Amo a Cuba y a su gente

Un joven doctor ecuatoriano graduado en la Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana cuenta las enseñanzas que dejó en él nuestro país

Autor:

Wilmer Rodríguez Fernández

ECUADOR.— Ya casi era mediodía cuando llegamos al Hospital Universitario de Guayaquil, la segunda ciudad ecuatoriana más importante después de Quito. En uno de los salones de la prestigiosa institución de salud, dos pacientes esperaban para ser atendidos por el doctor Wiston Ponce Reyes.

Él abrió la consulta desde bien temprano, pues a la una de la tarde debía terminar la atención médica para contarnos recuerdos y enseñanzas de sus seis años en Cuba, cuando estudió en la Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana (ELAM).

Hace ya dos primaveras que Wiston no viaja a la Isla del Caribe, pero la lleva en el corazón: «Recuerdo muchas cosas buenas, sobre todo a su gente. El cubano tiene carisma e hice buenas amistades allá».

El joven de 27 años, de tez trigueña y hablar pausado, se graduó en 2013 y cuenta que Cuba fue una singular experiencia. «Allí aprendí qué es humanismo, altruismo y a preocuparme por la vida del enfermo más que por el dinero», dice.

Pero las enseñanzas de la ELAM, de los hospitales cubanos en los que hizo prácticas docentes y de todo el pueblo contrastaron con la realidad que encontró a su regreso al Ecuador. «Los médicos graduados en Cuba, al llegar a nuestro país, chocan con el enfoque de la medicina privada. Comencé el servicio rural en Monte Sinaí, una zona muy apartada de la ciudad de Guayaquil. Ahí sufrí, pues queríamos ayudar a los pacientes pero la falta de sensibilidad mediaba. Muchos doctores veían las enfermedades como una posibilidad para sacarles beneficios económicos a los dolientes», dice.

El joven doctor dejó de hablar, meditó unos segundos y tal vez para que conociéramos hasta dónde son capaces de llegar algunos galenos privados de Guayaquil, narró: «Tuve una paciente que vino a mi consulta con un fuerte dolor en el pecho y muy asustada.

«Me mostró un electrocardiograma y contó el diagnóstico de un médico en una clínica, el cual le había dicho que si no se ponía un suero con un costo de 300 dólares se iba a morir del corazón. La examiné, vi el electro y no tenía nada de gravedad, solo una osteocondrosis, inflamación del cartílago que une a las costillas con el esternón. Le indiqué un analgésico, vitamina B1, B6 y B12, y se curó».

Wiston no olvidó las enseñanzas de la ELAM; siguió haciéndoles bien a los pacientes y luchó por mejorar la salud de la comunidad de Monte Sinaí: «Allí conversaba con muchos de mis compañeros de trabajo, médicos que se formaron en nuestras universidades, y me comentaban que ellos estudiaron para curar y tratar, no con el fin de prevenir».

Sin embargo Wiston, como el Quijote de Cervantes, ha seguido enfrentándose a los molinos de la insensibilidad de la medicina privada en Ecuador. «Después de Monte Sinaí fui director de un centro público de salud en Guayaquil. Ahí tuve broncas con administrativos y doctores ecuatorianos, pero no dejé de trabajar y poner humanismo en la atención primaria.

«Les hacía entender a los médicos rurales el porqué tenían que preocuparse por curar al paciente en vez de sacarle dólares. Fue una lucha fuerte, pero la comunidad quedó satisfecha; al menos logré traer un pedacito de la medicina cubana al Ecuador», asegura.

Ha pasado el tiempo. Ahora Wiston no dirige el centro de salud del barrio pobre de Guayaquil. Por su talento profesional ha llegado al Hospital Universitario, pero no olvida a los más pobres. Desde hace seis meses es uno de los 88 posgradistas ecuatorianos que se forman como especialistas en Medicina Familiar y Comunitaria.

Lo curioso es que sus profesores ahora igualmente son cubanos: «Vuelvo a encontrarme con ellos. Manejamos un mismo lenguaje. A muchos de mis compañeros de aula les cuesta ciertas cosas porque aún piensan en la medicina biologista, no obstante están cambiando su manera de ver la vida.

«Doy gracias a Dios y al convenio entre Cuba y Ecuador por tener a estos maestros aquí. En ese posgrado hay un estudiante colombiano y se ha percatado del valor de los profesores y médicos de la isla antillana. Esto no es otra cosa que una extensión en Guayaquil de la Escuela Latinoamericana de Medicina», afirma.

Hoy no solo llegan a Ecuador recién graduados de la ELAM, sino expertos en Cardiología, Pediatría y otras especialidades que van a estudiar a nuestro país. Todos vuelven con Cuba en el alma y con fuerzas para enfrentarse a un pensamiento xenófobo, que lamentablemente persiste entre muchos de los profesionales ecuatorianos de la salud.

«Te soy sincero, ha habido mucho recelo hacia nosotros por parte de los médicos de aquí. Ellos pensaron que les íbamos a quitar el trabajo. Aún existe resistencia a la medicina cubana, pero con el trabajo demostramos nuestra preparación.

«Yo no tuve padrinos, tampoco amigos médicos. Vine acá sin conocer a nadie, pero trabajé duro, ayudé a los pacientes en todos los sentidos y contribuí al cambio. Hoy todos los que me rechazaban se han percatado de ese error. Entonces empezó a abrirse el camino», señala.

Ya son cientos los ecuatorianos graduados en la Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana. Entre ellos está Daniel Espín, otro joven que integra el equipo de trasplante renal junto a dos médicos holguineros en el Hospital Manuel Espejo, de Quito, y Lucía Macías, quien se fue de médico rural a las montañas de la Mocora, en la provincia costera de Manabí.

Quienes un día llegaron a Cuba desde diversas regiones del mundo, incluidos los pocos que cambiaron el rumbo y después abrieron clínicas privadas, son mejores médicos gracias a lo que aprendieron en nuestras universidades e instituciones médicas. Por eso Wiston reconoce que él es resultado también de las ideas integracionistas de Fidel, pues se formó en la escuela de La Habana que creara el Comandante con el fin de formar médicos para curar a los pueblos de América Latina y el mundo.

(*) Enviado especial del Sistema Informativo de la Televisión Cubana

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