En el último vagón, en el peor asiento…

Para la comunidad gitana de Europa, aún está lejos la igualdad de derechos prometida en las Constituciones

Autor:

Luis Luque Álvarez

«No, no insista. No tenemos espacio», dijo el dueño del edificio, y cerró la puerta en las narices de Jozef, un padre de familia. Él, un profesional de la informática, tenía el dinero. Iba a pagar, pero sus billetes no importaban. Era su etnia el problema: ser gitano. Romaní.

Bajó las escaleras y salió a la calle, tapizada a esas horas por la nieve. Como un marino desorientado, se quedó un rato pensando qué rumbo tomar. Tres horas antes, la policía había desalojado el albergue donde se refugiaban unas 30 personas, su esposa y sus dos hijos entre ellas.

Lo consolaba al menos la idea de que estarían a resguardo del frío: las autoridades de la ciudad de Bohumin habían ordenado que se separara a los matrimonios y se les buscara cobijo a las mujeres y los niños. Los hombres, en tanto, deberían arreglárselas como pudieran. ¿O quizá: «como no pudieran»?

Separar a las mujeres de sus esposos; a los niños de sus padres... ¿No nos recuerda ciertas escenas de finales de los años 30 y principios de los 40, allá en el interior de aquellos campos cercados de púas y ametralladoras, donde germinaba un océano de sufrimiento atroz?

Pero no es esta una historia de territorios rapiñados por el Führer. Jozef vive nada menos que ¡en la República Checa!, todo un Estado «moderno» y «democrático», miembro de la Unión Europea desde mayo de 2004.

La fuente de la información dista mucho de ser considerada «de izquierdas». Se trata de Amnistía Internacional (AI), y su reporte, correspondiente a 2006, señala que en el país centroeuropeo «las personas de etnia romaní siguieron siendo objeto de discriminación en el empleo, la vivienda y la educación. También sufrieron frecuentes actos de violencia perpetrados por individuos racistas». Y no olvida citar los abusos policiales.

Tristemente, no es solo en el pequeño país, cuyo gobierno se muestra tan «preocupado» por los derechos humanos en otros sitios de este mundo, donde los gitanos llevan las de perder. Relegados a la periferia, asociados con estereotipos como la delincuencia, la demencia o el déficit intelectual, los romaníes viajan en el último vagón, sufriendo directamente la intolerancia y la segregación, que tanto daño provocaron a Europa no hace muchas décadas.

UN ENSAÑAMIENTO HISTÓRICO

Trajes coloridos, panderetas y danzas; carromatos, largas travesías. Nunca un lugar para asentarse establemente. Son algunas de las ideas que sugiere la palabra «gitano», un pueblo que, en efecto, vivió mucho tiempo en el camino.

Según investigaciones reflejadas por el sitio web de la Unión Romaní, de España, los gitanos eran originarios del norte de la India, y durante la Edad Media fueron desplazados hacia el oeste por sucesivas invasiones de árabes y mongoles. Ya en el siglo XIV había asentamientos de este grupo étnico en casi todas las islas del Mediterráneo y en Grecia.

Pero minoría al fin, como los hebreos, también sobre ellos llovieron las culpas por cuanto descalabro social acontecía, y allá iban los asesinatos, las persecuciones, las expulsiones. Con la agravante del silencio, pues mientras el mundo se horripila de saber que los nazis masacraron a seis millones de judíos, pocos conocen que un millón de gitanos fueron asesinados por las mismas manos. Solo el 1ro. de agosto de 1944, unos 4 000 romaníes fueron gaseados en el campo de extermino de Auschwitz-Birkenau.

Sin embargo, la saña de los taladores no pudo desarraigar el tronco. En la actualidad, unos diez millones de gitanos viven en Europa, la mayoría en países del antiguo bloque socialista. Rumanía es el que cuenta con una población más numerosa: casi tres millones.

Un grupo de gitanos en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en 1944. También el crimen se cebó contra ellos. Mas, si los humos de los hornos crematorios hace mucho se disolvieron en la atmósfera, y si las legislaciones nacionales de los Estados de la UE reconocen la igualdad de todos sus ciudadanos en deberes y prerrogativas, ¿cómo es posible que algunos se hagan los «chivos con tontera» e ignoren los derechos que atañen a los gitanos en cuanto seres humanos iguales en dignidad?

Así, ¿cómo entender que a estas alturas el Tribunal Europeo de Derechos Humanos haya debido analizar una queja de 18 niños gitanos contra el gobierno checo por discriminación racial en la educación? Los solicitantes, apunta AI, se quejaban de que los habían inscrito obligatoriamente en «escuelas especiales» para menores con discapacidad mental, ¡únicamente por su origen étnico!

Para más ejemplos, se podrían leer los testimonios de menores gitanos en Croacia, próximo Estado en lista para adherirse a la UE: «Cuando hay algún problema en la escuela, siempre es culpa de los romaníes», «el maestro me pelea cuando hablo mi lengua», y «los profesores ni siquiera quieren escuchar nuestras canciones».

