Tamara, mujer con muchos nombres

A 50 años de la muerte de Tania la guerrillera, aún hay manos que llenan de flores el sitio donde fue hallado su cuerpo en Vallegrande y miradas humedecidas ante su lugar de reposo en Villa Clara, junto a Ernesto Guevara y sus otros compañeros de lucha

Autor:

Yunet López Ricardo

Faltaban solo meses para que cumpliera 15 años cuando sus padres decidieron volver a Alemania, la tierra donde la niña nació. Y así Tamara comenzó a extrañar Argentina.

Cuentan que por sus nostalgias y desvelos políticos, coleccionaba hechos ocurridos en Cuba que publicaba la prensa, y se reunía en la Universidad con latinoamericanos para hablar sobre la realidad de Sudamérica.

En 1960 la vida la puso frente a Ernesto Che Guevara, quien viajó a la ciudad de Leipzig como presidente del Banco Nacional de Cuba; y el Consejo Central de la Juventud Libre Alemana le designó una intérprete: Tamara.

Al lado del guerrillero crecieron sus deseos de ser parte de la historia que conocía solo a través de noticias. Y esas ansias la trajeron a Cuba el 12 de mayo de 1961. Pero lo que pocos conocen es que algunas de las noches que durmió en La Habana fue en la casa de Alicia Alonso.

La Prima Ballerina la conoció en Berlín unos meses antes por el mismo camino que la acercó al Che, su trabajo como intérprete. Miguel Cabrera, historiador del Ballet Nacional, cuenta que a Alicia le pareció una muchacha «muy simpática, con muchas ideas. No era una traductora común, sino alguien que amaba y estaba muy interesada por las cosas de Cuba. Seguramente hablaron de Argentina. Pero lo cierto es que cuando Alicia regresó hizo las gestiones para que ella cumpliera su sueño de conocer la Isla».

Así, a la muchacha que se le ve junto a Alicia en la única foto que tienen juntas mientras la bailarina toca el acordeón, la misma que cantaba milongas y tangos, participó en la Campaña de Alfabetización, fue traductora de delegaciones alemanas, y hasta estudió Periodismo en la Universidad habanera.

No obstante, su labor más importante le llegó desde quien, como ella, creció en el Cono Sur. En 1964 el médico comandante le dio la misión de entrar a Bolivia a través de Europa para preparar condiciones logísticas y establecer contactos a su futura guerrilla.

El capitán rebelde Omar Fernández, entonces viceministro de Industrias, habló con ella solo un par de veces, pero no olvida el perfume suave que usaba, y recuerda que en una ocasión la joven le preguntó cómo era la vida en la Sierra, los zapatos, la ropa que usaban los combatientes... «Ella preguntaba sin mostrar mucho interés. Luego, cuando supe que estaba en Bolivia, entendí todo. Era una mujer llamativa, alta, bella», dice.

Vestía uniforme de miliciana y andaba con una pistola en la cintura. Uno de los instructores que la preparaba para posibles días de lucha armada, Carlos Alberto González, cuenta que él no conocía su identidad ni nacionalidad real, pero como casi siempre iba vestida de ese modo, la alertó de que podría llamar la atención, pues eran muy pocas las extranjeras radicadas en Cuba que lucían así.

«Se lo dije en forma burlona, para que no lo interpretara como una crítica, pero al día siguiente dejó de vestir de miliciana y de portar armas (…). Era muy jovial, muy accesible, sencilla. Le gustaba conversar y preguntaba mucho, pero era muy disciplinada».

En Cuba recibió clases de tiro y explosivos; aprendió a armar y desarmar armas ligeras, soportar caminatas, realizar ejercicios de supervivencia en las montañas y muchas otras tácticas. Su labor requeriría un fuerte adiestramiento militar y de espionaje.

Simpática, hermosa, arriesgada, discreta: una espía ideal. Y por eso Tamara Bunke Bider dejaría de ser la judía que nació en Alemania un noviembre de 1937 para convertirse en Marta Iriarte, Haydée González, Laura Gutiérrez y muchas otras, según el momento más oportuno.

Con delicadeza de flor y temple de guerrera, la muchacha de 27 años, mientras estuvo en Berlín, dominó sus deseos de ir corriendo a ver a sus padres, aun viviendo a unos pasos de su casa. «Si ellos hubieran sabido qué tan cerca estábamos, apenas cientos de metros del lugar donde trabajaban y vivían. Incluso he llegado a ver su edificio», escribía.

Recorrió lugares por los que había pasado cientos de veces disfrazada con un nombre falso, caminó junto a la gente con quien había convivido años y no saludó a ninguno. Escondía un secreto más grande que sus ganas de volver siendo ella.

