En marcha la Mostra veneciana, blanco, negro y rojo en la apertura

El festival de Venecia tuvo su bautizo esperado con la alfombra roja del Palacio del Cine dispuesta para el paso de estrellas ataviadas conforme con el estilo de Hollywood. Las puertas se abrieron y se espera que el séptimo arte, desbordada la noche inicial, recupere su papel como arte

Autor:

Juventud Rebelde

El festival de Venecia tuvo su bautizo esperado con la alfombra roja del Palacio del Cine dispuesta para el paso de estrellas ataviadas conforme con el estilo de Hollywood: llamar la atención a toda costa y seducir al público y las cámaras con el pretexto del cine, reseña Prensa Latina.

El séptimo arte como simple trasfondo a favor del espectáculo de oropel, lisonjero.

Como era de imaginar menudeó el esmoquin para los hombres, obligatorio en estos casos -aunque se admiten ciertas irreverencias como un toque exótico-, y trajes deslumbrantes para las mujeres, como el rojo profundo de Natalie Portman, la protagonista de la noche veneciana, cubierto de pedrería y rematado por un escote casi agresivo y una cabellera recogida en "dos caracoles" sobre la nuca.

El toque de irreverencia no lo puso el iconoclasta Quentin Tarantino, presidente del jurado, quien desfiló con el esmoquin de rigor, sino Luca Guadagnino, su colega en los trajines de decidir los Leones que otorga la Mostra, quien apareció con una chaqueta de un rosa fucsia casi delirante.

Portman, protagonista de la cinta de apertura de los días y noches de cine venecianos, se llevó las palmas por su actuación en Black swan (Cisne negro), la película de Darren Aronofsky. Una mirada a la trastienda del mundo del ballet clásico, hilada como un thriller psicológico, cuyo pase previo a la prensa generó reacciones disímiles, sin excluir los abucheos.

La Nina de Portman, autodestructiva, abrió la ronda concursante. En sus manos, hábilmente trenzado, según la crítica, cuajó el personaje que navega entre la disciplina de hierro del ballet clásico, demandante de las posibilidades extremas del cuerpo físico, y sus delirios enfermizos.

Winona Ryder, en el lado polar, como la bailarina en decadencia, saturada de amarguras y frustraciones ante el paso restallante del talento nuevo. Aronofsky explicó que eligió como fuente de inspiración El lago de los cisnes, de Petipa-Ivanov-Chaikovski, para bordar el envés y revés de una artista atormentada.

Pero la Mostra comenzó horas antes de la pasarela nocturna con la proyección fuera de competencia de Machete, del mexicano-estadounidense Robert Rodríguez, una cinta sostenida por la fuerza de sus antihéroes: «latinoamericanos indocumentados, explotados, víctimas del despiadado sistema del narcotráfico en la frontera entre México y Estados Unidos que luchan a su manera contra un sistema injusto, corrupto y malvado».

En el centro de la trama, Machete, un ex policía incorruptible, duro, cuyo apodo da nombre al filme. Lo demás lo pone Rodríguez con su estilo incisivo, provocador, teñido de fuertes ráfagas de humor negro y dosis abundantes de sangre, como es usual en las películas de su autoría.

Según explicó, la cinta nació de un tráiler falso para Grindhourse, el filme que rodó junto a Quentin Tarantino en 2007.

La nave venciana avanzó también con la apertura de la Jornada de Autores y la puesta en pantalla de La vida de los peces, del chileno Matías Bize (Sábado, En la cama), trabajada a partir de la eficacia de los diálogos y una exploración produnda en la psicología de los personajes.

Las puertas se abrieron y se espera que el cine, desbordada la noche inicial, recupere su papel como arte en una Mostra cuyos organizadores parecen encandilados con las luces de artificio de Hollywood.

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