Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Más allá de los otros y sus familias

El reto fundamental de las telenovelas cubanas consiste en que todos los personajes representen valores o antivalores universales

Autor:

Joel del Río

Todo análisis sobre Más allá del límite, la telenovela cubana que sale al aire lunes, miércoles y viernes, con 85 capítulos de 40 o 45 minutos cada uno, pudiera comenzar congratulándonos por haber recuperado ese espacio, de amplia popularidad y raigambre cultural. A mí, personalmente, me interesó el tratamiento de los problemas personales, emocionales, de una familia dividida entre los que regresaron, con dinero en el bolsillo (y pretensiones de asumir sus antiguas posesiones), y los que se quedaron lidiando con complicaciones, frustraciones e incluso alegrías y realización personal. La cuestión comienza cuando esta trama, llamémosle central, de los dos hermanos y la madre, se dispersa entre demasiados temas, personajes y conflictos que se alargan hasta dejar de importarle al espectador, se diluyen por su escasa fuerza o solidez, y se reiteran hasta el agotamiento.

Aldo (Enrique Bueno) y Alicia (Gretel Cazón) son mostrados en su dimensión humana, privada, gracias al guion y las actuaciones.

Los claustrofóbicos contextos en que acontece la mayor parte de las escenas, y la escenografía que se las arregló para ser tan pobre como artificiosa, en la cual se incrustaban los actores y actrices para decir sus textos, con escasos movimientos, ante una cámara generalmente exánime, gravaron desde el principio la posibilidad de naturalidad o verismo, y también impidieron en gran medida una comunicación más amplia con el público.

Lo más delicado radica en que la chatura visual, y la ausencia de la más mínima verosimilitud, predomina también en los dos exteriores fundamentales: el preuniversitario del Vedado y el restaurante El jardín de los milagros, donde los personajes también entraban en cuadro y se quedaban paralizados para intercambiar, por turnos, sus líneas de texto.

En cuanto al guion, aplaudo la voluntad holística de Yoel Monzón y su empeño por incluir en la trama, con honestidad intelectual, además de las diferentes escisiones que puede causar la emigración en el tejido filial y social, asuntos como las diferencias generacionales y la convivencia obligatoria (en este tópico salen perdiendo, irremediablemente, las personas mayores, siempre intolerantes, chismosas, impositivas), los amores entre gentes de edades diversas, la delincuencia y el contrabando, la homofobia y el racismo, los problemas en la educación preuniversitaria, el empuje de la iniciativa privada, la corrupción, el embarazo precoz, la prostitución y el proxenetismo… pero algunos de estos temas implicaban, desde el mismo punto de vista, a varios personajes de diferentes subtramas, y así apareció el fantasma del didactismo machacón y aleccionador.

Además, como en casi todas las telenovelas, había que respetar los arquetipos de buenos y malos, y así fueron concebidos, con tintes demasiado oscuros, Mauricio y Vladimir. El primero es un hombre mentiroso y traicionero, que interpreta con desganada corrección Fernando Echavarría, mientras que Vladimir (notable desempeño de Alejandro Cuervo, quien logra sortear la esquemática malignidad de su personaje) es un joven de actitudes delincuenciales de quien pueden decirse muy pocas cosas buenas. Mauricio regresa a Cuba para engañar y hacer trampas, Vladimir está loco por irse, y en Cuba hace poco más que engañar, maltratar y manipular a los otros. Y así, las supuestas virtudes y los evidentes defectos se alinearon, sin sorpresas, en torno a los que sabemos malos o buenos desde la primera decena de capítulos.

Se ensañaron con Yía Caamaño a la hora de diseñarle a su personaje la peluquería y el maquillaje.

Creo que el reto de las telenovelas cubanas (Más allá del límite entre ellas) consiste en que todos los personajes, protagónicos, coprotagónicos, secundarios y de apoyo, representen valores o antivalores universales, porque cuando ciertos temas se restringen a las subtramas aparece por todos lados el peligro de que grandes asuntos se limiten a la diligencia rápida y ligera, o al diálogo demasiado explicativo, reiterado.

Si bien la tónica de recargar con defectos y virtudes fue predominante a lo largo de la mayor parte de Más allá del límite (confieso que decidí saltarme algunos capítulos, aunque luego traté de ponerme al día por youTube), hay un grupo de personajes cuyos esquemas de comportamiento eludían los restrictivos cánones telenoveleros. De modo que Ulises (Ulyk Anello), el dueño del restaurante; su madre Sonia (Ofelia Núñez), y la explosiva y lastimada Beatriz (cuyo brusco cambio fue defendido con todas las armas por Laura Mora) gozaron de un perfil más humano, dubitativo, creíble, incluso cuando se enfrentaban a situaciones completamente convencionales dentro de la telenovela, y de la tradición melodramática cubana e internacional, como los triángulos amorosos, los secretos familiares, las traiciones, la culpa o el perdón.

También merece destaque el diseño de personajes en cuanto a Aldo y Alicia, los maestros fundamentalmente separados por actitudes éticas ante su profesión, pero mostrados ambos en su dimensión humana, privada, gracias no solo al guion, sino también a las actuaciones de Enrique Bueno y Gretel Cazón. Sin embargo, el excelente, natural tratamiento caracterológico de la pareja gay (personajes que en nuestro contexto televisivo todavía resultan objeto del escarnio y las más crueles parodias) se vio perjudicado por una actuación demasiado exterior de Frank Mora, como si quisiera poner en evidencia, en cada escena, la inclinación sexual de su personaje.

Vladimir (notable desempeño de Alejandro Cuervo) hace poco más que engañar, maltratar y manipular a los otros.

Subestimada vimos todo el tiempo a Beatriz Viñas (tendríamos que apurarnos para acabar de darle papeles a su altura) y totalmente mal dirigida a la gran Ana Gloria Buduén, actriz muy frecuente, y siempre extraordinaria, en los filmes de Fernando Pérez, y que aquí me pareció mal encaminada, excedida. Habría que culpar, sin dudas, al personaje, porque su talento está más que probado.

Entonces, tal vez sea innecesario volver a hablar (porque varios colegas ya lo apuntaron) sobre la presentación rudimentaria, y que recicla turísticamente los cuatro tópicos más vistos de La Habana; las atrocidades de la peluquería y el maquillaje (se ensañaron con Yía Caamaño); el sobrado alargamiento de ciertos conflictos (como la venta y compra de la casa) y la inverosimilitud generalizada que se acrecienta no solo por los problemas escenográficos sino por el muy disparejo nivel de las interpretaciones; sin embargo, mucha gente ha seguido paso a paso el itinerario de estos cubanos que, a pesar de todo, se parecen mucho a mis lectores, a mis vecinos, a mi familia y a mí mismo. Y esa cercanía logró conmoverme, a ratos. Porque la familia es la familia, y lo demás es la familia del otro, que seguramente se parece muchísimo a la tuya. Más allá del límite fue, al menos, una ocasión para comprobarlo.

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