Un maestro de la receptoría

Este miércoles se cumplieron cinco años del fallecimiento del destacado receptor cubano. Es el pelotero villaclareño con mayor participación en campeonatos mundiales y que atesoró siete títulos nacionales

Autor:

Osvaldo Rojas Garay

Este miércoles se cumplieron cinco años del fallecimiento de Lázaro Pérez Agramonte, figura emblemática de la receptoría cubana en las dos primeras décadas del béisbol revolucionario.

Nacido en Caibarién, actual provincia de Villa Clara, el 17 de diciembre de 1936, Lázaro llegó a la pelota grande con los equipos de la capital. En 1958 se había marchado hacia la principal urbe del país para ganarse la vida.

Desde entonces realizó varios trabajos hasta que, después del enero victorioso de 1959, se enroló en la Marina y de ahí pasó a laborar en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. Allí integró el elenco que representó a ese centro en el torneo provincial de 1961.

Luego, se ganó un puesto en la selección de Occidentales, que conquistó el título en la Primera Serie Nacional (1962). Posteriormente, vistió la franela del equipo Industriales, con el cual conquistó tres gallardetes entre 1963 y 1965.

En la temporada de 1967-1968 retornó a su provincia natal, para convertirse en uno de los baluartes de aquellos famosos Azucareros, que se coronaron en las campañas de 1968-1969, 1971 y 1972.

Los Juegos Panamericanos de Sao Paulo, en 1963, lo vieron estrenar el traje de la selección nacional, donde permaneció hasta la cita del orbe de 1976. En ese lapso, solo dejó de integrar el plantel de la Mayor de las Antillas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan, Puerto Rico, en 1966.

Aunque se caracterizó por producir a la hora cero, Lázaro no se distinguió por ser un bateador de grandes averages en los torneos del patio. Sin embargo, otra fue la historia en las justas foráneas, pues en varias ocasiones registró promedios elevados. Así, en dos oportunidades estuvo a punto de agenciarse el título de bateo en campeonatos mundiales.

La primera fue en República Dominicana, en 1969. Allí compiló 480, para escoltar al espirituano Owen Blandino —también desaparecido—, quien terminó con 500.

Más tarde, en 1971, en el certamen que organizó Cuba, promedió 407 y escoltó a Rodolfo Puente, inalcanzable con sus 429.

Lázaro no fue un Pérez cualquiera en nuestro béisbol. Atesoró siete títulos nacionales, además de coronarse con Las Villas en la Serie de los Diez Millones (1970) y la cuarta Selectiva (1978).

Es el pelotero villaclareño con mayor participación en campeonatos mundiales (seis). También asistió a cuatro Juegos Panamericanos y dos Centroamericanos y del Caribe y tuvo el honor de disparar el primer jonrón por un emergente en nuestros campeonatos nacionales.

Jugó hasta lesionado

Silvio Montejo, compañero de equipo de Lázaro durante varios años, cuenta una anécdota que revela el coraje del estelar receptor: «Nos preparábamos en La Habana para el mundial de Dominicana y en el último juego para hacer el corte definitivo, a Lázaro le dan un “trifao” que le lastima un dedo de la mano derecha. Él me dice: Coño, loco, debo tener una fractura en el dedo, este es mi año. El único que sabe de esta lesión eres tú, así que si alguien se entera es porque tú se lo dijiste».

Finalmente logró hacer el equipo, y aún con esa lesión le discutió a Blandino el champion bate. Ya en el juego contra los Estados Unidos, que nos dio el título, me dijo: «Tú si eres un hombre, porque me guardaste el secreto», agrega Montejo.

Guardaba la última pelota

Rolando Macías, lanzador estrella del equipo Azucareros, recuerda así al hombre que tantas veces recibió sus envíos: «Era muy explosivo, en ocasiones decía cosas muy fuertes para estimularnos. Eso nos ayudaba a aumentar el valor. Creo que por su inteligencia y valentía fue el mejor receptor de mi generación.

«Tenía la costumbre de guardar la última pelota cada vez que terminaba un campeonato. Lo mismo aquí, que en el exterior, él siempre trataba de echársela en el bolsillo, como sucedió en el play off frente a Mineros, después de realizar el último out del decisivo encuentro, un fly de Agustín Arias a sus manos», relata Macías.

Otro miembro de aquellos conjuntos Azucareros, el camagüeyano Gaspar Legón, me comentó cinco años atrás al enterarse de la muerte del ilustre receptor: «Lo quería como a un hermano, aprendí mucho de él en los años en que jugué con Las Villas. Desde su posición de receptor hacía sentir seguros a los lanzadores. Recuerdo que cuando empezábamos a tirar muchas bolas nos devolvía fuerte la pelota para que reaccionáramos. Era un maestro en su posición».

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.