Las gorras al pecho: ¡ha muerto Marrero!

Apenas a 48 horas de arribar a su 103 cumpleaños un paro respiratorio cerró los ojos de Conrado Marrero Ramos, quien fuera una de las figuras más queridas del béisbol cubano de todos los tiempos

Autor:

Elio Menéndez García

No por esperada la muerte de Marrero dejó de estremecerme. Apenas a 48 horas de arribar a su 103 cumpleaños un paro respiratorio cerró los ojos de Conrado Marrero Ramos, quien fuera  una de las figuras más queridas del béisbol cubano de todos los tiempos, tanto por el virtuosismo que a los 39 años lo llevó al béisbol de Grandes Ligas como por la sencillez y cubanía que lo convirtieron en un elegido de los graderíos.

Muchos han sido los grandes que al morir se convirtieron en leyenda. Marrero era leyenda ya mucho antes de partir para siempre.

Una leyenda que nació en la finca Laberinto, en Sagua la Grande, el 25 de abril de 1911 y que desde edad muy temprana tuvo que entregarse a las faenas de campo más duras, incluida la de carretero, «el mejor de Sagua y sus contornos», solía blasonar.

Contaba el Guajiro que mientras los bueyes pastaban él aprovechaba para tirar, con naranjas agrias, hacia un blanco determinado. De esa forma, agregaba, aprendió a desarrollar su control.

Marrero lanzó en cinco Series Mundiales Amateurs y fue elegido el más valioso en la tercera, jugada en la Tropical en 1940. Seis años después saltó a las filas del profesionalismo con los Indios de Juárez, en México, y allí ganó 25 desafíos frente a ocho reveses.

En la Liga Cubana fue lo que pudiera llamarse un caudillo para los Azules del Almendares, equipo al cual dio 68 victorias y con el que sufrió 46 derrotas. A su paso por  la Liga de la Florida, con el uniforme de los Havana Cubans, promedió para 70 y 25, lo cual le valió para ascender al Washington en la Liga Mayor Americana; tenía entonces 39 años, edad a la que muchos cuelgan el guante y con ese club, sotanero por excelencia,  ganó 39 y perdió 40 entre los años 1950-53.

En su fecunda vida deportiva Marrero lanzó cuatro desafíos en que no permitió hit ni carrera. Tres de ellos los tiró en la Unión Atlética Amateur de Cuba, con el Cienfuegos, y el cuarto en la Liga de la Florida con el Havana Cubans. Marrero fue el primer pitcher cubano que venció a los Estados Unidos en Series Mundiales el 13 de agosto de 1939 y fue también el primero en ganar un juego para Cuba en Series profesionales del Caribe, frente a Venezuela, en 1948.

Al abolirse el deporte profesional en Cuba el Guajiro de Laberinto optó por quedarse entre los suyos, ayudando al desarrollo de la nueva pelota que emergía. Transmitió su vasta experiencia a jóvenes lanzadores y además figuró por algún tiempo como asesor técnico de la pelota cubana, lo cual le mereció convertirse en el primer atleta del patio a quien honraran con la Orden Lázaro Peña de Primer Grado, que le fue entregada por el Secretariado Nacional de la Central de Trabajadores de Cuba, a propuesta del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Al despedirlo hoy me queda viva la imagen del Marrero jaranero, conversador y polémico de los últimos años, que casi ciego, con problemas de audición y otras limitaciones aumentadas por su prolongada edad, siempre estaba presto, tabaco en boca, a sostener una buena conversación sobre pelota, devenida, por lo general, una clase magistral de pitcheo.  El mismo Marrero que imposibilitado de ver la pelota por la televisión optaba por el pequeño radio de pilas para seguir los juegos de la Serie Nacional sin importarle los rivales, porque a fin de cuentas, lo suyo era —y lo fue hasta el momento de su muerte— la pelota.

Rogelio Marrero, su nieto, quien lo atendiera hasta su último aliento, nos informó que por voluntad de la familia el cadáver será cremado y  se tramita  que sus cenizas sean depositadas en el Panteón de los Peloteros profesionales de Cuba en el Cementerio de Colón, cumplimentando así un deseo manifestado por el Guajiro.

El béisbol cubano está de luto… Las gorras al pecho: ¡ha muerto Marrero!

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