Reflexión teórica y práctica revolucionaria

Autor:

Armando Hart Dávalos

Los cubanos contamos con una tradición intelectual que se remonta a los tiempos forjadores de la nacionalidad. Luz y Caballero dijo que Félix Varela fue el hombre que nos enseñó primero en pensar. Podríamos agregar: Luz nos enseñó a conocer; y Martí, en base a esta tradición, y a su genio, a actuar. Por último, sobre estos fundamentos Fidel Castro nos ha enseñado, y nos continúa enseñando, a vencer. Pensar, conocer y actuar en función de los intereses de los pobres y de toda la humanidad están en la raíz de la cultura decimonónica cubana que constituye el fundamento de la cultura general integral que las más importantes figuras de nuestra intelectualidad han sustentado. Así lo entendieron los verdaderos y genuinos intelectuales cubanos, lo que permitió el enlace original de todo el movimiento de la cultura con la política en el siglo XX.

Como una singularidad de nuestro devenir histórico, en Cuba se produjo una vinculación muy estrecha entre el movimiento intelectual, artístico y literario, y el movimiento social y político. Cuando el movimiento artístico y literario se articula con el de carácter científico natural, aparecen con claridad ante nosotros los caminos políticos que requiere la nueva época.

Ahí está la clave de por dónde empezar para enfrentar el drama de nuestra época. Esto es hablar de Martí, de Mella y de otros muchos intelectuales y personalidades de la tradición cubana. Esta es una de las grandes enseñanzas válidas para los que crean arte, educación y cultura, y válida también para los que hacen política. Olvidar una de estas dos dimensiones o ponerlas en antagonismo y no relacionarlas, le hace daño al socialismo. Esta es la dolorosa experiencia de la historia socialista tras la muerte de Lenin. Articularlas debidamente es estar a la altura de Martí y de Fidel. De ahí nuestra insistencia en la necesidad de vincular el movimiento universitario y académico en general con el movimiento social y político.

Hoy estamos obligados, más que nunca antes, a extraer las enseñanzas teóricas que nos brinda la rica experiencia acumulada para asegurar el desarrollo de la Revolución en la centuria que comienza.

Vivimos tiempos difíciles cargados de amenazas para la existencia de la humanidad y con una crisis económica capitalista muy profunda de carácter internacional que afecta en mayor medida a los países más pobres. Es en medio de estas realidades que nuestro pueblo lleva adelante su Revolución y desde luego ellas marcan también el carácter de muchas de las dificultades que debemos enfrentar y superar.

Debemos tomar como bandera esa tradición intelectual para que la cultura cubana continúe desempeñando, como hasta aquí, el papel de escudo de nuestra identidad y de sus componentes esenciales y que hacen posible la existencia de Cuba como nación independiente y soberana.

La transformación revolucionaria no puede hacerse sin concebir los métodos y modos de alcanzarla, y estos constituyen fuentes esenciales del pensar filosófico que se requiere hoy. De otro modo nos quedaríamos en simples formulaciones. Se necesita, por tanto, de la práctica educacional y de la práctica política, específicamente lo que he llamado cultura de hacer política. Distanciar la filosofía de la educación y la política no nos permitirá jamás arribar al pensamiento filosófico que, partiendo del inmenso saber de Marx, Engels y Lenin, constituya una guía certera para interpretar los complejos fenómenos de los albores del siglo XXI. Y hacerlo sin ismos excluyentes con el método filosófico de la mejor tradición espiritual cubana, es decir, el electivo, que tiene como guía la justicia, principal categoría de la cultura.

En esta nueva época la clave está en probar que el hombre solo puede enfrentarse a los dramas de nuestra época con la cultura, y específicamente con la ética y el derecho y una práctica política fundamentada en esos principios.

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