Tatuaje en el futuro de un cometa - Cultura

Tatuaje en el futuro de un cometa

Lo primero que salta a la vista en el filme de Hilton Lacerda es la fidelidad en la reconstrucción epocal, pero es evidente que al director le interesa reflejar la represión de la dictadura brasileña en un segundo plano y se enfoca sobre todo en los costados humano y artístico

Autor:

Frank Padrón

Debut como realizador del guionista Hilton Lacerda (Amarillo mango, Baile perfumado…), Tatuaje se ubica en Recife, Pernambuco, en tiempos de dictadura para Brasil, a pesar de lo cual eran al menos tolerados el travestismo y el teatro experimental, si bien este último se hacía sobre todo en los mismos locales (bares pequeños) donde se desarrollaba la otra manifestación, más ligera y dirigida —como se sabe— al entretenimiento puro y la sensualidad (aunque, dicho sea de paso, con buen gusto y solidez cultural).

Basado en historias y personas reales, el protagonista, Clecio, líder del grupo teatral Chao de estrelas, es un trasunto del teatrólogo argentino Tulio Carela, quien se radicó en Brasil durante los años 60, mientras la propia compañía está inspirada en la tropa anárquica Vivencial, que existió en la segunda mitad de los 70, tiempo que más o menos coincide con los sucesos del filme (fines de esa década).

Lo primero que salta a la vista es la fidelidad en la reconstrucción epocal, pero es evidente que a Lacerda le interesa reflejar la represión de la dictadura en un segundo plano, gravitando sobre la historia, que focaliza sobre todo los costados humano y artístico: la relación entre Clecio y el recluta Fininha, que pone en crisis lo que el director artístico lleva con otro personaje, Paulete, a la vez que introduce cierto ruido en el sistema y quiebra un tanto la armonía del grupo, que sospecha en el joven amante un espía de los militares.

Por otra parte, se representan con vivacidad contagiosa la vida de las boates, el mundo en claroscuro de los incipientes clubs gays —para lo cual realiza un papel decisivo la fotografía—, la joie de vivre (la alegría de vivir) cotidiana con la que no podía totalitarismo alguno y el teatro de vanguardia, que a su manera iconoclasta fue subversivo y contestatario sobre los desmanes gubernamentales.

Existe cierto desnivel narrativo entre la primera parte (quizá con cierto exceso de música que retarda un tanto la irrupción de los conflictos) y el resto del metraje, donde el relato adquiere su tono y nivel, pero de cualquier manera estamos ante un elevado momento dentro de la competencia, más allá incluso de la categoría donde se inserta. Las actuaciones también apuntan favorablemente a los premios Corales, empezando por Irandhir Santos (Clecio) y Rodrigo García (Paulete).

Y hablando de ellas, excepcional resulta el desempeño de Alberto Trujillo en Halley, representando el empleado de un gimnasio mexicano que sufre una enfermedad degenerativa en la piel.

Se trata de otra ópera prima que se debe tener muy en cuenta aunque apenas hay anécdota en este filme donde el principiante Sebastián Hoffmann consigue una amarrada ambientación, para lo cual se apoya en una sugestiva banda sonora, sobre todo por cierta música sicodélica que diseña la atmósfera opresiva y cargante. Un filme que evita la morbosidad y el regodeo en el desagradable asunto que bordea para erigirse en un caso humano, de los muchos desgarradores que tiene la vida: la dificultad de comunicación y mucho más de relación afectiva del protagonista resultan una tragedia mayor aun que la propia patología, enfocada aquí con una terrible naturalidad: la impotencia, la tragedia que late agazapada en la prisión somática en forma de enfermedad siniestra e incontrolable, apuntan a la fragilidad y brevedad de la vida, metaforizada en ese cometa que orbita alrededor del Sol cada 75 años, el único de ciclo corto visto desde la Tierra, y que encierra en su paso el de cualquier vida humana, con su auge y decadencia, aunque en no pocos casos —como el que informa la película— es aún menor.

Ensayo contundente y sugerente, Halley es «carne de Coral», como Tatuaje, rival poderoso.

Todo lo contrario ocurre con El futuro, coproducción entre Chile e Italia que compite en largos de ficción. La egresada de nuestra Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio, Alicia Scherson (Play) es la directora, la cual se basó en Una novelita lumpen, de Roberto Bolaño, para seguir a Bianca y Tomás, hermanos que viven en Roma y pierden a sus padres en un accidente, por lo cual deben enfrentar solos la vida. Dos amigotes del joven procedentes de un gimnasio se instalan en la casa, lo cual introduce a ambos en un mundo soterrado y peligroso. La aparición de Macice, un viejo ex actor italiano, desempeñará un papel clave en todo ello. La cinta promete más de lo que realmente ofrece. La primera media hora es sugestiva e inquietante, pero a medida que avanza la trama se va desinflando. En un intento por complejizar la historia, el guión de la propia directora pone comentarios de Bianca —quien narra la historia— en lo que dentro del medio se nombra in y off, recurso que no dudo funcione en la fuente literaria, pero que en el cine se torna molesto, sobre todo porque responde en el fondo a una filosofía de almanaque, pese a su disfraz de agudeza.

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