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La última travesía

La pequeña embarcación de recreo en la que vinieron los 82 jóvenes que juraron ser libres o mártires en 1956, fue ocupada por la dictadura luego del desembarco y custodiada por ella hasta 1959. Quince años después de la victoria del 1ro. de enero tuvo un singular recorrido

Autores:

Yuniel Labacena Romero
Aileen Infante Vigil-Escalera

«Si me ayudan subo», exclamó con brillo en los ojos ante el asombro de quienes lo vimos auxiliarse de su bastón para recorrer y palpar nuevamente la embarcación que, asegura, le cambió la vida hace 62 años. Hasta quiso volver a abordarla, pero al ver que muchos insistían en que no lo hiciera por su avanzada edad, complicaciones de salud y lo que implicaba subir unas escaleras muy altas, respondió: «Si es una orden no lo hago; pero vine con ese deseo y el de poder volver a pararme al lado de la puerta de la cabina, pues ahí fue donde hice todo el viaje en 1956».

Carlos Bermúdez Rodríguez tenía 23 agostos cuando accedió por vez primera y sin dificultad a la cubierta del yate Granma, anclado en la ribera del río Tuxpan en la oscura y lluviosa noche del 25 de noviembre de 1956. Entonces su actitud revolucionaria y la lozanía de sus años le permitieron sobreponerse a las peripecias de la travesía que inició silenciosamente, con las luces apagadas y un solo motor funcionando.

Aun hoy, con 85 años, no recuerda haber realizado un viaje tan difícil en toda su vida, nos dice frente al histórico yate, ubicado en el Memorial Granma, en el área exterior del Museo de la Revolución, a donde, ahora, llegó acompañado de Amada Gómez Valle, su esposa, o como diría ella: su secretaria. Pero si ese, el de 1956, fue un momento muy emocionante para él, navegar nuevamente en el yate es otro instante que jamás olvida, porque esa idea siempre lo  acompañó.

Quince años después de la victoria del 1ro. de Enero su sueño se haría realidad de una forma muy sorprendente. «El 2 de enero de 1974, después de la conmemoración por el 15to. aniversario del triunfo de la Revolución, Fidel nos convocó a los expedicionarios sobrevivientes a un acto que se celebraría en la zona conocida como La Puntilla, en la desembocadura del río Almendares.

«No sabíamos de qué se trataba aquella invitación. Al llegar todos comenzamos a abrazarnos y a recodar anécdotas. Poco después se abrieron ante nosotros unos portones enormes tras los cuales nos esperaba el yate. Aquel día daría su último viaje y nosotros volveríamos a ser sus tripulantes», evoca.

De la ceremonia, que duró apenas siete minutos —desde que llegó el Comandante en Jefe a las 12:50, hasta que se soltaron los cabos de popa y proa del Granma a las 12:57 de la tarde—, cuenta que lo primero fue entonar las notas del Himno Nacional y poco después pasar lista a los combatientes expedicionarios caídos a lo largo de la lucha revolucionaria.

«Luego del toque de silencio característico de este tipo de ceremonias solemnes, el Granma —construido en 1943 en Estados Unidos— comenzó su última travesía. En todo el trayecto conversamos  unos con otros mientras cada cual se ubicaba en el lugar en que vino y más de una vez volvía la pregunta: ¿Cómo fue posible venir tantos hombres aquí dentro? Fidel compartía con todos e inquiría sobre nuestra salud, atenciones, qué estábamos haciendo en ese momento.

«Fue algo maravilloso, fue emotivo  ver también que a lo largo de todo el litoral habanero miles de personas se dieron cita para saludar el hecho, quizá sin imaginar que los expedicionarios de 1956 éramos los tripulantes de ahora. Así fue hasta llegar a la Base de Reparaciones Granma (BRG) de la Marina de Guerra Revolucionaria (MGR), donde atracó. Allí volvió el abrazo, el saludo, el agradecimiento, la despedida…».

Una hora de navegación

De esa singular travesía dan testimonio las páginas de este diario en su edición del 3 de enero de 1974. Las instantáneas publicadas muestran a Fidel, Raúl, y varios compañeros más al frente del viaje. También a Bermúdez Rodríguez y sus amigos de lucha como testigos de la izada de la bandera de Carlos Manuel de Céspedes en la proa y la cubana en la popa. En el mástil de la nave se izó la que identificaba la presencia del Comandante en Jefe a bordo.

La reseña del momento, por su parte, explica que a la altura del Hotel Riviera, cuatro unidades de superficie de la MGR se constituyeron en escolta de honor de la histórica embarcación hasta su arribo al puerto. Y que mientras eso ocurría, desde la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña y unidades de superficie de la MGR se dispararon salvas de artillería, una escuadrilla de aviosnes Mig de la Fuerza Aérea Revolucionaria sobrevoló el litoral escoltando el yate.

