...Y de rumba pa’ trova y tres

Convertirme en maestro me ha ayudado a rescatar más la humildad, la tolerancia, la nobleza, me ha dado la capacidad de entender y de no imponer, asegura Jorge Iván Martín, voz, guitarra y director del proyecto Lechuga Fresk

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

«Lo que sale controla lo que entra», dice convencido Jorge Iván Martín, el director de Lechuga Fresk, el mismo que se inició en la música creyendo que la percusión sería su amor eterno y se descubrió «engañándola» con el tres primero y con la trova después. Este joven le asegura a JR  sentirse afortunado por ser un enamorado enfermizo de la música y que le ha correspondido, mas no deja de agradecer a quienes le pusieron la «piedra».

«Sin el apoyo de mis padres, mis profesores, mis amigos... sin la entrega de ellos, no hubiera sido posible mi formación musical. Por eso confío en la espiritualidad, en la energía, en el karma, e intento ir por la vida haciendo el bien. Tengo defectos, muchos, pero le tiendo la mano a todo el que pueda, porque me han ayudado mucho», dice este matancero que de niño quedó fascinado con los toques que se encontraba en cada esquina de La Marina y Simpson, cuando los atravesaba para visitar a su familia.

—Si te gustaba tanto la percusión, ¿qué provocó el cambio al tres?

—Cuando cursaba noveno grado en la Escuela Vocacional de Arte de Matanzas se abrió en la provincia el nivel medio y yo quería estudiar en en la Escuela Nacional de Arte (ENA), el gran sueño de todos. Cogí el tres con la intención de hacer doble carrera. Nadie entendía ese cambio tan loco. Admito que al principio el tres no me interesaba tanto, porque de nuestro instrumento nacional la única referencia me la había dado Palmas y cañas.

«Sin embargo, poco a poco me fue seduciendo, hasta que me ganó definitivamente, sobre todo cuando me percaté de que no era un género, sino un instrumento de infinitas posibilidades. Lo descubrí gracias a mi profesor Julio Martínez, quien me fue conduciendo por un camino mágico. De pronto comencé a sentir una sensación un poco rara, porque la percusión me seguía gustando, pero el tres ya se estaba imponiendo... Conocí enseguida a treseros que podían tocar además guitarra, bajo, que cantaban, componían, arreglaban. La verdad es una: con el tres comencé a comprender mejor la música. Si bien la percusión me ayudaba en la parte rítmica, me faltaba lo melódico, el mundo sonoro de las notas musicales».

—¿Pero conocías de guitarra?

—Nada. Lo conseguí gracias a mi maestro, que buscó la manera. De hecho, todavía me pregunto por qué me dejaron. Imagino que debió haber visto en mí un reto como profesor. Lo más interesante es que se apoyaba en mis conocimientos de percusión para introducirme la técnica. Se agarraba de mis potencialidades como percusionista y a partir de ellas me formaba como tresero. Es cierto que los guitarristas traían eso avanzado, pero no entendían lo rítmico como yo. Es decir que mi profesor utilizó estrategias didácticas que a mí me funcionaron muy bien.

—Todo suena muy sencillo...

—Pero no lo fue. No vayas a creer que me bastó con el aula. Hay que contar lo que llamo «el aprendizaje oculto». Es esencial el tiempo que empleas en tu preparación y autosuperación cuando sales del espacio académico e interactúas, por ejemplo, con treseros empíricos, y los interrogas. A mí me ayudaba el hecho de que soy un atrevido, un «lanzado». Encontré personas que me dieron malas respuestas, pero ni eso me detuvo en mi búsqueda.

—¿En qué momento el tres «bateó» a la percusión?

—Desde el primer año. Me costó aceptarlo, pero fue así. Ahora lo pienso y me da tristeza, porque la percusión me inició en este mundo. La culpa es de los profesores que tuve. Porque no puedo dejar de mencionar al gran maestro Efraín Amador, que fue un puntal para mí, además de Julio, Yarima Blanco Ramos, la actual tresera de Anacaona, y Jean Hernández, quien forma parte de Adalberto Álvarez y su Son. Cada uno tenía herramientas diferentes para impartir sus clases, y con cada uno de ellos reafirmé mi necesidad de continuar mis estudios en el ISA.

—¿Te costó conseguirlo?

—Obtuve buenas notas en las pruebas de ingreso pero fue difícil el proceso de preparación. De cualquier manera, detrás de un sacrifico siempre aparece un resultado, aunque siempre lo más difícil es mantener la carrera como estudiante, esos cinco años intensos que te esperan. Con todo y ello, el ISA resultó un goce, un disfrute total. Lo veo junto a la ENA y los siento como mi hogar. Ahora vivo allí, en la residencia de profesores, mas me parece que cuando tenga mi casa se mantendrán igual de cercanos, porque en ellos pasé mis mejores momentos.

