Los 95 de Núñez Rodríguez

Campante en su 95 cumpleaños, hoy vuelve Enrique Núñez Rodríguez a este diario con páginas transidas de nostalgia y desbordada cubanía para hacernos reír y meditar

Autor:

Ciro Bianchi Ross

Enrique Núñez Rodríguez estaría cumpliendo 95 años este domingo.

Nació en Quemado de Güines, en la región central de la Isla, el 13 de mayo de 1923 y aunque la cifra no miente, bien vale verla en su caso con natural reserva. Porque aún con casi cien años en las costillas, este popularísimo escritor —dramaturgo, narrador, autor de radio y TV, periodista— no sería jamás un veterano ni un viejo, sino una de esa gente, como afirmó el novelista Abel Prieto, que se mantiene «entera hasta la eternidad, como un príncipe de sonrisa adolescente».

Había cumplido los 75 cuando acarició la idea de acometer sus memorias. ¿Tendría a esa edad tiempo para terminarla? ¿Le fallaría antes el corazón, los pulmones? Eran preguntas sin respuestas, pero una premisa quedaba clara para Núñez Rodríguez: «Por más filósofos importantes que uno lea, desde Heráclito a Gramsci, la conclusión viene a ser siempre la misma: la vida es del carajo».

Había vivido mucho y presenciado no pocos cambios. Era numerosa la gente que había conocido. ¿Qué vivencias atraparía en sus memorias? «Del parque de Quemado al Consejo Nacional de la Uneac. De la oración de San Luis Beltrán al ultrasonido y los rayos laser. Del fonógrafo de cuerda al video-casete en colores. Del padrejón al sida. De Miguel Matamoros a Silvio Rodríguez. Del ábaco a la computadora. De Vargas Vila a García Márquez. De la cabellera lacia a la calvicie. De la dentadura blanca y pareja a la prótesis parcial. De la masturbación a la impotencia. Y todo en menos de 50 años. En realidad la vida es corta, pero vale la pena vivirla: ¡se ven tantas cosas! Y puede que hasta te publiquen un libro…».

Las memorias como tal, no llegó Núñez Rodríguez a escribirlas. O para decirlo mejor: las fue dando a conocer, domingo tras domingo, con las crónicas que durante casi 20 años publicó en Juventud Rebelde, y que, consciente de que el destino último del buen periodismo es el libro, compiló en varios volúmenes que el lector no dejaba empolvar en las librerías.

¿Cuál fue el tema de esas crónicas? El tema fue, sencillamente, la vida. Son páginas de recreación autobiográfica, de memoria espejeante, de evocación de hechos y gentes. Visión incisiva del fluir cotidiano.

Peripecias e intimidades del mundo de la farándula. Escritas con desenfado, ajenas a todo tipo de estiramiento, sin pretensiones moralizantes y en las que la risa es, a veces, temblor inesperado y también una puntada a fondo. Núñez Rodríguez, precisa  Abel Prieto, «no se inmiscuyó en cuestiones teóricas; se limitó a recordar y contar y así dejó su aporte a nuestra permanente e incansable definición colectiva y polifónica de “lo cubano”». No pocas de esas crónicas resultan memorables.

Todos los domingos leía, bien temprano en la mañana, su página en este periódico; la releía, me dijo una tarde, hasta 20 veces, pues pocas cosas le producían tanta satisfacción como leerse a sí mismo, y enseguida se ponía a escribir la crónica del domingo siguiente.

Después de haber escrito mucho para la TV, prefirió el periódico porque en la pequeña pantalla el trabajo es colectivo y a veces antagónico, mientras que en la prensa escrita el periodista sale solo a buscar el éxito o la derrota porque no es fácil acreditar una columna y establecer el hábito entre los lectores. Enrique lo consiguió.

Hoy domingo, campante en su 95 cumpleaños, vuelve Enrique Núñez Rodríguez a este diario con páginas transidas de nostalgia y desbordada cubanía para hacernos reír y meditar.

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