Atrapados por la magia

Cinco jóvenes bailarines conversan con JR sobre su entrega al ballet, recompensada con los roles principales de La magia de la danza, espectáculo que estrenará el Ballet Nacional de Cuba próximamente en la Sala García Lorca, del Gran Teatro de La Habana

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Soñadores empedernidos. Ese es quizá —si descontamos su «perdición» por el ballet—, el rasgo que más tienen en común Yadier, Osiel, Camilo, Alfredo y Arián. Solo que ellos sueñan a diario con los pies calzados en resistentes zapatillas y muy bien plantados en el tabloncillo. Y cuando se permiten imaginar el mañana, no se atormentan armándolo con utopías, pues saben que el éxito siempre viene acompañado de la entrega desmedida, el trabajo constante y las ansias de superación. Saben que eso nunca falla, y lo ponen en práctica sin cejar un segundo.

Por ello ahora andan como flotando en el aire por los pasillos de la sede del Ballet Nacional de Cuba. Y es de felicidad. Ha llegado el momento que han esperado con paciencia, pero sin ponerse a pensar en sacrificios: debutar en algunos de los roles principales de La magia de la danza, tal vez el peldaño más próximo a protagonizar los grandes clásicos de este arte universal.

El acontecimiento tendrá lugar entre el 4 y el 6 de marzo, en que subirá a las tablas de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana este espectáculo que permite apreciar afamadas escenas de obras inmortales del siglo XIX, versionadas por la prima ballerina assoluta Alicia Alonso: Giselle, La bella durmiente del bosque, Cascanueces, Coppelia, Don Quijote y El lago de los cisnes, para cerrar con un fragmento de otra pieza de la directora de la importante compañía danzaria: Sinfonía de Gottschalk.

De esta manera, los balletómanos podrán evaluar el arte de Arián Molina, cuando se estrene en el pas de deux de Giselle, junto a Sadaise Arencibia, quien luego compartirá el protagónico de El lago… con Alfredo Ibáñez. Asimismo, la historia de la campesina que enloquece por amor al príncipe Albrecht y muere, será recreada por Camilo Ramos y Yanier Gómez, como partenaires de Yanela Piñera y Bárbara García, respectivamente. Ambos pondrán sus nervios a prueba cuando vuelvan a tener todos los ojos sobre sí: Ramos en el momento en que quede prendado por la Odette de Viengsay Valdés; y Gómez cuando se convierta en el Caballero del Hada Garapiñada de la García.

Ibáñez posiblemente lo tendrá más «difícil» pues tres serán sus salidas. Y es que, además de El lago…, acompañará a Yanela en La bella… y también a Estheysis Menéndez en Coppelia. Es justamente este último ballet el que unirá por vez primera en la escena a Grettel Morejón y Osiel Gounod.

Había una vez...

Con un año de diferencia, en Matanzas nacieron Arián Molina y Osiel Gounod. Estudiaron en la Escuela Vocacional de Arte primero y luego en la Escuela Nacional de Ballet (ENB), antes de formar parte del Ballet Nacional de Cuba (BNC). Mientras que Molina, de 19 años, supo de este mundo por insistencia de unas vecinas jimaguas que vivían en su mismo edificio en Peñas Altas, Osiel, de 20, entró porque evidentemente su madre deseaba, según contó a JR, que su niño fuera artista. «Ella quería encaminarme hacia la música, pero las plazas eran muy pocas. Así que decidió presentarme en ballet y aquí estoy», relata Osiel.

Arián Molina, por su parte, no conoce cómo llegaron a convencer, sobre todo, al autor de sus días. «Al principio mi mamá prefería dejarme donde estudiaba, y mi papá... bueno, ya usted sabe... Entré a mediados de quinto grado, pero a medida que fue pasando el tiempo me fui contagiando de ese “virus” felizmente incurable que es el ballet, y mis padres tampoco fueron inmunes», asegura este joven que en el 2009 estuvo entre los 15 estudiantes que mostraron el ballet cubano, por vez primera, en Sudáfrica.

En el caso de Camilo Ramos y de Yadier Gómez Noda, de 21 años, fue casi un amor a primera vista. Rosa Elena Álvarez, que impartía un taller de iniciación al ballet en el Teatro Nacional, jugó un papel esencial en sus futuros. Cuenta Yadier: «Recuerdo que en la clase inicial la profesora me puso a improvisar y cuando terminé me felicitó. “Te ves muy bien. ¿No te gustaría estar en el ballet?”. Y no sé por qué me senté en una esquina a llorar, quizá porque sentía un poco de miedo. Sin embargo, al segundo día ya estaba a mis anchas».

Camilo se halla entre aquellos que quedaron prendados definitivamente del ballet cuando descubrieron a Carlos Acosta. «De pequeño me complacía bailar, me divertía, pero mi abuela me llevó a ver a Carlos en Don Quijote. Quedé impactado con sus giros, sus saltos, con su baile todo. Desde ese momento me dije: Eso es lo que quiero hacer y no me detendré hasta conseguirlo».

