Entre el que tartalea y el tartamudo

Los trastornos del habla identificados en niños pueden erradicarse con rehabilitación logopédica pero esta no es necesaria, en algunos casos, si los padres dedican más tiempo a sus hijos, a su correcta expresión y al enriquecimiento del vocabulario

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Con tres años apenas hablaba, y cuando lo hacía era prácticamente incomprensible por la rapidez. Ahora está en preescolar y su madre tiene que hablar con la logopeda de su escuela, cuando tenga tiempo, para que lo atienda.

«Mi hija comenzó a hablar muy temprano. Recuerdo que cuando dijo sus primeras palabras fue un gran acontecimiento en la familia y estuvimos al tanto de sus progresos. Antes de ingresar a la escuela todo se le entendía, ya era una “cotorra”, como decimos, igual que yo», me contó Idalia Hernández, madre de los dos pequeños.

Son estas algunas de las preocupaciones de los padres que, como Idalia esperan que sus hijos hablen correctamente, se les entienda y no sufran ningún trastorno, sobre todo cuando pueden compararlos con sus hermanos, primos o vecinos y se alarman ante la «diferencia».

En el mejor de los casos los padres toman conciencia de la situación y tratan de corregir al pequeño, aunque desconozcan los mejores métodos para ello.

Muchos son los trastornos del habla que un niño puede presentar, como dislalias, referidas al trastorno en la articulación de los fonemas, por ausencia o alteración de algunos sonidos concretos o por la sustitución de estos por otros de forma improcedente; disartrias, relacionadas con un trastorno de la expresión verbal causado por alteración en el control muscular de los mecanismos del habla; diglosias, debido a anomalías congénitas, y tartamudeo, entre otros.

Es posible que los padres no conozcan los términos científicos, pero sí deben saber que ellos pueden ser los espejos en los que sus hijos se miran, los ejemplos que imitan después y las personas con las que deben compartir tiempo y conversaciones, lo que influirá positiva o negativamente en su aprendizaje del lenguaje.

A la escucha

El proceso de aprendizaje del lenguaje transita por diferentes etapas como parte del desarrollo normal de un niño, explica Irina Acosta Cabrera, licenciada en Defectología, quien labora en la escuela primaria Ejército Rebelde, del municipio Plaza de la Revolución, en la capital cubana.

«Entre los dos y tres años de vida tiene lugar, por lo general, la explosión del lenguaje. Algunos padres manifiestan que su hijo es gago o que no se le entiende lo que habla y esa percepción es normal, porque en esa etapa ocurre un tartaleo fisiológico, identificado por ese hablar atropellado y poco comprensible, que luego desaparece.

«En ese momento es muy importante que no se interrumpa al pequeño cuando esté hablando; que él no perciba la ansiedad del adulto y el deseo de que termine de hablar; que no se le apure, y sobre todo que no se le someta a situaciones de estrés como incitarlo a hablar, a bailar o a hacer cualquier otra cosa en público si él no quiere».

La mala pronunciación en ese momento —agrega— no puede verse como un trastorno, porque estamos en presencia de un proceso de aprendizaje que es paulatino.

«Los padres y adultos que rodean a un niño deben tener cuidado con la manera en la que se dirigen a él. Los cubanos, todos, hablamos muy rápido y los niños imitan lo que escuchan. En esa etapa, cuando se presenta ese tartaleo fisiológico, es importante que se le hable despacio, con una correcta articulación y pronunciación de los vocablos».

Refiere Acosta Cabrera que pueden darse casos de niños que con dos y tres años aún no hayan comenzado a manifestarse así, pero ese retardo del lenguaje puede tener sus causas en rasgos de la personalidad del pequeño o en problemas auditivos, pues los niños comienzan a hablar imitando los sonidos que escuchan.

«Son casos excepcionales, pero los padres no tienen por qué alarmarse sin razón en un inicio, como sucede cuando realizan comparaciones entre niñas y niños, a pesar de que está comprobado que, generalmente, ellas comienzan a hablar antes que los varones, pues ellos son más mecánicos en su actuar, lo que se comprueba también cuando son ellos los que comienzan a caminar a edades más tempranas que ellas», aclaró la especialista.

Mamá ¿cómo habla su hijo?

Cuando los niños arriban al preescolar, y luego en otros grados, ya pueden ser sometidos a una exploración logopédica por el especialista que labore en el centro, según está establecido. En ese momento es importante conocer su historia de vida, su entorno familiar y comunitario, así como los aspectos relacionados con su forma de comunicarse, de manera oral y escrita; sus motivaciones, potencialidades y las características de su aprovechamiento escolar.

Apunta la logopeda Acosta Cabrera, con más de diez años de experiencia, que se debe observar cómo el niño respira, comprobar sus reflejos y su capacidad auditiva, analizar su odontología, corroborar anomalías anatómicas o alguna incapacidad funcional para saber con certeza qué influye directamente en su expresión y si puede ser corregido o no por esa especialidad.

