Catástrofes

Autor:

Juventud Rebelde

Me declaro un antiguo adicto a las películas norteamericanas de monstruos y catástrofes. Todo empezó con Frankenstein —precursor de la tecnología fuera de control— y La Momia. Nunca entendí por qué eran tan peligrosos si se movían en cámara lenta, con los brazos abiertos, listos para recibir un directo al estómago o un palazo certero. Después, en la década del 60, llegaron los dinosaurios resucitados, predecesores del moderno Jurassic Park, asolando a Nueva York, enfrentados al principio por minúsculos policías desubicados y después por el ejército, que también fracasaba. Final feliz: el científico, sistemáticamente desoído por los políticos, encontraba el virus que los mataba. Años antes, en 1933, el buenazo de King Kong capturado y encadenado en Sumatra, era asesinado cobardemente a balazos cuando trepaba al Empire State buscando a su pequeña novia humana, Ann Darrow (Fay Wray), un amor imposible.

En los 80 llegaron los horrendos «alien» que salían desde el interior del cuerpo de los tripulantes espaciales. El horror no provenía de afuera, como hasta entonces, sino de adentro. Superfluo sería explicar la metáfora.

Las últimas películas catástrofe son los desastres naturales: tornados, terremotos e inundaciones nunca vistas, alteraciones tremendas del clima, cada vez más cercanas a la realidad. El Katrina en Nueva Orleans fue anunciado por una de esas películas.

El día después muestra con realismo extraordinario la destrucción de la mitad septentrional de los Estados Unidos, incluyendo a Nueva York, sumergida bajo olas gigantescas y sepultada enseguida bajo un manto de hielo. Es nada menos que un nuevo período glacial.

Los norteamericanos deben evacuar las ciudades invadiendo zonas más cálidas. México es la meta. Multitudes de emigrantes ilegales cruzan desesperadas el Río Grande ante la impotencia de la policía mexicana. EE.UU. condona la deuda externa, para que ese gobierno autorice los gigantes campamentos de refugiados norteamericanos en su territorio.

En los sótanos de la biblioteca central de Nueva York, un pequeño grupo humano resiste bajo una enorme capa de hielo quemando libros para no congelarse (empiezan prudentemente con la colección completa de leyes fiscales, que no alcanza), y logran sobrevivir. La literatura al servicio de la vida.

Estoy saltando los filmes de virus, robots y otros experimentos fuera de control —saga de Frankenstein—, y también las invasiones extraterrestres, excepto El día de la independencia, donde Harrison Ford, como presidente de Estados Unidos, logra salvar a la humanidad piloteando un avión caza que propina un golpe mortal a la gigantesca nave que había destruido, con rayos mortíferos, ciudades enteras. Creo que en esa misma película el presidente norteamericano declara en Europa que «no habrá paz mientras no exista justicia en el mundo». Un presidente norteamericano heroico, interesado en la humanidad. Esa sí que es, hasta el momento, una utopía bien alejada de la realidad.

Sería muy bueno que Harrison Ford o Michael Douglas, presidentes en la ficción, fueran elegidos de verdad, con asesoramiento político de los guionistas de Hollywood. Al fin y al cabo, estos últimos nos advierten mucho mejor de los peligros provenientes de la Casa Blanca, que Condoleezza Rice.

Es una propuesta.

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