Cisne negro, incapacitado para el vuelo

Los realizadores de esta película ignoraron todo matiz complejizador y se saltaron toda posibilidad de renovar el punto de vista en torno a una añeja historia

Autor:

Joel del Río

Pocas veces he escrito una crítica de cine con tanta certeza respecto a que las opiniones expresadas serán compartidas por muy pocos de los lectores y espectadores. Más que solicitar la coincidencia de criterios, ofrezco esta vez la participación en mis cavilaciones, sin esperar que logre convencer a alguien sobre mis personales impresiones respecto a Cisne negro, uno de los recientes estrenos del ICAIC, y que probablemente ya esté, o se encuentre a punto de llegar, a las salas de video más cercanas, a los televisores hogareños, y a las computadoras personales.

En Cuba también debe ser un éxito; es posible que fascine a mucha gente, y por ello quise acompañar a los muchos espectadores que la disfruten, o la detesten, porque tal vez, unos y otros, se planteen cuestionamientos similares a estos. (Desde el principio advierto que la lectura de esta crítica puede perjudicarle el placer del suspenso a quienes necesiten «no saber lo que pasa al final» para disfrutar una película)

Aupada en los círculos cinéfilos por el prestigio del director Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño y El luchador conforman un aval formidable en cualquier filmografía), y catapultada a un sitial de prestigio en la historia del cine gracias al Oscar que le entregaron hace unas cuantas semanas a Natalie Portman, Cisne negro nos llega aureolada por el aplauso y los estremecimientos que provoca la angustia infinita de la protagonista en su empeño, llevado al delirio, de interpretar a la perfección el papel del Cisne negro. Entonces, uno se sienta a verla (a mí me ocurrió así) muy condicionado por el influjo acreditado que pueden ejercer El lago de los cisnes, la música de Chaikovski, y todo ese relumbrón del ballet clásico ruso en versión neoyorquina. Cuando transcurren las primeras escenas todavía estamos ansiosos por disfrutar el novedoso y encumbrado intento de un gran cineasta, y por supuesto pesa la determinación a validar, o no, el esfuerzo infrecuente de Natalie Portman, quien, según se cuenta, además de actuar, hasta bailó «de verdad».

La trama puede funcionarle a muchos espectadores casi hasta el final porque está llena de conflictos psicológicos, medio incomprensibles, o forzados, entre los pocos personajes traídos a cuento, y en el muy limitado espacio donde acontecen. Así que nadie podrá reprocharle al filme que se aburrió viéndolo, y además por momentos sorprende, y en general te mantiene en vilo, aunque moleste ese empeño por convencernos a toda costa de que estamos ante una historia grandiosa. Aunque a uno le cuenten el final, de todos modos funciona, en alguna extraña dimensión, la psicosis de esta joven y perturbada artista, quien olvida toda profesionalidad o distancia crítica y decide que para interpretar al monstruo es preciso convertirse en uno. Como el personaje es solo la creación de una actriz, del director y del guionista, es a ellos a quienes habrá que culpar por sugerir que los creadores perfeccionistas, sobre todo los que se dedican al ballet, están abocados a la locura y al masoquismo.

Y ahí llegamos al punto crucial. Luego que el filme acaba, uno se pregunta de qué iba todo, y no logra encontrar respuestas concluyentes. Presenciamos la creciente neurosis de esta mujer que debe volverse «mala» para interpretar cabalmente al Cisne negro, y en ese camino «a la maldad» solo vemos el saludable reconocimiento de su sensualidad y la incursión en una experiencia de lesbianismo.

A las alturas del siglo XXI, todo ello colinda con la mojigatería redomada. Ni siquiera los creadores del ballet, hace más de un siglo, obedecieron a tanto reduccionismo ético. Estamos de acuerdo en que el personaje del Cisne negro representa a la mujer fatal, la vampiresa, pero la elucidación que verifica el filme sobre su perversidad es pedestre, simplificadora, y peor que todo, ingenua, habida cuenta de las decenas de versiones sobre esta historia que prefieren interpretar el clásico ballet cual presentación de dos versiones plausibles de la feminidad: una vulnerable y delicada, la otra, agresiva y temeraria. Pero los hacedores de Cisne negro ignoraron todo matiz complejizador y se saltaron toda posibilidad de renovar el punto de vista en torno a una añeja historia.

