Nostalgia por los viejos placeres - Opinión

Nostalgia por los viejos placeres

Autor:

Leonardo Padura Fuentes

A mi esposa se le ha complicado la vida —más de lo que, por el solo hecho de vivir en este mundo, ya nos corresponde de previsible complicación. Un dermatólogo, luego de revisarle la frente, la nariz y los brazos ha determinado, con absoluto convencimiento, que a partir de ahora para ella está vedado tomar el sol, especialmente en las playas y más aun si el cielo está nuboso. Si se expone a esas radiaciones cargadas de rayos ultravioletas, se arriesga a sufrir de un cáncer de piel, le ha advertido.

Algo diferente pero de similares connotaciones le ha ocurrido a un buen amigo cuyo nutricionista le recomendó, con toda la seriedad del caso, que si quería tener una vida larga y sana, sin sufrir de colesterol y ácido úrico altos, de hipertensión o diabetes, debía renunciar a las carnes rojas, blancas y de cualquier color (puro veneno), a los quesos y la leche (fatales para el tracto gastrointestinal), a las frutas (son dañinas, pues tienen azúcares) y hasta a esos milagros de la naturaleza que son el aguacate y la berenjena. La dieta apropiada para su bienestar debía ser de las llamadas macrobióticas, rica en cáscaras y en prohibiciones. De este modo mi amigo habría hecho su apuesta para tener una larga y saludable vida (siempre que no se expusiera demasiado al sol).

Hasta que mi esposa no fue al dermatólogo y mi amigo me contara de sus nuevos hábitos alimentarios, no asocié estos dos diagnósticos con las recomendaciones, que recibiera por e-mail unos días atrás, de unos importantes estudiosos de la salud humana acantonados en el John Hopkins Hospital. Los sabios habían descubierto, según el texto leído, los riesgos que entrañaban para la salud la ingestión de café, té y chocolate, o el agua enfriada en envases plásticos, y aseguraban que el azúcar es el alimento predilecto del cáncer, entre otros inquietantes hallazgos.

Cientos de miles hemos sido los que, apenas por sufrir de un simple catarro, hemos salido de la consulta médica con un manojo de recetas más pesado que los mocos que cargábamos en la nariz y con el convencimiento de que el próximo cigarrillo que nos llevemos a la boca podría ser el último de nuestra vida —y de la vida de las diez personas más cercanas a nosotros en el instante de darle fuego al mortífero canuto. ¿Y qué decir de los males que podría provocarnos la ingestión de cerveza, ron, whisky y hasta una botella de vino tinto, por no hablar ya del blanco?

Pero el mayor peligro que amenaza la salud de cada uno de nosotros y, por tanto, la supervivencia misma de la especie no es, sin embargo, la exposición al sol, ni la gula (o peor aún, el acto de comernos un aguacate), ni las aficiones (ahora llamadas, con un simple retoque alfabético de profundas connotaciones semánticas y hasta morales, como adicciones) al tabaco, al café o al alcohol. La verdad es que la Gran Amenaza ha nacido con nosotros, y cada uno de los seres humanos la llevamos entre las piernas: el sexo. Más que necesidad biológica o disfrute mental y fisiológico, el sexo se ha convertido en un factor de riesgo, como suelen llamarlo algunos, y su práctica debe ser cautelosa, segura, mediatizada por una funda plástica, pues de lo contrario, nos jugamos la vida.

¿Y qué me dicen de viajar? ¿Alguien recuerda cuando desplazarse a otros sitios era una aventura, una experiencia insustituible, fuente de conocimiento de otras geografías, culturas, modos de vida? ¿Aquellos tiempos en que los aviones eran símbolo de un cierto glamour y las azafatas siempre jóvenes, amables y hermosas? Hoy por hoy, a pesar de lo que digan las agencias turísticas (engendros del capitalismo decadente solo interesadas en sus ganancias), la verdad parece ser que viajar resulta la más riesgosa de las decisiones. El solo hecho de entrar a un aeropuerto puede quitarnos para siempre las ganas de movernos de nuestra butaca, frente al televisor o a la computadora. Cada una de las personas que compra un billete de avión, más que un viajero, se ha convertido en un presunto terrorista al que no se le puede permitir pasar los controles de seguridad sin ser revisado de pies a cabeza (partes pudendas incluidas) y sin concederle siquiera la posibilidad de cargar con un frasco de brillantina o un jarabe para la tos. En ese aeropuerto, donde por supuesto está prohibido fumar y donde, la verdad sea dicha, lo mejor es no arriesgarse a comer cualquiera de sus fast food, machacan tanto al viajero con los riesgos que entraña montarse en un avión y volar, que solo por empecinados y tontos que somos todavía nos atrevemos a desafiar ese oscuro peligro. Y una vez sobre el aparato macabro, ¿quién se atreve a pedirle un vaso de agua a esa azafata dictatorial que nos cobra hasta la sonrisa (food for purchase, aclaran ahora los cada vez más caros billetes) y, llegado el caso, parece dispuesta a bajarnos del avión en pleno vuelo?

Con todas esas advertencias que hoy nos acompañan, triste y científicamente fundamentadas, cada vez resulta más increíble constatar que la especie humana haya llegado hasta el presente, luego de tomar el sol durante millones de años, comer y beber sin conciencia (solo para satisfacer el hambre y la sed), de fumar tabaco y otras hierbas, de practicar golosamente el sexo (y no solo para reproducirnos) y de moverse de un sitio a otro, buscando satisfacer necesidades y curiosidades.

Hubo incluso un tiempo, no demasiado remoto, en que solíamos considerar placeres todos esos actos que hoy son cuando menos suicidas, por no decir genocidas, como lo podría ser fumar un cigarrillo, en un bar, luego de beber una copa de vino o un café. La inconsciencia con que nos asomábamos a la vida (cierto que no existía el sida, el calentamiento global ni el hueco en la capa de ozono), con menos prohibiciones y temores, pienso que la hacía más grata, aunque tal vez más corta. Hoy, sin embargo, cuando la especie humana en su conjunto está en riesgos de desaparecer por su propia estupidez y su maltrato del maravilloso planeta que Dios nos obsequió, muchos se preocupan por morirse centenarios y de buena salud, limitando y hasta renunciando a aquellos viejos placeres pero, eso sí, quemando combustible y arrasando con la tierra, y sobre todo olvidando muchas veces que, para unos cuantos millones de cohabitantes de este mundo, un pedazo de pan, un vaso de agua limpia y hasta un aguacate (vaya con el aguacate) no son unos enemigos, sino un lujo al que cada día les resulta más difícil acceder. Así somos, ¿no?

Es curioso y casi diría que antinatural, que todavía queden en el mundo personas empeñadas en subirse a un avión para pasar unos días en una soleada playa del Caribe, el Mediterráneo o el Pacífico, y allí disfrutar de una buena mesa, rociada con abundantes vinos y otros licores, beber café y deleitarse con un puro cubano o con un cigarrillo y, colmo de los colmos, ligar («la caza de amor es de altanería», dijo el clásico) y disfrutar de ese sexo que Dios nos dio. (Servicio de columnistas de IPS)

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