Cortázar en Montparnasse

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Nos escapamos y fuimos a verlo, al cementerio de Montparnasse. Caminamos y caminamos, dando vueltas en círculos, perdidos entre las tumbas solitarias, desconocidas. Son las cuatro de la tarde en este lugar vacío y una siente la tentación de preguntarse: ¿Dónde está el París de Julio Cortázar? Esta plaza barrida por el viento, iluminada por fantasmas, desierta de lado a lado, ¿es aún el París de Julio? Y este suelo liso donde resuenan los pasos como en el interior de una caverna, ¿qué tiene que ver con el campo de feria de la ciudad en la que vivieron la Maga y Oliveira?

París duerme en Montparnasse. Duerme profundamente. Todas esas lápidas protegen la oscuridad del interior de los nichos, donde están los hombres y las mujeres que habitaron esta ciudad, junto a los personajes vagos de los sueños y las pesadillas. Aunque no los hayamos visto nunca, ni nos digan nada sus nombres estampados sobre el mármol, los conocemos a todos, porque vivieron en las novelas y los cuentos del escritor argentino. Él nos presentó a estos parisinos caminando apurados bajo la lluvia en el boulevard Saint Germain, sentados en el bistrot de la rue du Saint-André-des-Arts, dormitando en el parque Montsouris, donde la Maga lanzó su paraguas barranco abajo con un alarido de triunfo.

El cementerio es ahora una red de transmigraciones, donde nadie está seguro debajo de una lápida. Sobre el silencio y las hojas caídas se levantan los muertos de Montparnasse, los menos ilustres, los ignorados, y nos llevan a ver a Julio. En apariencias, el cuerpo del argentino está debajo de una sencilla losa blanca, junto al de Carol, su mujer. Cuando ella murió, él le pidió a un amigo escultor que cincelara, en mármol, un cronopio de carita verde y sonriente para ponerlo en la cabecera de la tumba. Pensó que ella estaría menos sola y que aquella criatura le susurraría algunas historias divertidas de sus vecinos famas y esperanzas, y que se reirían juntos y así ella apenas notaría que las estaciones pasaban hasta llegar a él, que inexorablemente vendría a acompañarla en ese lugar.

No pasó mucho tiempo. Un año después de la muerte de Carol, ocurrida en 1983, el cuerpo de Julio llegó a Montparnasse. Lo que ni él, ni nosotros, ni nadie podía sospechar es que ese pedacito de tierra parisina terminaría siendo un insólito territorio de peregrinaje, una isla llena de vida dentro de un cementerio, una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas y de piedrecitas de colores, de monedas de todas partes, de poemas escritos en el reverso de cualquier cosa, de recortes de periódicos, flores silvestres, una caja de música, un caramelo envuelto en un celofán donde liba una abeja gorda y amarilla.

Aquí, sentado sobre un pedrusco que parece un aerolito, junto a Carol Dunlop y Julio Cortázar, dejando que la alegría nos atraviese como el sol a un cristal, sentimos que estar muerto no es lo mismo para todos los muertos. Es obvio que Julio sigue contando sus historias y que por aquí ha pasado y seguirá pasando mucha gente que ha dejado y dejará algún recuerdo, solo para que él sepa que jamás estará solo.

La razón es simple: hay seres humanos que, después de un gesto de despedida, se mudan al costado de una ciudad que aman y esperan por los que vayan a saludarlos, a compartir un poema y una piedra del camino, a hablar del futuro y de todo lo que nos importa, para que nadie en este mundo muera en vano.

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