Reportes de crímenes corporativos en África - Internacionales

Reportes de crímenes corporativos en África

Una multinacional británica lava sus culpas con una barata indemnización. El hecho revela cómo los países industrializados utilizan al continente africano como su estercolero

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

¿Recuerdan el caso Pfizer Inc? Esta multinacional, famosa por producir la Viagra, intentaba salir ilesa de su crimen: la muerte de 11 niños y fallos orgánicos y daños cerebrales en otros, provocados por un ensayo clínico ilegal en Kano (Nigeria). Para «limpiarse», la compañía tratará de llegar a un acuerdo extrajudicial consistente en una irrisoria suma de millones de dólares con que indemnizaría a las autoridades locales y a las familias damnificadas.

Pues otro consorcio trata de escaparse del banquillo de los acusados al estilo de Pfizer: la británica Trafigura, cuyos desechos tóxicos, vertidos en Costa de Marfil, afectaron la salud de unas 100 000 personas y causaron la muerte a 15.

En 2006, Trafigura vertió desechos tóxicos en esa nación del África Occidental. Desde entonces, la empresa ha intentado defender su pellejo, a pesar de que las investigaciones arrojan que las sustancias despedidas en la ciudad de Abidjan no eran «agua sucia», como dijeron sus directivos, sino un poderoso veneno.

La empresa pensó que con el pago de 152 millones de euros al Estado marfileño para compensaciones y limpiar las costas, a cambio de que ese país africano renunciara a la reclamación legal, saldría de esa pesadilla. También se comprometió a construir una planta destinada a tratar residuos peligrosos en el puerto de Abidjan, lo cual indica que la compañía piensa seguir llevando allí enfermedad y muerte, ahora con un permiso.

Pero sus jugadas no libraron a la entidad de la demanda que debía enfrentar este mes, sostenida por unos 30 000 marfileños envenenados hace tres años debido a la inhalación de los gases vertidos en una decena de puntos de esa capital por el Probo Koala, buque fletado por la transnacional británica.

Ahora, nuevas pruebas destapan la inmoralidad de Trafigura. Su director, Claude Dauphin, conocía perfectamente que las 528 toneladas de residuos que almacenaba el Probo Koala, resultantes del proceso de refinación en alta mar, eran altamente tóxicos y que estaba prohibido deshacerse de ellos en Estados Unidos y la Unión Europea, según mensajes internos de la compañía publicados por el diario británico The Guardian.

Los textos electrónicos intercambiados entre los operadores revelan que habían comprado en México un petróleo con muy mala calidad y barato. Ese crudo fue refinado en el Probo Koala usando soda cáustica para extraer el alto contenido de los sulfuros contaminantes, un proceso prohibido en los países desarrollados. Pero por cada carga, la ganancia era de siete millones de dólares, escribió James McNicol, uno de los que prometió al cabecilla de la firma, Claude Dauphin, que encontraría alguna empresa que se encargara de la basura resultante del negocio que prometía ser redondito, sin importarles la vida de inocentes.

Opiniones especializadas transmitidas por la BBC, atestiguaban que una cantidad semejante arrojada en la céntrica Trafalgar Square, en Londres, «hubiera afectado a millones de personas a la redonda», por lo que, en la ciudad inglesa ¡ni pensarlo!

Tampoco las autoridades holandesas impidieron la travesía del Probo Koala, que inicialmente intentó deshacerse de sus desechos en el puerto de Amsterdam. Trafigura se negó a pagar el aumento de honorarios que le pidieron los Servicios Portuarios holandeses cuando se percataron de que las sustancias a drenar, con hedor a huevos putrefactos, no eran las que normalmente ellos enfrentaban. En Abidjan, la petrolera británica encontró una inexperta empresa local llamada Tommy, que por un pago 20 veces menor, cumplió con el sucio trabajo sin cuestionamientos.

Escondiendo la basura

Grandes medios de comunicación, tanto en Gran Bretaña como en Holanda, han optado por el mutismo cómplice. Solo Newsnight, un programa de la cadena británica BBC, y The Guardian, rotativo también inglés, denunciaron el caso, publicando los mensajes internos intercambiados entre los operadores cuando discernían dónde arrojar sus sustancias tóxicas.

