Rudos anegados y redimidos

El cine norteamericano de 2012 difícilmente contenga una película de ficción tan hermosa, poética, visceral y conmovedora como Beasts of the Southern Wild o Bestias del sur salvaje

Autor:

Joel del Río

Ya se sabe. El Oscar favoreció este año las aventuras místicas de un adolescente náufrago en 3D mediante La vida de Pi, la grandilocuencia historicista de Lincoln, el suspense del thriller político propagandístico de la CIA a lo Argo, o el musical en tono mayor que es Los Miserables. En medio de todo ello, el cine norteamericano de 2012 difícilmente contenga una película de ficción tan hermosa, poética, visceral y conmovedora como Beasts of the Southern Wild o Bestias del sur salvaje, un título significativo dentro de una tendencia reciente a exhibir la miseria material, las catástrofes morales y la desigualdad de oportunidades que aqueja a los descendientes de los primeros pobladores afronorteamericanos.

El debut en la dirección de Benh Zeitlin se las arregla para colocar al público justo a la altura de los ojos y la imaginación de una niña, negra y sureña, en los momentos previos y posteriores al paso de una tormenta arrasadora por su pobre comarca, tal vez en indirecta alusión al desastre del huracán Katrina en Nueva Orleans, aunque el filme se desmarca de alusiones políticas directas o de una crítica evidente a las negligencias estatales.

El director y guionista más bien se consagra a elogiar el sentido del mundo y la gigantesca capacidad para enfrentar el miedo y la derrota de la esforzada, valiente y curiosa Hushpuppy, que así se llama la criatura.

A través de su percepción, que por supuesto combina realidad y fantasía, miedos y certezas, el espectador atestigua no solo la catástrofe, sino también el abandono y la incertidumbre, las explosiones de alegría y la derrota sin paliativos, el crecimiento moral y espiritual de un ser humano decidido a enfrentar el fin del mundo y su cabal reedificación.

Cuando me refería a los elementos fantásticos que permean aquí y allá la película, estaba aludiendo a los toques de cuento de hadas, combinados con moralejas sobre el maltrato del medio ambiente y los excesos de la civilización. Me refería también al torrente de subjetividad y a los toques surrealistas que inundan una película en cierto sentido parecida a la memorable El laberinto del fauno o a la más reciente Blancanieves. Al igual que en las dos películas españolas, donde se reconciliaban fantasía e historia real, Bestias del sur salvaje propone un cauce realista, incluso naturalista y de rudo contacto con la realidad, junto con una fábula de muchacha guerrera, capaz de vencer los miedos, la destrucción y la muerte.

Por medio de esa escena final casi épica, cuando las bestias mitológicas mencionadas en el título se inclinan ante su majestad el Ser-humano-capaz-de-vencer-el-pavor, se representa, sobre todo, la más lírica recreación de la inocencia, y de lo que pueden llegar a significar, en tanto amuletos protectores, los conceptos de hogar, familia e instinto de supervivencia.

Desde un realismo casi documental, en original aleación con elementos de antigua fábula y mito fundador, el debutante director y guionista nos entrega la película más disfrutablemente asombrosa del cine norteamericano reciente, laureada con el Grand Jury Prize en el festival de Sundance en 2012, y nominada a varios de los premios más significativos de Norteamérica.

Unas cuantas líneas más arriba hago mención, efectivamente, a un adjetivo que parece prohibido para el cine contemporáneo, y sobre todo para su crítica: original. Son tantos los voceros y adoradores de la muerte del autor, el fin de la historia y la entronización de la intertextualidad (cita, homenaje, copia, referencia) que cuesta trabajo aplicar, a cualquier película posterior a la década de los años 70, la etiqueta de única en su tipo.

Si bien tampoco se trata de que Bestias del sur salvaje deba ser considerada mejor que Citizen Kane o Vértigo, sin discusión estamos ante uno de esos filmes extraños que nos devuelve el placer inexplicable de apreciar una gran película, comprenderla, y disfrutarla.

Amén de que la historia deja una serie de cabos sueltos y por momentos el verismo de la anécdota entra en crisis (fundamentalmente en el segmento del burdel y el ¿onírico? encuentro con la madre) debido, sobre todo, al empeño del guionista y director por colocar en circunstancias extremas a esta niña, y a su padre alcohólico, con el fin de que descubran las verdades eternas que constituyen el verdadero tema de la película, Bestias del sur salvaje desafía 20 o 30 de las principales convenciones impuestas por el Hollywood clásico, se concentra en la epifanía de la visualidad y en cierto sentido estético muy singular, exalta la alegría de vivir más allá de los grandes polos de consumo, confort y clase media alta, y presenta, por lo menos, sendas actuaciones tan fuera de serie, que uno apenas puede creérselas.

La actriz que interpreta a la protagonista se llama Quvenzhane Wallis y es la más joven nominada al Oscar en toda la historia del premio. Su padre volátil y violento está encarnado por Dwight Henry. Ambos parecen formar parte, en la vida real, de una comunidad bastante pobre y cercana al mar, en la sureña Louisiana, tal y como ocurría con los niños y los padres en Ladrones de bicicleta, en algunas viejas películas soviéticas y otras, más recientes, dirigidas por Abbas Kiarostami u otros directores iraníes.

Los verdaderos núcleos temáticos de Bestias del sur salvaje se asientan en la relación filial, en su fuerza inspiradora y emotiva y en el coraje con que ambos seres se enfrentan a la desventura.

Con propósitos tan edificantes como los expuestos hasta aquí, la película fácilmente pudo derivar hacia la prédica didáctica y aburridora acerca de la terrible acción de la industria sobre el medio ambiente, o sobre la riqueza moral de quienes se las arreglan para vivir, incluso satisfechos, con muy poco, en los límites de la pobreza. Ambos preceptos se asoman a la trama, pero solo en el subtexto, porque esta es una película para quienes necesiten una chispa de confianza en el espíritu humano, y en su capacidad para sobrevivir todas las inundaciones.

Si usted no cree en nada de ello, absténgase de verla, porque a lo mejor hasta le cambia la vida. Quizá apenas ocurra el milagro de robar su imaginación y su inteligencia hasta un recreado con detalles fascinantes. Incluso con ese pequeño, ordinario milagro, bastaría para considerarla una gran película.

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