La edad y la «verdad verdadera»

Existen miles de formas de describir la esencia de las cosas. No obstante, creo que esta vez no hay que rebuscar mucho en los axiomas lingüísticos

Autor:

JAPE

Si el rey de las frases, el inmenso receptor de los Yankees, Yogi Berra, hubiera conocido a mi amiga Lidia Marín, se hubiera quitado el sombrero (o la gorra de pelotero) ante la autenticidad y carisma criollo de esta señora. Yogi es autor de infinidad de expresiones, a veces absurdas, pero siempre simpáticas, como esa de «¡Esto no se acaba hasta que se acaba!». Lidia también ha acuñado muchos términos, pero el más popular de su cosecha, el que encierra toda la fuerza filosófica del lenguaje, sin que la Real Academia de la Lengua Española pueda negarlo, es ese que siempre dice cuando quiere dar la mayor veracidad posible a un suceso: «la verdad verdadera».

Por supuesto que existen miles de formas de describir la esencia de las cosas. No obstante, creo que esta vez no hay que rebuscar mucho en los axiomas lingüísticos. Con la sentencia de mi colega Lidia es suficiente. Les cuento y verán que tengo razón.

Hace unos pocos días me encuentro con un viejo amigo, que ya ronda las seis décadas de edad. Me reservaré su nombre por respeto y porque no quiero delatarlo ante sus posibles admiradoras. Este socio, llamémosle Fortachón, es un individuo que toda la vida practicó deportes y conserva una estructura física envidiable. De hecho, me costó reconocerlo cuando lo vi montado en una bicicleta, estacionado al otro lado de la avenida. Vestía ropa deportiva ajustada, gafas oscuras (al estilo Pedro Navajas) y portaba un móvil (tamaño familiar) «amarrado» al bíceps derecho con sus correspondientes audífonos.

Le grité un par de veces, pero no me escuchó. Debe ser por esos aparaticos incrustados en el tímpano, pensé. Crucé la calle y me paré frente a él. Se alegró al verme y luego del emotivo saludo le comenté:

—Te vas a matar con esa música a to meter. Llevo dos horas gritándote y no me haces caso.

—No, no tengo puesta música. El problema es que no oigo bien, tengo que usar aparaticos para la sordera. No me los pongo porque se ven terribles, y entonces uso los audífonos que es lo que está de moda.

Luego de conversar un rato le propuse que intercambiáramos nuestros números telefónicos para mantenernos en contacto. Con absoluta confianza me entrega su móvil y me dice:

—Escribe tu número aquí que yo no veo esas letricas. Hace rato que tengo que usar espejuelos, pero es que después parezco un viejo con esas armaduras tan «cheas» que hay por ahí.

—Pero es que los espejuelos son una medicina, una necesidad, no se trata de esnobismo, ni de modelar en una pasarela —le dije, y al ver su cara preferí no atosigarlo con el tema.

Realmente me alegró mucho el rencuentro. Luego de la despedida y las promesas de siempre sobre futuras llamadas y reuniones me pidió de manera discreta:

—Jape, antes de irte empújame un poquito la bicicleta para poder arrancar. El problema es que tengo la pierna derecha «entumía» por la circulación, y esta ropa tan apretada me mata.

Cumplí su deseo sin decir palabra… ¿Para qué? Si sabía de antemano lo que me diría: «¡Es que la ropa ancha es cosa de viejos!».

Mientras se alejaba dejé escapar en susurro la frase de mi amiga Lidia como sentencia: «Contra la edad no se puede, esa es la verdad verdadera. Joven ha de ser quien lo quiera ser, no quien lo pretenda».

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