Urgencia del límite

Autor:

Hugo Rius

Un somero rastreo de los aconteceres que reportan con lujo de detalles medios informativos extranjeros, en buena parte provoca horror, sobre todo cuando reflejan un impactante desprecio hacia vidas propias y ajenas. Tales relatos, con frecuencia construidos con sádica morbosidad, son capaces de poner la piel de gallina a los más creídos duros y escamados.

Aunque a buena distancia de semejante morbo, y por línea predominante con una intención educativa y de alerta ciudadana, también en nuestro país se denuncian públicamente hechos que horripilan por sus potenciales consecuencias. Y esta fue la sensación que me produjo un reciente reportaje televisual sobre el saqueo de elementos de las estructuras de puentes, por donde circulan tantos vehículos.

La preocupada funcionaria que planteaba el alarmante problema en tono de contención persuasiva ante las cámaras, fue en mi criterio hasta benévola al calificar de inescrupulosos a los malhechores que muy bien deberían catalogarse de criminales egoístas, bastante parecidos a «sociópatas» diagnosticables. Porque, vamos a ver, ¿cómo calificar a quienes de a poco, un día tras otro, van creando las condiciones para provocar un accidente catastrófico con pérdida de vidas humanas?

Pero a decir verdad, y sin intentar remedar el fabulado desenlace de Fuenteovejuna, esta suerte de autofagia social tiene muchos culpables. No solo el que extrae recursos y facilita el desplome de una instalación, sino quienes lo recibieron a sabiendas de su origen, o conocieron de su peligrosidad sin denunciarlo ni requerir a infractores, o quienes —¡oh misterios ópticos!— no vieron lo que sucedía ante sus narices. Así se hacen cómplices de una futura tragedia de incalculables proporciones, que pesará sobre sus conciencias. ¿Y si alguna víctima propiciatoria fuera un familiar cercano?

Lo mismo acontece al debilitarse los soportes de las líneas férreas, los angulares de las torres de transmisión, barandas de una escalera, sustraerse señales de tránsito, o —para mi nuevo asombro— sólidos bancos de noble madera en los que se sentaron durante décadas generaciones de pacientes de la prestigiosa Escuela de Estomatología, los cuales desaparecieron como en un acto de magia, por afanes de apropiación y especulaciones.

Cuando se coloca en la mira solo la necesidad y el interés personal, a costa y sin respeto de los demás, el tejido social comienza a enfermarse, cuando se sobrepasa el límite de lo razonable, y nos colocamos en un campo minado, del que casi nadie puede quedar a salvo. Todo para resolver lo suyo, sea la vivienda en construcción o reparación, o para mejor embellecerla, o cualquier otra causa parecida.

Cauces suficientes se han abierto para la iniciativa individual constructiva, si bien con conocidos baches superables, pero las insuficiencias en los suministros de materiales, irregularidades en la distribución e intervencionismos burocráticos —que merecen crítica— de ninguna manera tiene que justificar el saqueo criminal de lo que constituyen bienes públicos, por donde transitamos y nos cobijamos todos, ni la mirada indiferente, disfrazada de complacencia o compasión.

En el reportaje aludido se habló con mínima lucidez de un sistema de vigilancia preventiva entre cuantos factores deben obrar para detener estas conductas caóticas, y que requerirá, si de actuar en serio se trata, más allá de un acto de fe, de compromiso, energía y firmeza para poner urgente límite entre el orden y la autodestrucción social.

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