En el aniversario 45 de Juventud Rebelde

Autor:

Armando Hart Dávalos

Al llegar al aniversario 45 del fraterno diario de la juventud cubana, fundado por Fidel un día como hoy, durante el quinto aniversario de la integración del movimiento juvenil cubano en la Asociación de Jóvenes Rebeldes —preámbulo de nuestra Unión de Jóvenes Comunistas— tengo la satisfacción de transmitirles mi más cordial y sentida felicitación.

Desde entonces, Juventud Rebelde ha cumplido con honor y eficiencia la misión que le fue encomendada como órgano de información y orientación para los jóvenes cubanos, realizando valiosos y sólidos aportes a la cultura, el debate y a las inquietudes siempre crecientes de una juventud —hija de la Revolución— cada vez más culta e instruida.

En las páginas de Juventud Rebelde hemos confirmado que pueblo, juventud, revolución y patria no son tan solo palabras para nosotros, los martianos. Son conceptos teóricos, son guías para la práctica y son también bellos sentimientos.

Si el Apóstol enseñó que «patria es humanidad», entonces patria marca la existencia de un pueblo concreto, de aquel en que nace cada hombre, de aquel que tiene más cerca.

Lo más dinámico de un pueblo son sus jóvenes. Ellos simbolizan no solo el futuro sino también el presente. Saben que inclinar la cabeza ante los libros de estudio es la mejor forma de levantarla ante el porvenir. Conocen que del trabajo cotidiano y útil nace la virtud más duradera. Ejercitan las armas en las tareas de la defensa, sabiendo como Martí, que «es un soldado todo ciudadano, y el que no sepa combatir no es ciudadano».

Conjugar todas esas facetas solo se logra con la Revolución que es, en definitiva, el arte de hacer feliz al pueblo. Cuando la juventud actual proclama «todo por la Revolución», se está uniendo, en su convicción, no solo al más universal de los cubanos, sino también a su más destacado discípulo y continuador, nuestro invencible Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Todo ello explica que nos hayamos propuesto desarrollar un diálogo sistemático de generaciones en el que participen quienes traemos la experiencia vivida en el siglo XX y los que vivirán bien entrado el siglo XXI: se trata de la necesidad de un diálogo entre dos siglos.

Las sociedades clasistas y coloniales, es decir el régimen de explotación del hombre por el hombre, nos han dejado como nefasta herencia un mundo cargado de enormes peligros. Por vez primera en la milenaria historia del hombre sobre la Tierra existe la posibilidad real de que desaparezca el género humano, y no solo esto, sino que con él desaparezcan también todas las formas de vida. Es muy triste y amargo pensar que nuestro globo terráqueo pueda convertirse, por la acción irracional y bárbara de algunos hombres, en un inmenso cementerio.

Si investigamos el pensamiento y la acción de los grandes próceres y pensadores de América en dos siglos de historia, encontraremos pensamientos luminosos orientados hacia la universalidad que necesita el mundo. Los invito a proseguir el diálogo de generaciones con esas ideas fundamentales.

Martí afirmó que Bolívar tenía mucho que hacer en América todavía. Sugiero como lema para este diálogo de generaciones que Bolívar, Martí y los próceres y pensadores de América tienen mucho que hacer en el mundo. La idea cardinal que debemos exaltar es la de extraer, de la inmensa sabiduría acumulada en este «pequeño género humano», lo necesario para unir al continente y para volcarlo hacia el mundo sobre la base del principio martiano: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas».1

Estamos convencidos de que Juventud Rebelde seguirá participando activamente en este diálogo de generaciones, tan urgente para Cuba y para el mundo, y seguirá siendo trinchera y brújula de los principios revolucionarios enarbolados por nuestros herederos y sucesores —con igual firmeza y decisión— en las nuevas condiciones históricas que vive el siglo XXI.

Con deseos de mayores éxitos para Juventud Rebelde.

Armando Hart Dávalos

1 J. Martí, Obras Completas. Nuestra América, t. 6 p. 18

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