Los premios Lucas y la exaltación del deseo

Este año se pusieron de manifiesto mayores niveles de variedad estética, imaginación y diversidad de estrategias narrativas en los videos nominados

Autor:

Joel del Río

Un paréntesis de jolgorio, hedonismo y juvenil efervescencia, entre los tópicos apacibles y otras habitualidades del audiovisual y de la música cubana, constituyen los premios Lucas, que a pesar del enconado menosprecio de algunos recalcitrantes, constituyen hoy por hoy el más efectivo sistema de premio, estímulo a la creatividad, vínculo real entre el público y los creadores, contacto dinámico y progresista entre lo genuinamente popular, lo vernáculo, un sector de la vanguardia audiovisual, y los más idóneos y flamantes vehículos para promocionar nuestros valores musicales. Para demostrarlo, están las recientes ediciones de los premios, incluida la de este año, cuyos ganadores acabaremos de conocer este domingo.

A juzgar por los nominados al mejor video, porque los nombres de los triunfadores escapaban a mi conocimiento a la hora de escribir este artículo, este año se pusieron de manifiesto mayores niveles de variedad estética, imaginación y diversidad de estrategias narrativas. Se evidencian notables cotas de habilidad y agudeza a la hora de insertar, o no, al intérprete en el mundo surrealista, fantástico o realista-citadino que los videos promueven. Para suerte de los espectadores, el panorama se ha refrescado considerablemente, y disminuyen, por los menos en la lista de los videos más reconocidos y nominados, aquellos aferrados a los dos grandes lugares comunes predominantes durante muchísimo tiempo: de un lado, el solar, la marginalidad, cierto regusto documental en la penuria material; y en las antípodas, los espacios turísticos y «glamorizados» del hotel, el carro lujoso, el club nocturno, la pista de baile y la mansión ostentosa.

Frío, de Joseph Ross, para Raúl Torres; Carnaval, de Joseph Cahill y Raúl Paz para este último; Mambo Congrí, de Alfredo Ureta, para Rita del Prado y el dúo Karma; Angry Boy, de Alejandro Pérez para las Sexto Sentido, y Reverse, de X Alfonso para sí mismo, se cuentan entre las obras más redondas, sugestivas y evocadoras del video musical cubano, y por eso dominan las nominaciones en cuanto a dirección, producción, fotografía, edición, dirección de arte y efectos especiales. Para sostener la coherencia más elemental, y evitar que derivemos a las discordancias de otros premios, es de suponer que los videos con mayor número de nominaciones por especialidades aparezcan también en las categorías de mejor video del año y en los renglones dedicados a sus respectivos géneros musicales, es decir, Frío y Carnaval, en pop rock, Angry Boy y Reverse en Fusión, y Mambo Congrí en Infantil.

De todo ello se infiere, con buenas razones, que este año los géneros musicales preferidos por los realizadores, técnicos y creadores más arriesgados, innovadores, profesionales y conocedores del medio han sido el pop rock y la fusión. En el primero de estos dos acápites clasifican también algunos videos muy notables que se acogen al principio de la ambigüedad como principio rector de la ansiedad y del deseo, como Mi televisor, de y para Nassiry Lugo, con ese protagonista torturado por las tentaciones del rectángulo luminoso; la sublimación popera que representa Chico malo, de Ernesto Fundora para Ilsa, y el romanticismo de complicadísima hechura, y pasado por agua, que representa La estación, de Ismar Rodríguez, para Adrián Berazaín.

En cuanto a la fusión, a las obras creadas para Sexto Sentido y X Alfonso, se añaden las que se concibieron pensando en Buena Fe (Mamífero nacional colinda con el videoarte mediante el enaltecimiento del dibujo y la animación, el grafismo intencionado, y del diseño asociado a la caricatura), mientras que Gente, de nuevo con Raúl Paz, y codirigido por el intérprete y el director de fotografía Luis Najmias jr., prescinde saludablemente de la imagen del cantante, y abreva en los códigos del gran musical clásico norteamericano para exaltar muchas de las cosas que nos identifican mundialmente: cierto sentido de la belleza, de la sensualidad, el ritmo, la luz, el baile, las calles de La Habana Vieja...