¿Es este el «respeto y protección a las minorías» que debe garantizar el país que aspire a integrarse a la UE? Pues hay un pequeño problema de interpretación de los textos...

«EL DESCONOCIMIENTO ENGENDRA EL MIEDO»

Sarah Carmona es romaní. Aunque francesa de origen, esta Doctora en Historia radica en Andalucía, la tierra más gitana de España, la del Romancero de Lorca y los cantaores del flamenco. Gracias al correo electrónico, converso con ella sobre el cotidiano arrinconamiento de su pueblo:

«Me gustaría hacerte entender —explica— que la discriminación indirecta es a veces más difícil de sobrellevar que los mismos actos discriminatorios directos. Yo nunca sentí discriminación directa, laboral, o en cuanto a vivienda, sino más bien institucional y cultural: que no se mencione mi realidad histórica en ningún libro de texto, que la gente confunda cultura de la exclusión con cultura gitana, y sobre todo, la exclusión en tu propia comunidad, por estudiar y supuestamente apayarte (asumir un modo de vida y pensamiento más occidental).

«El poco conocimiento que tenemos de nuestra cultura, aparte del conocimiento viciado que tienen los gadye (los no gitanos) acerca de nosotros, nos ha llevado a equivocarnos y confundirnos a la hora de autoidentificarnos y utilizar modelos erróneos procedentes del imaginario de la exclusión».

—Con un pasado tan golpeado por las expresiones racistas, ¿cómo es posible que en Europa subsistan prejuicios contra los gitanos?

—Bueno, ¿por qué existe el racismo? Porque es universal y atemporal, porque el desconocimiento engendra el miedo, y el miedo el mal...

«Así, no es tanto que las formas del racismo cambien, sino su intensidad. En España, por ejemplo, el legado gitano en la cultura andaluza es tan fuerte, que la discriminación, aunque exista, es menor que en los países del este. Pero seguimos viviendo situaciones horrorosas en cuanto a vivienda, sanidad y educación.

«Como te digo, en España el racismo está prohibido y penalizado. Por tanto, no suelen ocurrir actos descaradamente racistas, pero sí un olvido premeditado, una falta de consideración, una aculturación aterradora».

UN MURO CAYÓ, Y OTROS...

El informe de la Comisión Europea La situación de los romaníes en la UE ampliada, reconoce que, tras la caída del socialismo, tuvo lugar una persecución sistemática contra esa etnia en los países del bloque derrotado. El auge de movimientos racistas y la indiferencia oficial, levantaban nuevos muros de desigualdad en una Europa que se ufanaba de haber derribado uno de piedra en Berlín.

En las naciones desarrolladas del oeste, en tanto, el sentimiento antirromaní se expandió como consecuencia de la llegada de inmigrantes de esa etnia. Ocurrieron episodios de pánico ante los recién llegados, y se instaló un alarmismo que la prensa contribuyó a exagerar con titulares como La invasión gitana.

En adición, el citado reporte de la Comisión subraya que, en 1999, los romaníes «sufrieron la peor catástrofe desde la Segunda Guerra Mundial», cuando tras la retirada de las tropas serbias de Kosovo «individuos albaneses comenzaron una limpieza étnica contra gitanos y otros sospechosos de ser gitanos». Cerca de 120 000 de estas personas fueron desplazadas de sus hogares por un odio absurdo.

Echo una ojeada general, y el panorama actual no es alegre. Entre las transgresiones registradas por el Centro Europeo por los Derechos de la Comunidad Romaní, veo algo como esto: en septiembre de 2006, el Comité de la ONU para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, expresó su «seria preocupación» al gobierno checo por las esterilizaciones obligatorias que doctores de ese país practicaban a mujeres romaníes. Días antes, dicha instancia había condenado a Hungría por operaciones similares.

Asimismo, las autoridades suecas aparecen señaladas con el índice por haber deportado en mayo de 2005 a un matrimonio gitano y sus seis hijos hacia Kosovo, de donde habían emigrado huyendo del clima bélico. Todos padecían el «síndrome de estrés postraumático», y la madre, además, requería tratamiento para una dolencia cardiaca. Pero a Estocolmo le pareció que sobraban. Y punto.

Que en una cafetería en Croacia se nieguen a atender a clientes romaníes, o que se les prohíba entrar en una piscina pública en Macedonia, son solo dos anécdotas más, dos gotas de un estanque, cuyas compuertas sería imposible abrir en el límite de estas páginas.

Miremos atrás entonces, a ese grito de «¡Se acabaron los gitanos/ que iban por el monte solos!», vociferado por la Guardia Civil durante el Prendimiento de Antoñito el Camborio, un trozo de poesía lorquiana que retrata a una España ahogada por la miseria y la intolerancia, en la que el fascismo clavó feroz el diente.

Hoy, ya que de prejuicios raciales hablamos, ¿acaso a alguien le interesa cultivar las semillas de antaño?

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