Insólito divertimento de Tarantino

El más reciente filme del destacado realizador, Quentin Tarantino, de estreno en salas de toda Cuba, presenta una de las reflexiones más aguzadas vistas sobre los mecanismos que desatan el terror y el crimen en aquellas y en estas sociedades, antes y ahora, y seguramente mañana

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Joel del Río

Supongo que Bastardos sin gloria, de estreno en salas de toda Cuba, es de esas películas que requiere la intercesión crítica para auxiliar a los espectadores en la cabal comprensión de la propuesta. Y jamás debiera entenderse la afirmación anterior cual manifestación de paternalismo, subestimación de los otros o afán manipulador, es solo que en muchas partes del mundo ha prosperado el malentendido, los despistes, las lecturas aberradas, e incluso los puristas e historiadores escandalizados con este, el más reciente largometraje de Quentin Tarantino.

Prestigiado en los años 90 como uno de los narradores más innovadores e imaginativos de la pantalla grande norteamericana (recordar la auténtica asonada estética que ocasionaron Reservoir Dogs y Pulp Fiction), capaz de quebrar las reglas genéricas impuestas por el Hollywood adocenado y repetitivo, Tarantino estuvo durante más de una década preparando esta superproducción ambientada en Europa durante la II Guerra Mundial, protagonizada por Brad Pitt y la bellísima Diane Kruger, y absolutamente distante de la corrección política que suele alentar al cine histórico convencional.

Antes de seguir avanzando por los laberintos de una película de apariencia sencilla y esencia nada simple, debo aclarar que nunca me conté entre los fanáticos incondicionales de Tarantino. Mientras algunos colegas, cubanos y de otros países, creían haber encontrado al postmoderno sucesor de Orson Welles, a mí me dejaban totalmente impávido sus ordalías de violencia, marginalidad y dudosa ética, aunque en ocasiones me sorprendiera a mí mismo disfrutando de su destreza para contar las mismas historias de siempre con extraordinaria habilidad, su inteligente apropiación del cine clase Z, y ciertos destellos de humor negro y delirante parodia. En su más reciente película (luego del declive que ha tenido últimamente su filmografía, en la cual solo descuella la primera parte de Kill Bill) vuelve el mejor Tarantino, quintaesenciado, y listo a reconquistar apasionados y encontrar nuevos adeptos. Ya demostró todo lo que quería constatar, y ahora disfruta el placer de hacer gran cine, a todos los niveles.

Primera recomendación: jamás solicitarle a Bastardos sin gloria verismo histórico, aunque aparezcan personajes reales (Hitler, Goebbels) y su primer capítulo (se divide en cinco y se titulan Había una vez... en la Francia ocupada, Bastardos sin gloria, Una noche alemana en París, Operación Kino y Venganza del Rostro Gigante) pareciera tomado de la mejor tradición naturalista del cine épico-histórico. En esta primera escena se presenta al nazi protagonista, resumen de los peores y más refinados fanáticos xenófobos que ha dado el cine, quien se dedica a perseguir y asesinar judíos. Una de las muchachas escapa a esta primera masacre ordenada por Hans Landa —al mismo tiempo satirizado con finura e interpretado con los tintes más oscuros del horror por el oscarizable actor austriaco Christoph Waltz— y será ella la verdadera protagonista del posterior drama de suspenso, aventura de acción y espionaje; fantasía histórica que se nos presentará a continuación.