Al igual que el resto, tanto Camilo como Yadier jamás olvidarán los tres años de intenso aprendizaje en la ENB, donde tuvieron el privilegio de estar en contacto con profesores de primera línea, pero sobre todo con la Quinta Joya del BNC: Ramona de Sáa, «quien nos mostró definitivamente el camino, aseguran. La maestra nos dijo: “Es por aquí, muchachos”. Y ello encerraba disciplinarnos aun más, tomar consciencia de que el mañana se construía a partir de hoy; nos enseñó que había que amar cada acto, cada proyecto que emprendiéramos».

La historia de Alfredo Ibáñez González, sin embargo, es diametralmente opuesta a las de sus colegas. «De niño no me interesó el ballet en lo absoluto. Entré sin quererlo. Somos cuatro hermanos, pero solo una ansiaba bailar en puntas. Fuimos juntos al García Lorca para que hiciera las audiciones. Pero no la escogieron porque estaba pasada de edad. Entonces me preguntaron a mí, pero me negué».

Al final lograron persuadir a Ibáñez, a quien le encanta pintar y la carpintería, y estuvo como un año y medio recibiendo clases pero sin ningún entusiasmo, hasta que jugando al fútbol un día le cayó una portería encima. «Un pie se me fracturó en diez partes de modo que permanecí casi sin caminar un año y un mes, y regresé al GTH como rehabilitación. Y después… bueno, la maestra Clarita me presentó en L y 19 y cuando vine a percatarme ya estaba en la ENB. ¿Habrá sido la “costumbre”? No sé, la cuestión es que el ballet ya es parte inseparable de mi vida. Y entrar en la compañía, hace siete años, fue el puntillazo».

El tiempo es oro

No lo niegan. Yadier, Camilo y Alfredo admiten que el nerviosismo los mantiene con exceso de adrenalina. Los tres no han dejado de ensayar un instante, ni de escuchar con suma atención lo que tienen que decirles sus ensayadoras: desde la Alonso, hasta María Elena Llorente, Svetlana Ballester, Bárbara García, Ana Leyte, Linet González, Mercedes Vergara… Pero ya el viernes toca a la puerta y ellos no hallan el modo de evitar los latigazos que, de vez en cuando, les prepara el corazón. «No es cuestión de inseguridad —afirman al unísono—, es que es inmensa la empresa, pues nos transformaremos en los partenaires de esas mismas grandes figuras que hemos admirado desde que estábamos en la escuela».

Y puestos a hacer confesiones, Yadier admite que no ve Cascanueces como un problema: «mientras estaba en la ENB lo bailé durante dos años y medio, pero... ¿¡Giselle!? Es como si la vida me premiara con lo que más he deseado, mas eso no disminuye su complejidad. Por suerte Barbarita, además de extraordinaria bailarina, es una maestra fabulosa, que te inspira total confianza». Y ese argumento se reitera de boca en boca, y solo cambia el nombre de la estrella.

Yadier vive el orgullo de haber estrenado Muerte de Narciso en el pasado Festival, evento que le deparó no pocas sorpresas. Pero el solo de ocho minutos, enfatiza, lo transformó en la persona más dichosa del planeta, «pues se trataba de estar en contacto directo con Alicia, estudiar junto a la maestra ese personaje, escucharla...». Bueno, también pasó sus apuros el día de la clausura cuando le pidieron que sustituyera a Osiel, quien, por estar lastimado no podía interpretar al bufón de El lago..., y más tarde le esperaban Canto vital y Samsara, de Víctor Ullate. Él también terminó lesionado, pero afirma que valió la pena: «Al final estaba exhausto, adolorido, pero bailé y mucho, que lo es todo para mí, y como si fuera poco, el aplauso caluroso del público...».

Camilo también tuvo sus confidencias para JR: «Por estos días he tenido el honor de «parnear» a Alicia, quien nos está transmitiendo los secretos de El lago…», comenta como en secreto, aunque el brillo de los ojos delata a este joven que se ha impuesto como norma proponerse siempre metas por encima de lo que ha logrado, hasta que ya no le acompañen las fuerzas.

Con un poco de mayor experiencia que Camilo, Alfredo comprende ahora cabalmente lo mucho que le ha ayudado a transitar por los más disímiles roles dentro del cuerpo de baile: desde un soldado hasta el protagónico de El amor brujo que lo unió en escena con la Valdés y ese grande del flamenco nombrado El Pipa.

Molina, por su parte, llega a La magia... con el aval de haber interpretado piezas como Canto vital, Serenata goyesca; de haber sido el Espada de Don Quijote..., mas «es normal que esté supernervioso… Me estreno con Giselle, el clásico por excelencia del BNC... Por eso trabajo, trabajo y trabajo».

Osiel, entre tanto, no se confía ni siquiera del Grand Prix y la medalla de Oro que obtuvo en los concursos internacionales de La Habana y de Beijing, ni de la meritoria plata que consiguió en Varna. «En esta carrera uno nunca se siente cómodo, porque lo que hagas jamás estará perfecto, mas por ello no nos acomodaremos. Por el contrario, hay que trabajar sin desfallecer, sin desanimarse. Cuando te lo propones todo llega. Esta es una profesión muy corta y el tiempo es oro».

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