Luego, también está la prestidigitación de vincular en un pastiche medio desconcertante temáticas acreditadas desde la alta cultura (el ballet clásico, el artista obsesionado con la creación, la doble naturaleza humana) con el estilo expositivo del cine de terror, en la variante que se conoce como body horror, es decir, aquella que expone en morbosos detalles las horrorosas transformaciones del personaje principal, metamorfosis que develan su esencia bestial, muy en la línea de películas como las innumerables versiones de Doctor Jekyll y mister Hyde o El hombre lobo. En ese sentido también tropezaron intentando un paso demasiado complicado, y la película desilusiona a quienes aman el género de terror, y mucho más desencanta a quienes esperábamos —ilusos que somos— una reflexión introspectiva sobre el artista en trance de mejoramiento.

Habrá que reconocer de una vez por todas que a la Portman le regalaron el Oscar por el esfuerzo de hacerse la que baila. Y gracias al aspaviento bien publicitado, despojaron por cuarta vez a Annette Bening de la estatuilla que, se supone, premia la mejor actriz protagónica. La Bening, en Los chicos están bien, la película por la cual la nominaron, actúa con un dominio tan grande de sus recursos, y de su capacidad para el tono farsesco, desde la más acrisolada sinceridad, que parece un insulto a la inteligencia entregarle el premio a Natalie Portman, una actriz talentosa, es cierto, pero también muy joven, y con amplias posibilidades de superar esta rendición llorosa y asustadiza, de ceños fruncidos y caritas de constipado que nos entrega en Cisne negro. ¿Pero quién dijo que el Oscar va a manos de quien lo merece? La joven actriz supo promocionarse mejor entre sus colegas votantes de la Academia, y está en ello intensivamente desde hace por lo menos seis meses, cuando el filme pasó por el Festival de Toronto.

En tanto la película completa se erige sobre las habilidades de la actriz para interpretar la locura gradual de esta mujer, y su frenesí aplicado al ballet, quedaba que por milagro del cielo y del talento (el desempeño de una bailarina profesional toma al menos diez o quince años de duro trabajo) ella fuera capaz de bailar ballet. Y he ahí otra de las decepciones mayúsculas. No hace falta ser especialista para percatarse. Basta con haber visto con cierta regularidad el programa La danza eterna para entender que la Portman va de simulacro, convenientemente ayudado por la edición (el corte oportuno) y la fotografía (encuadre que muestra solo una parte de la supuesta bailarina). En aquel programa de televisión hemos apreciado auténticos cisnes negros, y blancos, por el portentoso movimiento de brazos y piernas, en interpretaciones consumadas, cuenten o no con la bendición de Hollywood. ¿Será que estoy evaluando con demasiado rigor a la actriz haciendo de bailarina, o tal vez sea solo sentido de la justicia cuando ella misma se declaró ignorante y arrogante, en el momento en que pensó interpretar el papel, y luego terminó perdonándose los errores y diciendo a todo el mundo que sí, que había bailado muchísimo?

Al igual que la película, en su confusa y utilitaria combinación de cine artístico y de terror, también Natalie Portman medio que actuó y medio que bailó, sin que lograra un desempeño notable en ninguno de los dos sentidos. Conste que Cisne negro puede ser considerada, en muchos aspectos, una buena película, sobre todo en cuanto a las ya mencionadas edición (Andrew Weisblum) y fotografía (Matthew Libatique), ambas nominadas al Oscar, y encargadas de conferirle a la película un empaque grandioso, que excede con mucho su anécdota efectista y a ratos ridícula (aquel tercer acto de la función crucial, en plena metamorfosis avícola, es de un gusto más que dudoso, aparte de ser inocua para cualquier espectador con más de diez años). En fin, que si uno se olvida de todo lo que sabe, de todo lo que ha visto, de cómo se hace cine profundo y encaminado a reflexionar, o simplemente buenas películas dedicadas a exponer el lado horroroso de nuestra naturaleza, puede que le complazca este intento anómalo de vuelo, de danza, de miedo.

Radiografía de una película

El cisne negro es el quinto largometraje del director estadounidense Darren Aronofsky. La cinta, con un reparto conformado por actores como Natalie Portman, Mila Kunis, Winona Ryder, Vincent Cassel y Barbara Hershey, contó con un guión a cargo de Mark Herman y del propio director.

La película fue nominada en cinco categorías a los Premios Oscar: mejor película, mejor director, mejor montaje, mejor fotografía y mejor actriz protagónica. Se alzó como ganadora del lauro en el último apartado, donde la triunfadora fue la actriz Natalie Portman.

Con fotografía de Matthew Libatique y música de Clint Mansell, el filme también se apoderó de los premios Spirit, que se entregan a películas independientes, al conseguir cuatro galardones: mejor película, mejor director (Darren Aronofsky), mejor actriz (Natalie Portman) y mejor fotografía (Matthew Libatique).

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