por alto dos elementos fundamentales: diversidad y participación.

«Debe tener en cuenta los derechos de cada miembro, sus características de vida y necesidades individuales, ya que pueden estar en etapas diferentes de su ciclo vital. O sea, se trata de no violar normas, de no ejercer violencia, y tener en cuenta la diversidad de pensamientos de todos sus miembros.

«¿Cómo no violar los derechos de las personas? ¿Cómo respetar las necesidades de todos? Con un ejercicio de participación mayor al que la familia cubana estaba acostumbrada hasta ahora.

«Si bien hace tiempo veníamos de un esquema de familia muy patriarcal, ya en las últimas décadas las investigaciones hablan de cómo se han ido democratizando las relaciones al interior de la familia.

«Hoy es más fácil hablar de lo que se piensa, con menos prejuicios y tabúes. Entonces, hay que aprovechar mucho más la comunicación, tener en cuenta la voz de todos los miembros de casa, incluida la de los más pequeños.

«Pero esto es algo que no corresponde únicamente a la familia cubana. El país también debe tener en cuenta las diferencias y la voz de esta “célula” de la sociedad para el desarrollo local por el que tanto abogamos».

—¿Cómo puede contribuir la familia a crear un futuro mejor en armonía con estas nuevas formas de gestión en el país?

—Siempre que participe. Pero se requiere el apoyo del Estado en materia de orientación, asesoría, para instruir a quienes lo necesiten sobre cómo gestionar recursos, cómo ejercer control económico en esos proyectos familiares y cómo insertarse de manera armónica en estas transformaciones.

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