El abogado de la mafia en Cuba

Rafael García Bango (Rafa), quien fuera representante legal de Santo Trafficante en la Isla, recién murió. Una escritora cubana penetró en su turbio pasado y lo convirtió en coautor de un libro que narra su vida Fragmento de Rafa, el desordenado

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Su memoria, que daba chispazos infalibles, terminó por matarlo. No porque lo atormentaran los desfalcos, las pateaduras, las encerronas de su tiempo como abogado de la mafia en Cuba, sino por recordar un simple par de espejuelos que se le había quedado en el lugar donde compraba ron.

Estaba borracho, es cierto. Llevaba borracho varios de sus 74 años. Tal vez para olvidar la vida simplona de cada día, lejos de los naipes y las modelos, los hoteles de lujo y los fajos de dólares. Pero si no hubiera vuelto a cruzar la Quinta Avenida, al menos habrían sobrevivido un poco más los secretos y nostalgias de aquel mundo terriblemente encantador donde él fue un envidiado.

Rafa, el hombre que Santo Trafficante consideró como un hijo en la Isla, fue atropellado recientemente por un auto. Nada tenía ya. Nada dejaba. Excepto un puñado de asombrosos recuerdos que una escritora salvó para nuestra curiosidad.

Un reino prohibido

«Cuando Rafa me citó por primera vez, dijo: “¿Viene preparada?, ¿trae material?”. “Sí, le respondí, tengo bolígrafo y hojas”. “No, no, yo digo material... ron, cigarros”. Comencé a tantear:

«—Tiene que ser muy interesante el mundo de la mafia...

«—Sí, yo fui abogado de Santo Trafficante.

«—¿Y por qué no me cuenta?

«—Porque no me da la gana.

«A los pocos días lo llamé para leerle lo que había escrito.

«—Bueno, ¿va a hablarme de su vida?...

«—Si me dan muchos dólares...».

Celima Bernal, la gestora de este diálogo, tiene un afán sorprendente de crear mundos. Se pasa la vida explorando las combinaciones del idioma, entre diccionarios, libros de historia, tomos de poesía; arma para sus nietos —y para todos los niños— idilios de letra impresa; y pregunta, pregunta, pregunta. Por esta última cualidad, aunque ella no quiera reconocerlo, le surge una vena de periodista impenitente, de terca investigadora.

Así accedió a los recuerdos de una vieja iyalosha cubana y conformó un volumen aún inédito; entró en las historias de Cartucho —un personaje singular— y escribió otra sustanciosa novela; de esta forma penetró, con las más persistentes llaves, al reino remoto de la mafia en Cuba.

Mediante la voz y la memoria «casi fotográfica» de Rafael García Bango y Dirube, uno de los abogados de Santo Trafficante, Celima desempolvó naipes y ruletas, ajustes de cuenta y traiciones, robos colosales y estremecedores cambios. Desfilaron entre sus conversaciones los Príos y sus desmanes, la música de Frank Sinatra, las mujeres que se vendían en La Habana, los barbudos y su oportuna llegada.

Fueron años escuchando, transcribiendo, y ordenando hechos de una república que se fue. En Rafa, el desordenado (Editorial de Ciencias Sociales, 2006), como advierte Guillermo Cabrera, autor del esencial prólogo, la escritora «echa mano a su larga experiencia (...) para maniobrar de forma tal, que el libro siempre mantiene la intriga. No clasifica en un género definido, no se amarra a compartimentos ni a definiciones; los aprovecha todos para lograr lo más importante: comunicar con los lectores».

—¿Cómo pudo acceder a los recuerdos de alguien tan vinculado con la mafia en Cuba?

El Hotel Nacional, testigo excepcional del mundo de la mafia en Cuba. —Hacía años que yo estaba escribiendo La Habana de Cartucho, un libro basado en conversaciones con un cuasicentenario santero, palero, abakuá, ex proxeneta, y ex sargento político. Comencé a escribir, pero para comprobar lo que decía, fui buscando otros testimonios. Así hice muchísimas entrevistas.