Porque si bien las películas convencionales de fantasía e historia se oponen en esencia (las primeras hablan de lo imposible e irreal, mientras que las históricas recrean en detalle hechos y personajes de comprobada ocurrencia), Tarantino reconcilia los géneros encontrados, y su delirio fabulador avanza sobre personajes y circunstancias verídicas, para colocarlos imaginativamente en medio de circunstancias inventadas, totalmente inciertas. Sin que haya un letrerito que le aclare al lector de qué va el juego. Porque los bastardos del título son presentados desde el segundo capítulo. Son una escuadra de marginales vengativos de diversa nacionalidad, capitaneados por Brad Pitt (Aldo El Apache), quienes se encargan de ¿hacer justicia?, de aplicar la ley del Talión, y cazar a los nazis con la misma saña con que son perseguidos y asesinados en masa los judíos. Desde este segundo capítulo, Tarantino comienza a mostrar sus cartas. Quiere hacer, también, una película entretenida, de acción y aventura, y consumar el remake de un delirante subproducto italiano, realizado por Enzo Castellari en 1978 y que se llamaba, casi igual, The Inglorious Bastards, sin las faltas de ortografía que exhibe orgullosamente el título de Tarantino.

Colgado intertextualmente de varias tradiciones bien diversas, el muy ecléctico cineasta ha reconciliado Casablanca y Los siete samurais; el oeste espagueti en la cuerda de El bueno, el sucio y el malo se funde con la comedia sofisticada de espionaje al estilo de Ser o no ser. Quienes busquen las eruptivas apariciones de la violencia física y la sangre en abundancia, deben saber que Bastardos sin gloria las ofrece también, pero absolutamente mesuradas por el ritmo de una narración imperturbable, aristotélica, que prefiere el suspenso y la verbalización para reciclar el pasado en los tonos de una fábula heroica, que te envuelve en su complicada madeja de espías y atentados, y consigue que el pasado se vuelva tangible mediante la total implicación afectiva del público, a pesar de que nazis y aliados se presenten igual de inmersos en el macabro juego de crímenes y violencia, todos víctimas y victimarios. Hay, por lo menos, cinco o seis secuencias, de esas que emocionan y entusiasman por todas las vías por las que puede hacerlo una película. Son fragmentos que nacieron clásicos, sacudimientos portentosos de cine puro que se quedarán grabados en la mente del espectador, como ese final pantagruélico donde se aplica justicia poética desde la pantalla, y que no cuento porque ningún espectador interesado me lo perdonaría.

Colmada de inteligentes citas cinéfilas, de homenaje a directores alemanes y franceses acaso olvidados (Pabst, Clouzot), Bastardos sin gloria es visualmente gloriosa, histriónicamente impecable, genéricamente paradójica por su alternancia de solemnidad fidedigna y sátira descacharrante, divertidísima reivindicación del poder del cine por encima del espanto de las guerras, del racismo, la sangre derramada y la violencia general. Porque detrás de todo este acontecer retrospectivo, se oculta una de las reflexiones más aguzadas y poderosas vistas últimamente —en el mismo nivel que un Michael Haneke— sobre los mecanismos que desatan el terror y el crimen en aquellas y en estas sociedades, antes y ahora, y seguramente mañana.

No hay que escandalizarse con la puerilidad tarantiniana de que Hitler, y los nazis todos, sean presentados con la guisa farsesca de una película de cuarta categoría. Chaplin ya se burló de la histeria e infinita demencia. La heroicidad de los aliados ha sido elogiada en miles de grandes y pequeñas películas. Desde la soviética Ellos se batieron por la patria hasta la mucho más reciente El rescate del soldado Ryan. Habría que ver, con todo y lo burlesco que puede y quiere ser Tarantino, cuánto respeto y admiración por la heredad cultural francesa propone el autor norteamericano, y cuánto menosprecio y subestimación por la Francia ocupada escondía Spielberg en su épica y solemne reconstrucción de la II Guerra Mundial, vista desde la perspectiva yanqui.

Tarantino quiso caminar, en equilibrio cuidadoso, sobre la endeble cuerda que une la épica y el sarcasmo, el ideal humanista con el humor negro socarrón y sofisticado. Es maravilloso comprobar cómo consiguió traspasar todas las pruebas, vencer los retos, y llegar victorioso al final, y cumplir su cometido de volver a realizar un drama de venganza (como todos sus filmes anteriores) y al mismo tiempo entregarnos una de las mejores películas norteamericanas de 2009. Aunque el Oscar se decida, seguramente, por los azules y melosos ecologismos de Avatar.

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