Como agente secreto debía aliarse a la calma y esperar, ser objetiva cada segundo y actuar con rapidez, pero no pocas horas se le inflamaron de soledad y miedo.

Cambiaba de hotel con regularidad y, mientras esperaba nuevas instrucciones, vivía pendiente a un aparato portátil que la dejaba escuchar noticias de la Isla a través de Radio Habana Cuba. Cuando su fase de «formación» concluyó en Europa, el Che la citó otra vez en el Ministerio de Industrias. Ya estaba lista para viajar a Bolivia.

La única flor de la guerrilla

Cientos de días pasó escuchando cintas con cantos folclóricos brasileños, argentinos, tangos… Y esa distracción le abrió las puertas de la tierra de aimaras y guaraníes. Como Laura Gutiérrez Bauer, una etnóloga interesada por el folclor, entró a Bolivia. Lo hizo a través de Perú y cruzó la frontera caminando.

Con su gracia y aplomo, se mezcló con las figuras de la alta cultura y política bolivianas, incluso llegó hasta Gonzalo López Muñoz, jefe de la Dirección Nacional de Información de la Presidencia de la República, amigo personal del presidente-general René Barrientos.

El 20 de diciembre de 1966 el Che anotó en su diario la designación de «Tania» como parte de la red de apoyo urbano. Cuatro días más tarde se entrevistó con ella y le dio la misión de contactar con revolucionarios en Argentina. Sería esa la última vez que ella visitaría el país de su infancia.

Ya en marzo de 1967 volvió al campamento guerrillero para guiar a tres combatientes y, en su afán de llevarlos hasta la base operativa del Movimiento de Liberación, incumplió la indicación del Che de mantenerse alejada de los revolucionarios. La delación de dos desertores hicieron imposible que regresara a La Paz y, sin proponérselo, obtuvo lo que más quería: ser una guerrillera más.

Explica José Castillo Chávez, Paco, único sobreviviente de la Retaguardia a la que pertenecía Tania desde el 16 de abril, que más de una vez ella quedó sola con una ametralladora 30, encargada de defender el campamento, y se oponía a cualquier privilegio por ser mujer.

Ella, la lucha y el río grande

Era la tarde del jueves 31 de agosto de 1967 y las aguas del Río Grande amenazaban con llevarse todo. Tamara, con su mochila a la espalda, en el hombro una ametralladora M1, pantalón de camuflaje, una blusa a rayas verdes y blancas, botas un poco grandes para sus pies… Fue la penúltima de la columna al mando de Joaquín, Juan Vitalio Acuña, que entró al fiero cauce del río.

Avanzaba entre Paco y Joaquín. Tenía el agua casi a la cadera cuando sonaron los primeros disparos. Alzó los brazos e intentó disparar su carabina, pero le hirieron en un pulmón y su cuerpo fue arrastrado por la corriente.

El Negro, José Restituto Cabrera Flores, médico peruano a quien el Che encargara su cuidado, nadó desesperadamente hasta que la alcanzó, pero ya Tania, la Tamara que encantó a Alicia, la muchacha que tocaba el acordeón y caminó por Cuba como una miliciana más, había muerto.

Siete días después la encontraron en la orilla del río. Cuentan que unas religiosas pidieron sus restos para vestirlos y darles cristiana sepultura, que hasta el cementerio de Valle Grande la escoltaron soldados, y que el mismo presidente Barrientos, quien la había conocido en recepciones oficiales, llegó a donde yacía la bella joven de 29 años que burló a todos los servicios de inteligencia.

Pasaron años; y a las diez de la mañana del sábado 19 de septiembre de 1998, dos cubanos, el ingeniero geofísico Noel Pérez y el arqueólogo Roberto Rodríguez, hallaron la fosa donde la enterraron. La certeza científica de que era ella se tuvo a las 5:30 de la tarde del lunes 21 de septiembre, luego del riguroso estudio antropológico forense de Héctor Soto, también especialista de la Isla.

A 50 años de su muerte, aún hay manos que llenan de flores el sitio donde encontraron su cuerpo y miradas tristes ante su lugar de reposo junto a Ernesto Guevara y otros compañeros de lucha como Juan Vitalio Acuña. Allí, una cartera azul y un gorro claro que le pertenecieran, acercan más a la única mujer de la guerrilla del Che.

Tamara se volvió leyenda en Cuba y en Vallegrande. La muchacha hermosa de ojos casi chinos y muchos nombres, enamorada de la música del Sur y la libertad, no dejó su vida en las aguas del río boliviano, la repartió hecha luz por Sudamérica.

Bibliografía consultada:

Estrada Lescaille, Ulises, 2005. Tania la guerrillera y la epopeya suramericana del Che. Editorial Ocean Press.

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