Una hora de navegación después, a las dos de la tarde, el Granma y sus tripulantes arribaron a su destino: la BRG —hoy Empresa Militar Industrial Granma—, donde especialistas soviéticos y cubanos se encargaron de preparar la nave para su traslado hacia el Museo de la Revolución, nos dice el capitán de fragata de la reserva Lázaro Gerardo Martínez Armenteros, quien tuvo el privilegio de acompañar la última travesía del Granma a bordo de una de las unidades de superficie que lo custodió hasta su entrada a la bahía habanera.

Él no tuvo, como Bermúdez Rodríguez, la posibilidad de navegar a bordo del yate Granma, pero desde que en 2001 fuera designado para la atención de la emblemática embarcación, ha estudiado profundamente su historia.

Por él supimos que tras su desembarco el yate fue ocupado por las unidades navales de la dictadura y conducido a la Bahía de La Habana, donde lo confiscaron como prueba del «delito» cometido por Fidel y sus hombres. En ese sitio permaneció hasta el final de la Guerra de Liberación y la entrada de Fidel y la Caravana de la Libertad a La Habana, el 8 de enero de 1959. Los diarios de la época dan fe de cómo el líder de los rebeldes se detuvo ante el Granma, que entonces se encontraba anclado en el muelle internacional de la rada habanera, subió a bordo, saludó a sus tripulantes e incluso se colocó por primera vez un gorro de marinero.

Después de eso —explica Martínez Armenteros—, la embarcación se nacionalizó y durante 15 años fue fielmente custodiada por Norberto Collado Abreu, su timonel durante la travesía desde Tuxpan hasta Las Coloradas. Asimismo, en ocasiones especiales hacía recorridos por el río Almendares llevando como tripulación a quienes acudían hasta el lugar para encontrarse con la historia.

Donde está toda la historia

Desde hace 42 años el Granma entró a la urna que hoy lo protege. Ello ocurrió finalmente el 14 de noviembre de 1976, a pocos días de conmemorarse el 20mo.  aniversario del desembarco de sus expedicionarios por Las Coloradas. De esa travesía, Martínez Armenteros recuerda que fue realizada por tierra y tampoco fue ignorada por los capitalinos que ocuparon calles y aceras para ver pasar al precursor de la última etapa de luchas del pueblo cubano.

El encargado de velar por su conservación hasta el 2 de abril de 2008, fue el propio Norberto Collado Abreu. En esa fecha y hasta 2017, cuando pasó a manos del técnico en mantenimiento Eddy Isaac Gafa Pérez, esta responsabilidad fue asumida por Martínez Armenteros.

Este conocedor de la historia del yate explicó que el Memorial —inaugurado el 2 de diciembre de 1976—, ocupa la manzana donde antiguamente se ubicaba el parque Zayas, y que por su diseño y significación es un monumento arquitectónico conmemorativo. Estructuralmente, la obra diseñada por el arquitecto Eduardo Lozada León —también diseñó los mausoleos de Segundo Frente y Tercer Frente— se compone de columnas de hormigón y está cubierta con vigas metálicas rematadas con losa de hormigón.

«Las altas columnas sostienen una cubierta de forma hexagonal con un falso techo reticulado con láminas de plástico que aluden a las típicas palmas de la campiña cubana», apunta, a la vez que agrega que el proyecto surgió como resultado de un concurso convocado en marzo de 1973 por el Instituto de Proyectos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y se ejecutó en diez meses —del 14 de febrero al 1ro. de diciembre de 1976— por la Empresa de Construcciones Militares de las FAR y la Empresa Militar Industrial Granma.

Desde su inauguración, jóvenes oficiales de las FAR, con más o menos la edad de quienes en 1956 abordaron el Granma en busca de un sueño, escoltan celosamente el Memorial. «Es un honor y un compromiso», dice la granmense Maylen Pérez Rodríguez, suboficial especialista de Protección, con más de cinco años en esta misión.

«Integrar este grupo de jóvenes protegiendo el yate, que es parte de la historia del país, ha sido una de las cosas más grandes que me ha pasado en la vida. Son muchos los que pasan por el Memorial y se interesan por la historia de este sitio», asegura la joven, quien afirma que llegar cada tres horas a ese sitio —pues así es el relevo— «inspira y fortalece».

Esos mismos sentimientos los comparte el primer suboficial Yusmany González Roque, también especialista de Protección. Él, quien lleva 20 años en esta misión, asegura que al llegar a su puesto de guardia y ver el yate es como si fuera navegando hacia el futuro. «Ahora son millones los expedicionarios. Este es el mismo yate en que Fidel, hace dos años, decidió viajar a la inmortalidad. No podía ser de otra manera. Entonces, nosotros los jóvenes, continuidad de la Revolución, tenemos que asegurar que nadie la destruya, como nos han enseñado los expedicionarios del Granma».

