Siluetas de la ciudad…

La vocación de un joven pintor cubano es tan firme como auténtica, y sus obras parecen destinadas a horadar el presente de los relojes para instalarse en la eternidad

Autor:

Toni Piñera

Desde los inicios siempre fue original. No quería, ni podía parecerse a nadie. Rastreaba en sus adentros creativos, jugaba con las formas, colores, hechos, y de esa experimentación-búsqueda fue creciendo lo que es hoy una obra acabada. Y lo que se debe subrayar es que el artista (Pinar del Río, 1971), bien formado en nuestras escuelas de arte —entre 1983 y 1996 cruzó por la de su ciudad natal, la ENA y el ISA— , en todo momento de su agitada vida se nos muestra como cabal pintor.

La ciudad y el hombre, la fotografía, el tiempo, el diseño espacial, la imaginación, el paisaje, la lluvia o la neblina, el talento y hasta la energía constituyen «ingredientes» que, reunidos, ofrecen la visión de la obra de un destacado joven creador cubano: Luis Enrique Camejo.

Una pequeña, pero bien balanceada colección de piezas (acrílicos y óleo sobre lienzo, y aguadas sobre cartulina), realizadas en los últimos años, se agrupan ahora —con la curaduría de Sergio López—, en la galería del Palacio de Lombillo (Plaza de la Catedral), bajo el título de Once pinturas en La Habana, proyecto expositivo que tiene lugar a propósito de la presentación del volumen XIII, no. 3 de la revista Opus Habana, editada por la Oficina del Historiador de la Ciudad.

El color como coprotagonista

En la muestra nos entrega su visión, las «siluetas» de ciudades, espacios y gentes que han pasado ante su vista por los distintos lugares por donde ha viajado, pero, sobre todo, de La Habana nuestra. En ellas Camejo refleja, con esa manera suya de trabajar, el hoy reproducido en el constante ir y venir de la ciudad, y mucho más. Porque su obra se ve a través de un «lente» personal, con sus desenfoques incluidos, que dialogan con el color, el cual el creador suma de forma precisa, mesurada y orgánicamente. Los tonos comportan una gramática del espacio. La figura es constructiva pero en una ocasión tiene corporeidad tal que introduce como otra dimensión. Modelo firme, fantasmal. Allí está integrada a la pintura. Y hasta podemos encontrarnos en el recorrido con algún sentimiento transparentado en las tonalidades que por momentos protagonizan las piezas. Es su manera de decir, sin palabras... Azules, morados, sepias, grises..., ya que ha sido una impronta dejada en su quehacer pictórico en cualquiera de las técnicas utilizadas sobre las disímiles superficies abordadas por él.

Un color, quizá entremezclado con blanco o grises, sobresale en su paleta monocroma que aumenta el efecto de lo que quiere entregar, para que el espectador capte inmediatamente la palabra precisa en ese aglomerado de formas, líneas y manchas, tan rápido como en un flash, bajo cualquier circunstancia. Manera esta original de regalarnos las piezas en esta colección donde corren series como Malecón, Panamá, Zurich, Shenzhen (China)..., otras que no tienen título, y las que lo llevan por aquello de ponerle un apellido, aunque llevan muy fuerte su huella (nombre): Luis Enrique Camejo. En cuanto a la escena, puede estar despojada de la figura humana o esta ser llevada a su mínima presencia, dejando entonces al color y las siluetas citadinas, al tiempo, la gestualidad del pincel..., el rol principal. En cambio el espacio está cargado de señales e iconos que solo son pinturas, como resolviendo gráficamente el dilema plástico. Pura pintura con lugares de luminosidad total, con colores que no se ensucian, mientras el formato es envolvente, estableciendo un vínculo casi físico con el espectador.

En el paseo por el paisaje (propio) del creador, el espectador podrá encontrar mil y una calles, esas que un día cruzaron por su camino o por la mente, de ahí ese movimiento entre figuración/abstracción también recurrente en su quehacer, donde se vislumbra un universo poético que redimensiona la realidad, al lograr crear una atmósfera, por momentos lírica, sobre las secretas relaciones del hombre y su entorno cotidiano. Es vida, teatro, realidad e irrealidad, porque lo observamos (el paisaje) a través de su prisma, como él quiere  o como él mismo lo capta, impresionando nuestros sentidos.

Sin magia, su pintura nos hace hasta sentir frío, humedad, calor…

Y las licencias que Camejo se permite en su trabajo son las que se puede permitir un buen poeta que domina su medio. En ningún instante chocan como algo ilícito ante la retina de quien lo observe: por el contrario, nos cuesta imaginar cómo esas fuertes afirmaciones visuales podrían haber surgido de otra forma. Y estamos seguros de que no estamos solos al prestar nuestra adhesión al arte de Luis Enrique Camejo.

Especialistas y críticos cubanos y de los países donde ha mostrado sus piezas, en Europa, Estados Unidos, Asia…, le han acordado cálidos elogios, que son más que bien merecidos. Se acepta la crítica como un acto celebratorio, capaz de contagiar el entusiasmo que ciertas obras producen en quien la ejerce. No podemos olvidar entonces que entusiasmo viene del griego y alude a la posesión del dios Zeus… Creo que la vocación del artista es tan firme como auténtica, y sus piezas están destinadas a horadar el presente de los relojes para instalarse en la eternidad. Si ello es posible, se debe en un primerísimo lugar a la intensidad del sentimiento en que no solamente ha desempeñado su papel el amor a sus ancestros, sino también su condición de cubano empapado en la atmósfera de nuestra ciudad y del pueblo.

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