Nelson Ponce: «el muchacho que pinta»

Nelson Ponce no puede explicarse muy bien por qué razón cuando le anunciaron que su obra también sería protagonista del Festival Artes de Cuba en el Kennedy Center, no pudo aquilatar de inmediato la repercusión que un acontecimiento de esa magnitud tendría

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Nelson Ponce no puede explicarse muy bien por qué razón cuando le anunciaron que su obra también sería protagonista del Festival Artes de Cuba en el Kennedy Center, no pudo aquilatar de inmediato la repercusión que un acontecimiento de esa magnitud tendría. Sin embargo, «ha sido impresionante el impacto mediático de un evento en el que, junto a otras importantes manifestaciones del arte, se ha reconocido el diseño, y específicamente el cartel, también como un estandarte de la cultura nacional.

«Para mí fue como... ¡wow! Era genial ver a la gran Omara Portuondo cantando y nuestros carteles acompañándola. Satisface formar parte de esa selección de lo más relevante del amplio espectro cultural cubano. Eso me encanta y me sorprende», admite Ponce.

Esta vez en el emblemático espacio de Washington aparece el cartel criollo en dos muestras: «una retrospectiva que reúne los más famosos, inspirados en películas de todos los tiempos, desde principios de la Revolución hasta hoy, donde están nuestros maestros, los clásicos, junto a creaciones más recientes (entre ellas una mía); y la otra donde están las obras concebidas especialmente para la ocasión a partir de la temática del evento. Ahí hay piezas de Raúl Valdés (Raupa), Michelle Millares (Hollands), Edel Morales (Mola), Marwin Sánchez, Claudio Sotolongo... Bueno, y yo también pude clasificar», dice con modestia este habanero que se encontró con el diseño por casualidad.

«Estudié en el pre en el campo Ceiba 7 en pleno período especial, una etapa linda (a esa edad todo lo es) y a la vez muy compleja. Ya para aquel entonces yo era un dibujante compulsivo, “el muchacho que pinta”, como también estaban el deportista (de cierto modo también lo era), “el filtro”, “el consciente”... Un día, un antiguo amigo de la secundaria, quien a su vez era “el muchacho que pinta” de Ceiba 1, me avisó: “Oye, ¿tú no vas a hacer las pruebas para el Instituto de Diseño Industrial (ISDI)?”, y aunque aquella palabra última me sonó fatal, me apunté enseguida para librarme de la beca. Pero cuando llegué al ISDI con un lapicito mocho y una goma de borrar, me quedé pasmado. Me di cuenta de que aquello era exactamente lo que quería ser.

«Fue terrible cuando no escuché mi nombre en la primera eliminatoria; en verdad, desesperante porque veía pasar a otros que creía los superaba en dibujo (fue también una lección de humildad). Quería tanto conseguirlo, que a pesar de mi marcada timidez, me llené de valor para preguntarle si no se habían equivocado. Pero no estaba, tampoco una muchacha de mi pre que igual se había presentado. Me sentía avergonzado por la derrota, a pesar de que todos intentaban alentarme: “Seguro que se equivocaron”, “eso no sirve”, “ahí algo anda mal”, pero era sumamente frustrante, porque no había conseguido la carrera de mis sueños».

—¿Y qué pasó?

—Mijo, un día le llegó una carta a la muchacha de mi pre convocándola, había habido un error. Cuando me enteré me vino el alma al cuerpo, pero cuando llegué a mi casa supe que el cartero no se había asomado por allí. Sin embargo, esa muchacha se preocupó por averiguar si mi nombre se hallaba entre los cinco aprobados, cuyos exámenes se habían traspapelado. ¡Y así era! ¿Te imaginas? Con mi ansiedad había puesto mal mi dirección y la carta la habían enviado a otro lugar. En resumen: hice la segunda parte del examen y quedé entre los diez primeros del escalafón. Después vino la otra batalla, porque entonces se entraba en diseño general para en segundo año dividirse en gráfico o industrial. 

—Por ese «industrial» que tanto te había chocado, ¿no?

—Mira, después le cogí el gusto. Incluso cuando estaba terminando dudé un poco (ahora sencillamente me encanta). Me ayudaron a definir las asignaturas: Cálculo, Resistencia de materiales, Física...

—¿Qué te aportó el ISDI?

—El ISDI fue un punto de giro. Venía de un pre en el que la preparación académica no era tan buena; pero me había criado en un ambiente en el que se ponderaba la cultura: mi mamá, profesora de Literatura, tocaba el piano; mientras mi papá había estudiado, como militar, Ciencias Políticas. Nunca antes me había sentido tan a gusto como cuando estudié en el Instituto. Me sentía a mis anchas pasándome toda la madrugada dibujando y aprendiendo mientras trabajaba. De pronto, era libre de hacer en todo momento aquello por lo que tanto me habían regañado.

