Con los pies en la tierra

Una joven en Cabaiguán reconoce su apego a la tradición campesina, heredada de sus abuelos maternos

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

LA FRAGUA, Cabaiguán, Sancti Spíritus.- El silencio de la carretera central que pasa frente a la casa delata que aún es de madrugada. Detrás de la puerta, hace rato los trajines de una mujer avisan que está lista para comenzar la faena laboral muchas veces sin límites. Cuando el reloj espabila al resto de la comunidad, Lidiyitsy Zaya Taño, de 32 años, toma las riendas del día, para multiplicar sus resultados.

Conoce de memoria cada paso en esos segundos mañaneros que deben sincronizarse con exactitud para que ninguna planificación se pierda. Toma la motorina, monta a sus dos retoños y se empina loma abajo unos cuantos metros para llevarlos a la escuela primaria del consejo popular Guayos del municipio espirituano de Cabaiguán. A su regreso, enfila la dirección hacia su finca Reencarnación, donde los abuelos maternos Teófilo y Juana sembraron y anidaron el amor que profesa por esa tierra.

«Nunca he pensado vivir en otro lugar porque amo la tranquilidad de este sitio. Además, mis abuelos se sacrificaron mucho para hacerse de este pequeño terreno y no me gustaría deshacerme de esa parte de nuestra historia», dice con la experiencia adquirida desde hace más de seis años cuando asumió el timonel de las 78 hectáreas de tierras, tras la muerte de su antecesor.

«Nací y me críe en Reencarnación, donde aprendí que no se le puede temer al trabajo y que la sistematicidad es la clave del éxito.

«Hemos obtenido reconocimientos por las altas entregas del grano del frijol. Hasta 40 quintales se han recogido. Pero eso ha sido gracias al estudio de una cosecha a otra, hay que estar preparados para enfrentar cualquier dificultad, incluso prever el estado del tiempo», añade.

La voz de Lidiyitsy Zaya, desde hace un tiempo, es escuchada con atención en la Cooperativa de Créditos y Servicios, CCS Ramón Balboa, de Cabaiguán.

«El pago del tabaco ha motivado a varios jóvenes. Se nos han incorporado, sobre todo, en la etapa del servicio militar, al otorgársele tierras por la Ley 300. Aún hay muchas dificultades con el tema insumo, pero la clave es no dejarse vencer y echar para adelante», asegura, mientras recuerda su paso por la Escuela de Hotelería y Turismo, en Trinidad, donde no culminó para retornar a sus orígenes.

—¿Nunca le has cogido miedo al campo?

—Aprendí desde pequeña que esta vida es como cualquier otra. Creo que tengo menos trabajo que mi abuela. Ella sí fue muy sacrificada. Así que si pudo con todo, cómo yo no lo voy hacer.

Esa filosofía de vida le ha servido de mucho. Con el amor que no le cabe en el pecho mientras camina por su finca, les presenta a sus hijos Maicol y Elizabeth cómo anda la actual cosecha de plátano macho. Aspira, sin grandes fórmulas, a que como ella planten bien los pies en la tierra.

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