Los criminales saben que si el tema llega al dominio de la opinión pública pudiera ser el fin de sus negocios. Por ello, han intentado frenar la labor investigativa de equipos de periodistas que desentrañan los abusos de poder y los delitos de compañías como esta. Escudándose en la denominada Ley británica de difamación, Trafigura demandó a Newsnihgt, exigió a The Guardian que omitiera sus artículos de denuncia y amenazó a periodistas holandeses y noruegos.

En esta sopa de tan mal sabor también se baña un pez gordo de la política londinense: Lord Strathclyde, líder del Partido Conservador en la Cámara de los Lores. Este señor aparece en la nómina de Trafigura como director de sus fondos de inversión. Con estas oscuras conexiones, es de esperar que el Partido Conservador prefiera esconder la basura de algunos de sus miembros debajo de la alfombra, sobre todo cuando en mayo próximo se celebrarán elecciones en las que, según los sondeos, la agrupación política puede salirse con la victoria.

Del norte al sur

El caso de Trafigura no es aislado. Desde la década de los 80, África se ha convertido en el principal campo hacia donde las transnacionales europeas —las mismas que saquean las nada despreciables riquezas africanas— exportan sus desechos, amenazando la supervivencia de la diversidad ecológica del continente y la propia vida de sus habitantes.

A la lista de delitos corporativos se suman los vertimientos de desechos nucleares en las costas somalíes a partir de la década del 90, luego que ese estado del Cuerno Africano colapsara por la guerra, con la caída del gobierno de Mohamed Siad Barre. Entre los inescrupulosos protagonistas se encontraban principalmente las empresas de la mafia italiana, que se aprovecharon de la ausencia de un control gubernamental para ganar millonarias sumas en el negocio del tráfico, y en la exportación de sustancias tóxicas a países pobres.

El tsunami del sureste asiático en diciembre de 2004 destapó la basura cuando llegaron hasta las costas somalíes residuos radiactivos de uranio, y metales pesados como mercurio y cadmio. En ese momento, unas 300 personas murieron por el efecto de la radiación, lo que fue denunciado a Naciones Unidas por los somalíes.

Por supuesto, las operaciones de estas empresas no son vigiladas ni impedidas por las misiones militares de la Unión Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), las cuales controlan esa importante ruta comercial con el pretexto de combatir la piratería, fenómeno que, a fin de cuentas, es resultado de la extrema pobreza y el caos en que vive Somalia hace 18 años. Además, algunos testimonios aseguran que, en un inicio, los piratas pretendían obtener los dividendos que no pagaban los buques europeos por utilizar sus aguas, tanto para la pesca ilegal como para deshacerse de residuos tóxicos.

El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que a nivel mundial, cada año se desechan entre 20 y 50 millones de toneladas de equipos electrónicos, de los cuales solo menos del 10 por ciento pueden ser reciclados, y la mitad o más terminan siendo exportados a los países del Tercer Mundo.

Solo el Reino Unido genera anualmente casi dos millones de toneladas de desperdicios electrónicos que vende a operadores inescrupulosos, quienes luego prometen a los países pobres que esa tecnología puede ser «reutilizada». Sin embargo, el 75 por ciento de las computadoras rechazadas en ese país europeo que llegan a Nigeria, por ejemplo, no pueden ser aprovechadas y van a parar a los campos de chatarra, de donde emanan las sustancias tóxicas que contaminan a la atmósfera y dañan la salud humana.

En este negocio, las mafias y transnacionales involucradas se llevan una jugosa tajada. Y si por alguna casualidad sus crímenes salen a la luz pública, se encargan de borrarlos con chantajes y mucho, mucho dinero.

Así hizo Trafigura: se escapó de uno de los juicios más sonados en el Reino Unido cuando acordó indemnizar con 30 millones de libras esterlinas a los demandantes. Ese monto —que representa el diez por ciento de los 270 millones de libras esterlinas (440 millones de dólares) que esa empresa se embolsilló en 2008— alcanza apenas para darle unas mil libras esterlinas a cada marfileño que lleva aún en su piel las marcas de la inmoralidad de Trafigura.

Bastante barato le costó lavarse las manos, pero sus crímenes aún están intactos.

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