«Uno de los entrevistados, Armando Comesañas, miembro de los grupos gansteriles, integrado después a la Revolución, me recomendó que viera a Manuel Bel Gorgas (el Blaca); y a través de él y de Segundo Curti —ex ministro de Gobernación de los gobiernos de Grau y Prío—, llegué a Rafa.

«Después de aquella primera negativa conversé con Mirtha Muñiz, entonces en la Editorial Ocean Press, para ver qué se le podía ofrecer por el testimonio. Ella le habló sobre la posibilidad de darle mil dólares, y tampoco aceptó.

«Más tarde, con las dos horas de conversación y mis averiguaciones a través de Segundo, el Blaca y otros, redacté lo que después serían esas «Palabras», que introducen el libro, y se las envié por correo. También lo llamé. “Mire que usted es insistente”, fue su respuesta».

—¿Qué pasó finalmente?

—Al tiempo llamó y me dijo: «Bueno, lo he pensado y... sí, venga, que le voy a contar, pero tráigame material». Yo no tenía tras de qué caerme muerta; solamente le llevé los cigarros de mi cuota, y un ron que daban por la libreta de abastecimiento. Ese día comenzamos.

«A las nueve de la mañana él se sentaba frente a mí. Ivette, su esposa, le traía un sandwich, un vaso de ron y una taza de café. Allí estábamos conversando, envueltos en humo —cosa que me desagradaba muchísimo—, hasta las dos de la tarde, hora en que él almorzaba. Además, a esas alturas ya su voz estaba bastante tropelosa por la bebida; pero nunca se contradijo. Yo tomaba notas a topa tolondro, pero curiosamente, siempre recordaba lo que me había dicho.

«Llegaba a casa, pasaba todo a máquina, y se lo llevaba al otro día. En ocasiones me echó; después, intentaba disculparse: “Señora, perdóneme, yo soy un desastre”».

—¿Había algo en especial que lo hiciera desconfiar de usted?

—Su hermano Yoyi le había comentado que yo tenía que ser de Seguridad del Estado, que mi visita estaba muy rara. Así, entre amarguras y tropiezos, estuvimos años conversando. Él allí, en el portal, saludando a sus amigos: «Hello, man!» o jugando con sus nietas, y yo tomando notas, transcribiendo, hilvanando. Era muy difícil tratarlo.

«Un día, desesperada, llamé llorando a un escritor amigo, y le dije: “Te regalo todo. Ordénalo y escríbelo tú”. Se puso a mirarlo y me respondió: “¡Qué va! A esto no hay quién le dé forma, al menos, mientras él viva. Además, es muy complejo porque se habla de mucha gente”. Imagínate, yo no tenía grabadora, no soy mecanógrafa... Aquello era una montaña de material en bruto. Finalmente lo reemprendí, y terminé».

—Rafa no es un héroe, pero después de conocerlo en su relato, a uno le cuesta verlo como el malvado antihéroe...

—Cuando el libro salió, una vecina de mi hermana que era de los oficiales de seguridad que siguieron sus casos en La Habana, dijo: «Siempre estuvimos de acuerdo en que él era muy cubano». Y es cierto.

«Aparte de eso, mostraba una enorme pasión tanto para defender a alguien como para denigrarlo. Decía: “¡Fulano es un caballero!” o “Mengano es un ¡peeeeerrrrro!”. ¡Sentía un amor tan tierno por las nietas!, ¡hablaba de su madre con tanto amor!.

«Fueron muchos años oyéndolo, soportándole las malcriadeces. Entiendo por qué se comportaba así. Él, que viajó en los mejores trasatlánticos, salió con las más bellas mujeres, tiró miles de dólares en las mesas de juego, y después, como no trabajó lo suficiente, no tenía una pensión alta, y sobrevivía a duras penas.

«En más de 15 años, nos tratamos siempre de “usted”. Por semanas, a veces por meses, estuvo sin hablarme. Entonces llamaba de vez en cuando, con el pretexto de saber la hora, o para que le averiguara el teléfono de alguien. Era como un muchacho».

—¿Cómo manejar un volumen de información tan grande y salir airosa?

