Compro una carretilla - Cultura

Compro una carretilla

«Compro una carretilla», decía en relucientes letras rojas sobre fondo blanco, en un cartón de unos 30 x 40 centímetros.

Autor:

JAPE

No puedo negar que me llamó mucho la atención aquel cartel. «Compro una carretilla», decía en relucientes letras rojas sobre fondo blanco, en un cartón de unos 30 x 40 centímetros. Por supuesto que no se trata del hecho en sí. La Habana y todo el país están llenos de letreros cual si fueran tiendas itinerantes: Vendo esta casa, Vendo televisor plano, Vendo moto eléctrica de batería, Compro refrigerador Haier, Compro Panda, preguntar por Pedroso, Compro lo que sea sin intermediario… en fin, nada en compra y venta me es ajeno. Lo que realmente me extrañó es que el cartel que proclamaba el interés por adquirir una carretilla estaba en la puerta de mi vecino Mario. Un hombre serio, respetable, y que jamás ha entrado en nada de intercambio o mercadería.

Después de muchas interrogantes y suposiciones pensé que lo más lógico era que mi buen amigo, un hombre ya retirado, estuviera pensando en una labor extra, vendiendo frutas y vegetales en una gigantesca carretilla como muchos mercaderes móviles. También confiaba en que mi vecino manejara precios más asequibles que los ya conocidos.

En el primer encuentro en la esquina del barrio quedaron disipadas todas las dudas, aunque a decir verdad han nacido otras.

Mario, con su explícito hablar, me contó que la idea era hacerse de una carretilla mediana, no tan grande como la que yo imaginaba, para resolver un problema que ha ido in crescendo. Todo comenzó cuando, tal como deduje, había tomado un contrato, para no permanecer inactivo en su casa. En dicho centro laboral por suerte había almuerzo, pero no había cubiertos (cuchara y tenedor). La compañera pantrista le anunció que debía traerlos de la casa. Tampoco había vasos, y también lo adicionó a la jabita que lo acompañaba desde su hogar.

No se podía decir que faltaba el agua, porque existía una inmensa nevera que se rellenaba de manera automática todos los días, pero que no se lavaba desde la cuarta glaciación, y porque fue un efecto natural. O sea, que lo más probable es que las amebas, paramecios y otras conocidas especies parásitas, poblaran dicho interior con la misma alegría y desparpajo con la que algunos aparecen en una casa en la playa sin ser invitados.

Un pomo de agua se adicionó a la jabita, que se convirtió en mochila porque un pequeño recipiente no bastaba para todo el día, contando el trayecto de ida y vuelta de dos kilómetros a pie, que lo separaban de su trabajo. Esta distancia es mejor hacerla caminando que ponerse a esperar un ómnibus. Después de todo caminar es salud.

En dicho recorrido había una cafetería que expendía refresco dispensado. No había vasos. Por suerte ya eso lo tenía resuelto, pero para poder llevar a casa un poco del indescifrable y refrescante líquido debió agregar otro pepino. Ya saben, otro pomo plástico reciclable de dos litros.

Como es de suponer, tanto líquido y tanto calor dan fuertes deseos de orinar. En nuestra ciudad en dos kilómetros, ni en 80 kilómetros a la redonda, existen baños públicos, e incluso hay centros de trabajo donde no hay baños. Así que mi vecino agregó al jolongo, que ya se convertía en maletín, un urinario portátil, o sea, un orinal y un rollo de papel por si la micción se complicaba y debía pasar a la variante dos.

Nuestro impredecible e incómodo clima reclama sombrilla, haya sol o esté nublado. De esta manera un antiguo paraguas se adicionó a los implementos necesarios para ir al trabajo, sin contar que el almuerzo empezó a fallar, y como precaución Mario llevaba una cantina térmica con alguna merienda fuerte. A estas alturas ni la jabita, ni la mochila, ni el maletín alcanzan para asegurar un día laboral eficiente. Por esta razón mi vecino quiere comprar una carretilla.

La revista Courrier International, de Francia, recibió el pasado 20 de abril el Prix Relay del año 2017 a la mejor portada, por lograr una fuerza visual y conceptual así como distintiva y eficaz en su comunicación, según el jurado.

Con el título de Apocalypse now, nuestro caricaturista Falco personificó el desconcierto que se apoderó del mundo con el anuncio de la elección del hombre de negocios de Nueva York, Donald Trump, el 9 de noviembre como presidente de Estados Unidos.

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