Habría que reconocer que, en general, el video musical cubano, independientemente de sus obras más complejas y reformadoras, está arribando a las mismas temáticas y motivos que reitera hasta el cansancio la llamada publicidad aspiracional (Mi televisor pone en letra, música e imagen las propuestas de este tipo de videos) que incentivan en el espectador el deseo por conseguir, disfrutar y exhibir tales cuerpos, peinados, ropa, carros, celulares, buen sexo y mucho dinero... Habría que contar cuántos de estos musicales brevísimos promueven una especie de neomachismo mal disfrazado, y presentan a uno o varios cantantes que se insinúan y se contonean cual irresistibles objetos del deseo, y aluden sin ningún pudor a su potencia sexual avasalladora, y describen en las letras de las canciones su infinita capacidad para proporcionar plenitud sexual y rendir con su poderío a su pareja erótica, quien por lo regular no sabe lo que es el sexo hasta que afortunadamente encontró a su adorable Narciso.

Desde los tiempos de Elvis Presley, Marilyn Monroe y Los Beatles, pero sobre todo luego de los años 60, con sus trascendentales y emancipadoras sublevaciones en los órdenes social, político y sexual, la música pop internacional ha coqueteado con el erotismo, y casi todas las décadas y países presentan catálogos de cantantes, hombres y mujeres, cuya imagen se afianza a partir del llamado sex appeal, y de sugerencias más o menos sensuales tanto en su proyección escénica como en la letra de sus canciones. Mi generación —a la que seguramente pertenecen también los padres de cualquiera de estos jóvenes que hoy repiten los estribillos escandalosos, y se retuercen al ritmo del reguetón— creció adorando expresiones exaltadas de la experiencia sexual a través de fragmentos poético-musicales memorables, que me callo para eludir el lugar común del vejete sancionador y censurador de los más jóvenes a nombre de un pasado cultural glorioso.

Todo cambia y se modifica, incluso las concepciones de lo que es correcto, tolerable o excesivo respecto a las alusiones sexuales de una canción. Me parece erróneo juzgar el presente desde consideraciones éticas y estéticas de hace 20 o 30 años. Los niños y jóvenes de hoy tienen un acceso mucho más fluido, temprano y natural a los temas que antes se consideraban de exclusiva consideración por parte de los adultos. Y todo ello debiera estar claro para quienes deciden en los medios de comunicación la suerte, el destino final, y los valores o contravalores que portan las canciones, los videos musicales y otras obras audiovisuales.

Comprendo los argumentos, y hasta comparto las opiniones de quienes piensan que la letra de El Chupi Chupi es grosera, escabrosa e inconveniente. Entiendo a quienes quieren proteger a sus hijos de ese alarde de sexo oral y ceremonial sadomasoquista, que el texto ilustra impúdicamente. Y conste que no estoy juzgando ninguna práctica sexual sino su exhibicionismo. Puedo incluso entender a quienes les molesta en el oído la jerga y la rima forzada con que la canción lesiona las normas más elementales del lenguaje. Pero desconocer que ese tipo de propuesta tiene seguidores dentro de la sociedad no me parece recomendable.

Pienso que «la crisis» de El Chupi Chupi deberá encontrar una salida cuando se establezcan mejores mecanismos para conocer a cabalidad, y evaluar, los gustos de los televidentes, cuando se razone y se dialogue en torno a los límites que imponen la cordura, la civilidad y la moral de los espacios públicos. Habría que encuestar, registrar el impacto real de este tipo de productos, buscar alguna vía para que encuentren un público apto y dispuesto a disfrutarlo o denostarlo, o a bailarlo sin ponerle demasiado asunto a la letra. Pero este tipo de videos, de reguetón o de cualquier otro género musical, debiera también encontrar un espacio de confrontación con un público capaz de discernir su utilidad y alcance.

Pienso que es inútil tratar de evitar que el deseo y la sensualidad se expresen musicalmente. Y también es inaudito pretender que todos estemos obligados a compartir los desafueros erótico-verbales de algunos cantantes de moda. Pero los Lucas están por encima de todo ello. Su importancia cultural trasciende la discusión en torno a las virtudes o defectos de este o aquel video.

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