—Fue realmente complejo. Hubo muchas cosas que se quedaron, como es obvio, porque me parecieron impublicables. No contra la Revolución, de la que nunca me habló mal. Pero sí, por ejemplo, apologías que hacía de la droga. Eso no lo publicaría por nada.

—El mundo de la mafia, al menos en las películas, tiene un raro encanto. ¿Qué percepción le quedó al respecto?

—Indudablemente que la mafia por fuera parece romántica, y los hombres, atractivos... Pero es, por dentro, un espacio de horror. Me aterraba la naturalidad con que hablaba de un asesinato, de una extorsión, de un chantaje... Resulta algo tan lleno de delitos, de absurdos. Eso, por ejemplo, de pagarle a cualquiera para que le diera una pateadura a alguien...

«Claro, los mafiosos dicen que ellos se vieron obligados a crear la ley. A mí me parece que les sucedió igual que a los paleros; estos tuvieron la necesidad de emplear su sabiduría contra los amos y sus familias en tiempos de la esclavitud».

—Siempre el escritor novela de algún modo la realidad. En este caso sobraban motivos y condiciones para hacerlo. ¿Cuál es el límite en ese sentido?

—No mentir en lo esencial. Por ejemplo: Graciela, una de las mujeres con las que Rafa estuvo, no es un nombre real, ni sus características. Tuve que crearla para no revelar la verdadera identidad de quien vivió con él las circunstancias que se describen. El límite es respetar la verdad; se fabula en los diálogos.

—¿Por qué «desordenado»?

—Porque Trafficante le decía: «Usted es un desordenado, dottore, pero yo lo quiero». Era, de veras, «un desastre», como lo definió Nenita Rodríguez, la hija del dueño de la fábrica Partagás. Yo le facilité, una a una, cuatro copias de la reseña de la revista francesa L’Express donde se mencionaba la relación como de padre e hijo que había entre él y el capo. Las botó todas. Sospecho, incluso, que la copia del libro que le di para que revisara, antes de publicarlo, la haya dado a alguien.

«No leía con orden, ni siquiera su propio testimonio. A veces me llamaba y decía: «Mire lo que encontré... Oiga, pero ¡qué bien me quedó eso!». Y yo reía, porque en ocasiones era uno de esos pequeños pasajes que los autores creamos».

—¿Le confesó algo que Trafficante preparara en contra de la Revolución?

—Cuando yo le preguntaba acerca de estas cosas, me contestaba: «Él no se hubiera atrevido a hablarme de eso. Sabía que yo jugaba con la cadena, pero que jamás me hubiera metido con el mono».

—«Cuénteme de la muerte de Rafa

—El 22 de noviembre del año pasado, alrededor de las 8:30 de la noche, me llamó por teléfono. Hablamos de comidas, del libro... de que él había querido que tuviera un título relacionado con Santo, pero ahora le gustaba mucho el que yo había escogido. Por primera vez, le recomendé que bebiera menos, y me prometió, entre risas, que no me llamaría más cuando estuviera borracho. «Yo no tengo amigos, señora, y usted me escucha y no me ofende».

«Me repitió la frase que tenía por filosofía: “No se puede ser muy bueno, porque la bondad se paga”, y comentó que iría a buscar cigarros. “No salga, Rafa, que usted ha tomado demasiado”, le aconsejé. Y me prometió que no lo haría...

«Pero no fue así: salió, atravesó Quinta Avenida para buscar los cigarros en un lugar donde habitualmente adquiría ron, cerca del cine Miramar, y claro está, también compró bebida. Cuando regresaba a su casa, recordó quizá que había dejado los espejuelos en aquel lugar —eso me contaron—; cruzó de nuevo y un carro de turismo lo atropelló.

—¿Cree que le ocultó muchos secretos?

—Voy a contestarle con palabras de una canción de Sabina: «Calla más de lo que dice; pero dice la verdad». Él siempre me prometió que haríamos una segunda parte: «Lo bueno está guardado para ese, repetía, pero, lo siento por usted, si antes alguien me da dólares, se lo cuento todo, porque, usted sabe, señora, ya yo estoy cumplido».

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