Elecciones en Kenia ¿o la historia de nunca acabar?

Cuando el martes 30 de enero, el líder opositor Raila Odinga se autoproclamaba Jefe de Estado, muchos consideraron el evento como «la inauguración de una crisis»

Autor:

Marylín Luis Grillo

Poco más de seis meses han trascurrido en Kenia desde el inicio de sus últimos sufragios presidenciales. Mucho ha pasado desde entonces; aunque ahora, la calma parece volver poco a poco al país africano, que temió y aún teme vivir otra crisis poselectoral como la de diez años atrás con consecuencias devastadoras para la vida de los ciudadanos.

Si de manera general, las elecciones presidenciales suelen ser de los sucesos con carácter periódico que más conmocionan la dinámica interna de una nación, en el caso de Kenia los recientes comicios resultaron una caja de Pandora. La cronología incluye denuncias de hackeo en los colegios, anulación de los resultados, segunda vuelta fraccionada y dos presidentes: uno constitucional, pese a que ganara con menos del 40 por ciento de la participación popular, y el otro autodenominado como «del pueblo».

Cuando el martes 30 de enero, el líder opositor Raila Odinga se autoproclamaba Jefe de Estado, muchos consideraron el evento como «la inauguración de una crisis», así mismo la describió la publicación sudafricana Mail & Guardian.

«Hoy es un día histórico para el pueblo de Kenia», dijo Odinga ante una multitud de más de 15 000 seguidores. Porque no cabe duda, Odinga —al igual que su rival, Uhura Kenyatta, ganador en ambas ediciones— es popular entre los kenianos, si bien (al parecer) no lo suficiente como para asegurarle la tan ansiada victoria que en diversas ocasiones se le ha escapado.

En agosto pasado, el opositor perdía por casi diez puntos porcentuales en las votaciones. Kenyatta obtenía el 54,3 por ciento y se reelegía, mientras que él quedaba en un insuficiente 44,7, para una participación total del 79 por ciento de la población. La diferencia llevó a Odinga a presentar un caso ante la Corte Suprema para solicitar la supresión de los resultados a causa de —alegó— un hackeo de los votos. Por primera vez en África, los jueces eligieron la anulación y aduciendo «irregularidades» en el sistema, ordenaron celebrar otras elecciones.

En aquel momento, la inédita noticia era asumida con temor, y razones no faltaban. Fue imposible lograr que todo el país votara en la misma jornada; de hecho, fue casi imposible lograr que el país votara.

La participación en la repetición apenas alcanzó el 38,8 por ciento de los votantes registrados (7,4 millones de los 19,6 millones de electores inscritos), en muchos condados no se pudieron realizar los comicios, en especial en aquellos leales a Odinga, y los enfrentamientos entre la oposición y la policía dejaron un saldo de al menos diez muertos, reflejó el diario español El Mundo.

En ese convulso escenario, el líder opositor decidía abandonar unos comicios que calificó de «farsa» y pedía el boicot y una tercera vuelta en menos de 90 días; la Comisión Electoral informaba que «más de 1,6 millones de kenianos no pudieron votar, pero no contabilizar estos votos no afectará el resultado final» y, por consecuencia, Kenyatta decía en su discurso de agradecimiento: «Aquí estoy de nuevo».

«Hoy es un histórico día para nuestra madre tierra», dijo el presidente constitucional en su toma de posesión ante 60 000 personas, probablemente convencido de que ha sobrepasado otra dura prueba en su gobierno.

Si Odinga aceptará su quinta derrota, tres de ellas contra Kenyatta, aún está por ver. Este miércoles, desde Zimbabwe, volvió a abogar por lo que considera «elecciones adecuadas, que se llevan a cabo de manera transparente y con confirmación física de cómo votó la gente», durante su discurso en el entierro de Morgan Tsvangirai, quien fue en vida el mayor opositor zimbabwense.

De momento, Kenia parece haber evitado una oleada violenta como la de 2007, cuando ambos contendientes vivieron iguales resultados y murieron más de 1 300 personas y casi medio millón fueron desplazadas.

Detrás de los sucesos, quedan las diferencias entre las etnias kikuyu y luo (representada en estos momentos al más alto nivel por Kenyatta y Odinga, respectivamente), un tipo de conflicto común en África que requiere, hoy más que nunca, del diálogo y la concertación. Mientras, las aguas parecen volver a sus cauces en Kenia, aunque otro capítulo violento puede abrirse en este país, que vivió unas elecciones que por momentos parecían la historia de nunca acabar.

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