Tu segunda persona

El autor de cuatro libros publicados habla de la importancia de redescubrir a José Martí en todas sus dimensiones

Autor:

Juventud Rebelde

Vasily M.P. siempre me recuerda a una caja china, tan misteriosas, con tantos compartimientos secretos, con resortes y trucos, como un verdadero universo en miniatura. Claro, no se ha demostrado que las cajas chinas tengan alma o corazón; pero Vasily sí. Por eso, el resorte con el que siempre hay éxito a la hora de acceder a este joven escritor avileño, narrador y editor de Ediciones Ávila, es precisamente tocarle el corazón. Debe ser por eso que cuando le pregunté al desgaire, y a propósito de sus cuatro libros publicados, cómo se mueve dentro de su literatura en la fina cuerda que divide a la realidad y a la realidad otra, no rehusó afirmar:

«De mi vida miserable, solo uno o dos sucesos puedo salvar por acertados. Y soy feliz al hacerlo. Con ellos logro levantarme cada día, mirarme al espejo y escribir. Reconozco que, de no tener esa angustia, sería un Hombre como cualquier otro y no necesitaría escapar de mi propia realidad cuando escribo. Me gusta jugar a que mis personajes viven en el mundo que yo mismo prefiero. En ese mundo soy completamente feliz, o soy especial, que quizá sea lo mismo. Así creo que, como todos los Hombres, busco otros paraísos perdidos o me los invento. Claro que con la completa seguridad de que existen, aunque también nos están vedados. Solo me queda, entonces, esperar a que un día, por magia de la locura o por la locura de la magia, logre salvar los límites y entrar o salir de esos mundos hasta que, otro día, ya no pueda hacerlo más y tenga que quedarme en uno de ellos, resignadamente y con la voluntad de seguir viviendo. Sé que la historia de la filosofía me comprende, sé que la realidad, de tan vasta, se hace incomprensible. Sé que el mundo es sueño y que somos las figuras de ese sueño. Comprendo, también, que no estamos solos y que todas las teorías o las doctrinas son posibles en la medida que los individuos crean en ellas. Todos los conceptos, en consecuencia, son verdaderos. Yo existo en todos los planos, en todas las dimensiones. Ahora mismo existo entre estas líneas y no pueden verme. Después nos encontramos y hablo de esto mismo pero con otro tono, con otras palabras, y aunque lo duden, sigo siendo el mismo, o sea, yo. De eso se trata la realidad otra. Todo es fuga. Por suerte, los porqué nunca explican nada».

Creo que a Vasily lo persiguen o se persigue él mismo y lo acosan algunos mitos de la literatura que no solo están presentes en su obra sino también en su vida.

«Me persiguen. Soy obsesivo hasta con las obsesiones. Mis amigos lo saben. Borges, la melancolía; la fuga y el karma; la muerte, la filosofía y el tiempo; Martí. Me persiguen. Mientras trato de cambiarlos por otras piezas, ellos vuelven y ocupan sus escaques milagrosos. A mí solo me queda resignarme a seguir las leyes del universo y a dejarme mover. A veces me burlo de ellos para después arrepentirme y caer, rendido, a sus pies. En ocasiones, termino por obviarlos y después descubro que el obviado fui yo y me deprimo. Hace tiempo quise quedarme ciego y usar bastones de madera; casi siempre quiero ser más viejo de lo que soy para ser sabio y hablar con parsimonia. Otras veces, me parece que estoy a punto de inventar una máquina del tiempo para poder viajar adonde quiera y así huir de mis angustias. Aunque entienda a priori la realidad de la muerte, no deja de asustarme la idea de que un día mis amigos no podrán tenerme y ya no podré hacer nada para alegrarlos. Hay otras cosas que me persiguen y contra las que no he podido intentar nada: lavarme las manos continuamente, adelantarme al pensamiento de los otros y hasta pensar por ellos, dormir bien o no dormir en mucho tiempo, ser tímido y tartamudo, la insatisfacción de no ser músico. Gracias a esas cosas estoy vivo. Lo sé y puedo escribir lo que escribo».

En una asamblea de balance de la Asociación Hermanos Saíz en Ciego de Ávila, Vasily dijo algo que logró conmoverme sobre José Martí, el más grande de todos los cubanos, y un viaje que emprendió un grupo de escritores por su ruta: «Por la ruta de Martí, cambió mi vida». Y es que a veces entristece constatar que la vida de algunos que ya han muerto —al menos físicamente—, es pasada por alto, o lo que es peor, tratada a la ligera cuando en esa raya que comúnmente se coloca entre dos fechas —la del nacimiento y la de la muerte—, no es un signo tipográfico, sino toda una existencia de pesares, pasiones, caídas y renaceres.

«Siento pánico por los cambios, pero, a la vez, puedo adaptarme a los nuevos sucesos con increíble facilidad porque nada del mundo real me hace falta para estar vivo. Martí creía que el hombre es por lo que él mismo cree que es y porque su existencia depende de cuánta conciencia tenga de sí mismo. Y creo en ello. Pero antes de emprender junto a otros amigos, la gira por “La ruta de Martí”, no tenía conciencia de mí mismo ni estaba a tono con el mundo creado por Martí para escapar de su realidad inmediata. Antes de la gira conocía solo la poesía completa del Apóstol, quien había ingresado en la masonería en 1871, en Zaragoza. En una logia llamada Armonía ocupaba el cargo de Orador, perteneciente al grado número 30; había leído algún que otro artículo escrito por él y nada más.

Ser integrante de la gira fue el aperitivo. En la medida que visitaba los lugares casi sagrados, me fui dando cuenta de cuán ignorante era, de cuánto tiempo había perdido en mi vida y quise salir de ese agujero. Todavía estoy saliendo. Para eso me leí la biografía de Mañach y de Quesada de Arostegui, los epistolarios, las cartas a Gómez y varios artículos más que ya me han dado una visión mucho más completa de mi ignorancia y de Martí. Los cuadernos de apuntes me han dejado boquiabierto. He descubierto en ellos muchas anotaciones sobre filosofía que ignoraba, descubrí a figuras como Balmes, Emerson y sobre todo, escritos cortos de Martí que nunca creí posibles. Incluso con el Destinario José Martí, me hice una idea más global del Apóstol y estoy escribiendo una “Apología en defensa de Carmen Zayas-Bazán”.

«Pero sobre todo, me he enfrentado a una cosa descomunal, estoy ante un laberinto creciente que abarca todos los tiempos y que nunca, nunca, ahora lo sé, voy a salir de él. Porque Martí es una referencia cruzada, empiezas a leerlo a él y sigues ramificando la lectura con otras lecturas que él mismo te obliga a hacer. Es decir, por más que avance en la lectura, más me adentro en el laberinto y menos cerca me encuentro de la salida. Es como El libro de arena, de Borges. Nunca hay una página inicial, nunca una última. Mi vida estará signada por esa lectura y es otra obsesión más. Pero placentera. No quiero un hilo de Ariadna. No quiero salir nunca. Soy feliz rodeado por estas lecturas. Y me hago Hombre, más humano. Agradezco al creador de ese laberinto que ya es mi casa y mi Omega, mi entierro y mi efecto».

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