Por eso, el espacio que ocupa actualmente el emblemático yate fue especialmente diseñado para simular que continúa en movimiento, para que a los ojos de quienes lo observan desde las pasarelas ubicadas a ambos lados de la urna de cristal, parezca que el barco se encuentra en el agua, dispuesto a continuar proa al futuro, si hiciera falta, con la guía de Fidel.

Como él mismo expresó en la clausura del 3er. Congreso del Partido, en 1986: «Ya no se trata de un puñado de hombres en un pequeño yate, más repleto de ideas que de armas, sino de una nave inmensa y sólida que ninguna ola, ningún viento, ninguna tempestad será capaz de hacer naufragar, cargada esta vez de muchos sueños hechos realidades y de muchas realidades que son sueños todavía por hacer, donde un pueblo entero navega hacia el futuro y de nuevo desembarca sabiendo que si delante hay montañas de dificultades y obstáculos, si un pérfido enemigo acecha, como premio a su tesón, su confianza en sí mismo y sus esfuerzos, muchos Primero de Enero le esperan».

 

Confesiones de un expedicionario

Foto: Abel Rojas Barallobre

Para Carlos Bermúdez Rodríguez, natural de Placetas, ningún paso que ha tenido que dar Cuba ha sido fácil, pero el del desembarco del yate Granma, en particular, fue muy duro. Fueron Armando Hart, Faustino Pérez y Pedro Miret quienes decidieron que él viajara a tierra azteca para unirse al grupo de jóvenes que habían jurado ser libres o mártires.

«En enero de 1956 me entregaron el pasaporte y salí en marzo para Veracruz por el puerto de La Habana, en el barco Francisco Manasí. Así comenzó todo. Al paso de los años, yo también me he preguntado cómo logramos acomodarnos 82 hombres en el reducido espacio de aquel yate de recreo. Solo por convicciones.

«Estoy casi seguro de que fui el último en montar, porque ayudé a zafar la soga que lo sostenía al muelle improvisado. Íbamos unos encima de los otros, pero felices de poder cumplir nuestro sueño», afirma satisfecho, a la vez que recuerda no haber sufrido las náuseas o vómitos que afectaron a algunos expedicionarios. Sí sintió la expectativa por el futuro que anhelaban para Cuba, el amor patrio que los unió desde el primer instante, y la convicción que nunca flaqueó, ni en los momentos más duros.

También rememora que a cinco días de zarpar de Tuxpan, el ambiente en la cabina de mando se tornó tenso porque aún no se divisaba la Isla, a pesar de los cálculos realizados. «Desde mi ubicación podía apreciar la preocupación de quienes tenían a su cargo conducir el Granma a las costas cubanas. Fue entonces cuando escuché una discusión entre Onelio Pino, capitán del yate, y Roberto Roque. La causa era porque uno decía que se divisaba el faro y el otro lo negaba.

«Ante esta situación Roque se subió al techo, se partió el palo del que se sujetaba y cayó al agua. Me hice la idea de que se había ahogado. Para mí no era lógico recoger a un hombre arriesgando la vida del resto. Ahí fue cuando Fidel nos demostró que se podía luchar con él, pues no abandonaba a nadie. Fidel rescató a Roque, rescató a un pueblo, aunque se haya retrasado la llegada de la expedición».

El desembarco, sin embargo, fue para este octogenario combatiente el instante más tenso de todo el recorrido. Mientras su grupo —el liderado por Juan Almeida Bosque— se alejaba de la embarcación en la que pasaron los últimos siete días, el quedó enterrado hasta el pecho en el fango y no pudo continuar sin auxilio.

Fue entonces cuando Luis Crespo Cabrera «el Guajiro Crespo» le alcanzó una rama para que se sujetara y saliera del fango. El intento dio resultado, pero como consecuencia del tirón se le dilataron los tendones de la cadera, lo que le impidió mantener el ritmo de sus compañeros al andar.

Así lo supo Fidel días después del combate de Alegría de Pío cuando, gracias a la ayuda de los campesinos de la zona, se reunió con el grupo de Bermúdez Rodríguez. «En ese momento el líder de los expedicionarios me explicó la necesidad de viajar a La Habana a recuperarme y desde allí, de conjunto con el Movimiento clandestino, apoyar las acciones de la Sierra».

Muy a su pesar, «porque el sueño de todo expedicionario era llegar a Cuba, alcanzar la Sierra Maestra y combatir desde ella hasta triunfar en el país», Bermúdez Rodríguez formó parte activa de la clandestinidad hasta el triunfo revolucionario del 1ro. de Enero de 1959. Luego cumplió no pocas tareas en nombre de la Revolución, y es un hombre convencido de que ahora y siempre «el Granma navega con los jóvenes por Cuba y para Cuba hacia el porvenir».

Celosamente custodiado en el Memorial que lleva su nombre, el Granma conserva el mobiliario original usado por los expedicionarios en 1956. Fotos: Abel Rojas Barallobre

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