—¿Qué buenos o malos momentos de esa época no olvidarás?

—Las madrugadas. Soy noctámbulo. En esas horas se apoderaba de mí una paz enorme, y me podía conectar con el estudio; me podía concentrar y tener un espacio conmigo mismo. Extraño mucho las madrugadas, ¿sabes? Ahora como tengo varias responsabilidades no puedo disfrutar de ellas, pues me obligo a acostarme temprano.

—¿Fuiste de esos estudiantes de concursos?

—En la ENA me presentaba a las jornadas de jóvenes talentos, en las que seleccionaban estudiantes que luego realizaban conciertos. Luego, en el ISA participé en el Concurso Nacional de Tres y Laúd, en el que obtuve un segundo lugar. También en Musicalia, donde conquisté el único premio que estaba en competencia, mientras el maestro Pancho Amat me otorgó una mención a la Mejor interpretación de la música cubana por una obra mía titulada Momentos.

—Ah, ¿porque compones también?

—La composición llegó también por necesidad. El tres fue el último instrumento que se incorporó a la enseñanza artística, lo cual provoca que no cuente con un amplio repertorio para su estudio. Entonces nos vimos en la necesidad de transcribir para él piezas de otros instrumentos (una habilidad que por suerte hemos desarrollado) y de componer. En lo personal, escribí unas pocas obras (cerca de diez).

«Con la trova fue otra cosa. Con la canción cubana compuse por amor. Siempre me encantó. Ya estaba convencido de que llegaría un instante en el que me enfrentaría a la canción. Para mí resultó esencial la vivencia de estar muy ligado por un tiempo a los trovadores de la Trovuntivitis, de Santa Clara, el movimiento trovadoresco más fuerte con que cuenta Cuba hoy por hoy. Ellos me abrieron un espacio: cantando, tocando el tres, el bajo (me profesionalicé como bajista con Doble Filo, agrupación de hip hop a la que además le hacía la dirección musical)...

«A ellos les agradezco con el alma. Yo creo que la canción me ha permitido llegar a la cúspide del lenguaje musical».

—Bueno, también te profesionalizaste como trovador y tienes un proyecto nombrado Lechuga Frek...

—Realmente Lechuga Frek, que con Pensar en ti, video dirigido por Yadniel Padrón, alcanzó el premio de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en los Lucas de 2015, nació en el ISA. Surgió durante mi primer año de profesor impartiendo Tres y Práctica de conjunto en la universidad — como mismo hago en la Escuela Nacional de Música—, donde me encontré con otros artistas que al igual que yo querían crear un proyecto en el que convergieran la música, la actuación, la danza, las artes visuales..., aunque al final la música se empezó a apoderar de todas nuestras ideas. Y fue espectacular porque de pronto te hallabas a actores cantando y a bailarines cantando, lo cual le daba una lectura escénica un poco más fuerte.

«En este tiempo tuvimos la suerte de que el maestro jazzista Alexis Bosch con frecuencia nos convidara a sus presentaciones, como mismo Arnaldo Rodríguez, Tony Ávila..., hasta que llegó el momento en que Lechuga Fresk, en el que toco la guitarra y canto mis propios temas, se pudo profesionalizar con el apoyo de la AHS.

«Hacemos música alternativa, y acudimos a géneros como el bossa nova, el funky, el reggae, el nengón, el kiribá, la guajira..., a los que le damos un toque más contemporáneo».

—¿Qué satisfacciones te brinda la pedagogía?

—Creo que jamás la podré abandonar. Definitivamente yo aprendo más de mis alumnos que ellos de mí. Cada alumno viene con una visión diferente. Puede existir una técnica una manera de tocar, pero cada individuo posee una condición natural física única, una inteligencia, una sensibilidad muy particular. El hecho de convertirme en maestro me ha ayudado a rescatar más la humildad, la tolerancia, la nobleza, me ha dado la capacidad de entender y de no imponer. A mi crecimiento humano, espiritual, la pedagogía le ha hecho mucho bien.

—¿Cómo consigues hacer tantas cosas si ya no aprovechas las madrugadas?

—No sé, a veces me mata el estrés, al punto de que busco con ahínco alejarme y encerrarme en mi cuarto. Porque son las clases y Lechuga Fresk, además de que toco con el dúo Jade, soy integrante del grupo humorístico Pagola la paga y me hallo en el medio de una maestría: Proceso formativo en la enseñanza de las artes, o sea, Pedagogía musical... Pero cuando estoy dos días inactivo me siento raro, no salgo a comerme el mundo, porque no está en mí.

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