Las preguntas llenan la mesa

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La autocontemplación es subversiva, como la autocrítica es regenerativa. La primera es complaciente, mientras la otra es inquietante. La inquietud moviliza, la plenitud envanece, y en consecuencia paraliza.

Parece un trabalenguas, aunque sería muy bueno ejercitarlo con más frecuencia en la sociedad cubana. Otras veces se ha dicho que una Revolución debe ser una perenne interrogante, porque los ideales que no se cuestionan enmohecen, se encartonan y perecen.

Esta misma semana saltamos de la complacencia a la duda en fracciones de segundos, cuando todo nos invitaba a levitar en el éxtasis.

Nos ocurrió durante una visita del consejo de dirección del diario al Instituto Politécnico Agropecuario Villena-Revolución, en la capital del país. La institución impresiona por su belleza, sus proyectos, sus alumnos y docentes; solo que aquello por lo cual brilla, ensombrece en otras dimensiones, donde debería proyectarse la plenitud de sus luces.

Una escuela no existe para sí, sino para la sociedad. Su efectividad verdadera no se mide entre las paredes de sus aulas y laboratorios. Ella no es un fin en sí misma, sino un medio.

¿Quién dejaría de sentirse feliz por una escuela capaz de formar más de 40 000 profesionales? Solo que una cifra como esa incita a más dudas que placeres: ¿Por qué una fuerza técnica tan impresionante no ha sido adecuadamente utilizada para lograr el cambio que se espera del sector agropecuario cubano? ¿Por qué tanta lucidez semuestra incapaz de abastecer dignamente nuestras mesas?

Esas interrogantes pueden repetirse hacia otros de nuestros escenarios institucionales y sociales, en los que al parecer se atrofió la conveniente coherencia entre causa y efecto, entre posibilidad y realidad, hablando en términos de categorías filosóficas.

Estimula a un cuestionamiento mayor la víspera del Fórum de Ciencia y Técnica, ese movimiento que regresa con ansias la próxima semana: ¿La fuerza profesional del país fue suficientemente estimulada a impulsarlo hacia la vitalidad, dinámica y eficiencia que demanda el acelerado y competitivo mundo moderno? ¿Todo nuestro saber y creación científica se movilizó con prontitud y audacia hacia ese fin? No son incertidumbres simples, pues ya sabemos por otras lamentables experiencias que con ellas puede decidirse el destino nacional.

Con mayor frecuencia de la deseada se escucha a investigadores y estudiosos aquejados por la apatía y la lentitud con la que se asumen o introducen sus aportes al sistema empresarial e institucional del país.

Cuba tiene motivos para sentirse insatisfecha de inexplicables incompetencias comparadas con su caudal profesional, si bien puede ufanarse de su liderazgo asombroso en determinados campos científicos, en los que pese a su condición de nación subdesarrollada, se iguala a otras del primer mundo.

Cuando escuchaba a los directivos del instituto capitalino explicar sus éxitos docentes, recordaba las lamentaciones del jefe de alguno de nuestros emporios cafetaleros, atormentado hace unos años por la caída en la producción del grano.

Aquel ingeniero no entendía por qué países capacitados por nuestros técnicos en la siembra y cosecha del café, estaban ya a la cabeza de la producción mundial, mientras se resentían significativamente las cosechas del patio. Las explicaciones de ese y otros desajustes pueden andar extraviadas en desvencijadas gavetas, alimentando cucarachas en vez de soluciones.

Como también es posible que algunas de nuestras estructuras requieran de un especial «grupo electrógeno», para que no se apague la bendita energía humana.

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