«¿Qué me enseñaron el ISDI y el diseño? A convertirme en una persona más metódica. El ISDI te provee de herramientas para organizarte y enfrentar un proceso de trabajo; me enseñó a ser concienzudo, a investigar todo el tiempo. Yo me considero alguien muy inspirado, pero sé que la inspiración se va reduciendo cuando te adentras en procesos complejos, por tanto, esa preparación es muy útil».

—¿Es el cartel lo que más te define?

—Me gusta todo el diseño. De hecho, me he atrevido un poquito hasta con el industrial, aunque lo respeto. Cuando lo intento (generando espacios, por ejemplo), estudio, lo hago con sumo cuidado. Dentro del gráfico he trabajado en casi todo. Pero sucede que el cartel cuenta con mucho arraigo cultural en Cuba, es como «el niño lindo». Y no es que sea mejor ni más complejo que otras disciplinas, es, como expliqué, una cuestión cultural, por la profunda huella dejada por quienes nos antecedieron. Por ello, hagas lo que hagas (prácticamente del cartel no se puede vivir), se te reconoce sobre todo por esa obra.

«He realizado diseño editorial, de marcas, de identidad corporativa, incluso hasta videoclips (por las conexiones del diseño gráfico con la publicidad), y por supuesto, carteles, cuya inmediatez me encanta. Tiene la “gracia” de: “ven y resuélvelo ya”, es como un reto a la creatividad. A veces sale mal, pero esa adrenalina creativa me fascina».

—Pero tus carteles se exhiben una y otra vez en Cuba y en otros países. ¿En qué radica el secreto?

—No creo que sea secreto que hay que trabajar sin descanso. Y claro, la inspiración, que aparece cuando te fascina lo que haces.

—¿Tus carteles preferidos?

—No puedo dejar de mencionar el de Vampiros en La Habana, mi primer cartel impreso en serigrafía. Tremendo honor para mí cuando se mostró en una exposición al lado del de Eduardo Muñoz Bachs. Salió a partir de un concurso convocado por Sara Vega en el que presenté varios trabajos. No recibí premio alguno ni mención, pero me seleccionaron cuatro: un éxito enorme para un recién graduado... Últimamente también me ha dado no pocas satisfacciones (a veces los carteles cobran una vida insospechada) el inspirado en La naranja mecánica, que nació del pie forzado de los clásicos del cine universal en otro concurso ideado por Sara Vega.

«Es muy difícil evaluar el cartel como una identidad independiente, porque él siempre está relacionado con algo que ya existe, por eso se conecta con la gente (o no), y no solo porque sea muy lindo, metafórico, de extremada calidad formal. No se puede ser vanidoso en ese sentido. A lo mejor el de Vampiros... heredó de algún modo la gracia de Juan Padrón y todo lo bueno que trae consigo ese animado. Lo mismo sucede con el clásico de Kubrick».

—Durante mucho tiempo te dedicaste a la docencia...

—Me gradué en el ISDI y permanecí durante los primeros 12 años de mi carrera profesional como profesor adjunto. De pronto decidieron que iban a prescindir de mis servicios y lo hicieron. De no ser por eso, probablemente todavía estaría allí, porque amo enseñar. Creo que probablemente sea mejor maestro que diseñador. Bueno, como dice el refrán: De casta le viene al galgo. Parece que heredé ese gen de mi madre, profesora de vocación y corazón. Tal vez por ello me he mantenido vinculado a la docencia, cerca de sus estudiantes del Instituto. También he impartido clases o dictado conferencias en universidades de América y Europa, especialmente en Alemania y Estados Unidos... No lo puedo evitar.

—En los últimos años el diseño ha devenido en carrera de moda...

—Así es, y en cierto modo me preocupa, sobre todo cuando hay muchos que se dirigen hacia el área del diseño sin tener vocación, simplemente porque tiene swing, porque es nice, porque la gente dice: «Los diseñadores viven bien». Me preocupa que las personas elijan la carrera que tanto amo con esa perspectiva. Ser diseñador conlleva una enorme responsabilidad social. Creo que todo iría mejor si no se perdiera de vista la parte ética y profesional de la labor.

—Mientras esperamos porque se exhiban aquí los carteles del Kennedy Center, tus fans pueden llegarse hasta el 4 de junio a la galería de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, en La Habana Vieja...

—Yo he realizado pocas exposiciones personales, aunque ciertamente he perdido la cuenta de las colectivas, al punto de que dejé de ponerlas en mi currículo, pero me complace esa manera de trabajar entre todos, pues los resultados son mucho mejores. Esta se llama 3, respondiendo a que es mi tercera muestra (siempre en la Villena) y porque ese número me servía como pie forzado para lo que quería mostrar. En todos estos años he trabajo con diferentes instituciones culturales: Casa de las Américas, la Asociación Hermanos Saíz, el Icaic... las cuales organizan eventos con carácter anual o bianual en los que muchas veces me ha tocado crear el cartel que los identifica. Entonces 3 es un reflejo de cómo un diseñador puede dar respuestas diferentes a algo que se repite.

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