«Un niño con problemas en la implantación dentaria, o que tenga dificultades de audición, o que requiera ser operado de adenoides no podrá pronunciar los vocablos correctamente, como otros niños, o tendrá voz nasal, y esas son cuestiones que se nos escapan de las manos si de rehabilitación logopédica se trata. Son otros especialistas, como los estomatólogos o los otorrinolaringólogos, los que deben hacer su trabajo primero», explicó.

Pueden encontrarse en un pequeño, ejemplifica la especialista, elementos de una dislalia por distorsión, comúnmente relacionada con la erre, muchas veces mal instaurada, con una pronunciación en la que la «arrastran». Inmediatamente los padres piensan que el niño tiene problemas con el frenillo y que debe ser operado, cuando en realidad suelen obtenerse resultados positivos solo con un adecuado tratamiento.

También se pueden encontrar dislalias por omisión, cuando los niños suprimen una letra de los vocablos, o por sustitución, cuando trastocan los sonidos y cambian la letra ce por la te, por ejemplo.

«En ocasiones las dislalias que presenta un niño, como las de los adultos, son las llamadas pseudodislalias culturales. Aprende a hablar como los que le rodean, y aspira las eses, o hace una asimilación por contacto en presencia de la erre, en palabras como parque o carne, cuando falta la pronunciación de la erre.

«También encontramos cambios de la erre por la ele, sobre todo si se encuentra al final de la palabra; de la e por la i, o también si se omiten la be y la ge en sílabas intermedias con ele o erre, cuando pronunciamos por ejemplo los vocablos problema o programa, y la be y la ge no se mencionan».

El tartamudeo es otro de los trastornos del habla que puede presentarse en pequeños y mantenerse en la edad adulta, y su tratamiento es mucho más complejo.

«La tartamudez, caracterizada por repeticiones y prolongaciones tensas de los sonidos, los bloqueos completos y la aspiración en el hablar, entre otros aspectos, tiene un componente emocional muy fuerte. Aunque puede tener su causa en conductas aprendidas o en alteraciones orgánicas, la mayoría de las veces se debe a crisis de ansiedad muy profundas.

«Existen diferencias entre el que tartalea y el tartamudo. El primero tartamudea, pero no siente pena de hacerlo y, por lo tanto, puede desenvolverse en la sociedad sin problemas de índole psicológica, digamos. En cambio el tartamudo sí se siente apenado por ello, y aunque este trastorno no se erradica debe compensarse, para evitar su aislamiento o rechazo social», insiste la especialista.

Técnicas de respiración y de control, memorizar las frases, comenzar desde el inicio las ideas cuantas veces sea necesario, acota la especialista, son algunos de los mecanismos que como parte del tratamiento logopédico pueden emplearse con los tartamudos, aunque lo mejor es el conocimiento que tengan ellos de sí mismos y de lo que les resulta factible.

La familia es la clave

Para el tratamiento logopédico, el especialista, con mucha paciencia y mediante técnicas de motivación, trabaja con el niño; pero el medio familiar es el que apoya su trabajo o, por el contrario, lo echa por tierra.

Según explica la licenciada Acosta Cabrera, se trabaja en la realización de ejercicios de respiración, de relajación, de movilidad articulatoria, de masticación sonora, de vibración bilabial, del barrido del cielo de la boca con la lengua y de instauración de letras no aprendidas, entre otros, pero no sirve de nada que luego en la casa los padres no presten atención a su realización sistemática.

«El trabajo con los padres es más complejo que con los niños, no solo por la atención que deben prestarle a la realización de los ejercicios recomendados y a su correcta expresión y pronunciación, pues en ellos se miran sus hijos, sino también porque deben evitar prácticas muy comunes en estos tiempos.

«Por lo general los padres no dedican tiempo suficiente a la interacción con sus hijos, a hablarles correctamente o leerles, a enriquecer su vocabulario enseñándoles lo que es una fruta, un vegetal, una herramienta. Prefieren tenerlos horas y horas frente a una playstation, un televisor o una computadora viendo dibujos animados, series, videojuegos, etc. Les fascinan, más que a los mismos niños, los discos de Dora, Diego, Mickey Mouse y otros, porque así ellos se entretienen y están tranquilos.

«Cuando el pequeño acuña frases en su expresión extraídas de esos materiales audiovisuales y con entonaciones falsas te dicen ¡Muy bien!, ¡Genial!, ¡Bien por ti!, los padres sonríen y no se percatan de que eso no forma parte del aprendizaje normal de su desarrollo, como tampoco lo es que te hablen de toboganes y monopatines, en vez de hacerlo de canales y carriolas, que son los vocablos propios de nuestra norma lingüística».

El consumo audiovisual debe ser controlado y comentado, insiste la logopeda, madre de dos niños. El pequeño puede ver películas, videojuegos y series de animados, pero debe también hablar sobre ello, contar lo que vio y aprendió, porque eso, además del tiempo compartido con sus padres, estimula su expresión, su pronunciación correcta y el enriquecimiento del vocabulario.

«Así se alejarán los padres de preocupaciones en torno al lenguaje de su hijo y él no recibirá atención logopédica, porque no la necesitará».

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