Quijote de Puerto Padre

Autor:

Alina Perera Robbio

Hay regalos que alguna vez nos hacen y que siendo «intangibles» tienen, sin embargo, el poder de lo que no se marchita ni olvida. Así me sucedió con ciertos versos que una persona querida compartió conmigo luego de una conversación sobre el paso del tiempo.

Ahora que por estos días volví sobre la certeza de que el paso del tiempo nos trae, quita o repone grandes fortunas; hoy que veo emerger del oleaje de los años a un ser asombroso, protagonista de mi adolescencia y que a la altura de la adultez entraña —sin quererlo él— la inmensa pregunta sobre cuánto hice, o no, durante su larga ausencia; recuerdo el sabor de los versos regalados, tesorillo con el cual rematé hace no mucho estas líneas a las que deseo volver en compañía de los lectores:

Consumido por sus sueños, los mismos que le mantienen en pie, El Quijote de Puerto Padre en la provincia de Las Tunas se deja bañar por el mar anchuroso desde una pose que parece recordarnos su célebre definición: «Sé quién soy…».

Y es simbólico que en vez de tener cerca a su amigo Sancho —ese que lo sujetaba a la tierra con sentencias de hombre común—, el batallador esté de pie, olfateando esperanzas en el aire salobre y a pocos pasos de un molino de viento, torre que parece recordarle que los delirios, las mejores locuras, siempre tendrán gigantes apostados en el camino.

Sobrecoge este aventurero que luce tan empecinado en lo que quiere. Está enjuto de no dar su brazo a torcer, de esperar sin cansancios, de lidiar con el sol y la frialdad de todas las lunas. No importa que se le haya evaporado el juicio. Lo que cuenta es que está lleno de sueños y certidumbres, como esos otros caballeros que en Puerto Padre esperan encontrar cosas buenas traídas por las olas.

Al Quijote de Puerto Padre parece preocuparle cualquier asunto menos la torre con sus aspas. Es como si atendiera algo que no podemos ver y le obsesiona. Quizá está contando el tiempo disponible para seguir deshaciendo todo género de agravios y ser premiado por el valor de su brazo. A lo mejor ya sabe que si se le escurren los instantes como fino polvo de oro, lo habrá perdido todo.

El drama que parece atenazar a este luchador de la triste figura es ese tan hermosamente revelado en los versos de Cira Andrés Esquivel (La Habana, 1954), donde se habla de cómo el Quijote sacó en claro, cuando venía de vuelta de sus alucinaciones, quién es el principal adversario que nos compele a todos a dar la gran batalla y a hacer gala de nuestras mejores armas.

Dicen así los versos titulados Delirio del Quijote:

No eran de viento los molinos, Sancho,

sino de tiempo.

Ha sido desigual la pelea, tan difícil,

las aspas giraban hacia arriba, indiferentes,

y yo minúsculo abajo, en su sombra.

Eran de tiempo, Sancho,

grandes conos erguidos y en la cima

un remolino indescifrable.

Hubiera podido ganar la batalla

pero equivoqué las armas

y ahora me hundo. Déjame ver tu cara

que perderé también y arriba

busca solo el sol

porque no hay molinos de viento, Sancho.

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