Cigüeñas suicidas - Opinión

Cigüeñas suicidas

Autor:

José Aurelio Paz

Cuando le puse los audífonos para que escuchara la canción, a ella se le aguaron los ojos. Arjona, desde esa poética tan suya, cantaba a la agonía menstrual de la mujer con la intención de describir la otra agonía, la de aquellas mujeres que sufren por no poder concebir.

«De vez en mes te haces artista,/ Dejando un cuadro impresionista,/ Debajo, del edredón./ De vez en mes con tu acuarela, /Pintas jirones de ciruelas, /Que van a dar hasta el colchón/ De vez en mes un detergente,/ Se roba el arte intermitente/ De tu vientre y su creación…». ¡Qué manera tan sutil de dibujar, desde la letra de una melodía, esa mezcla de enfado y vergüenza que sufre la mujer, cuando sus óvulos se desgranan en vino tinto y despierta, sobresaltada, por la abrupta huella.

Mas la verdadera historia asoma en el estribillo. El cantautor guatemalteco recrea el drama al agregar: «De vez en mes/ La cigüeña se suicida,/ Y ahí estás tú tan deprimida,/ Buscándole una explicación…».

Solo quienes tienen la experiencia de la infertilidad en la pareja saben, a ciencia cierta, de lo que habla. Es esa magnitud del desamparo, imposible de medir, cuando la maternidad se muere y escapa cada mes, furibunda por no lograr su acto mágico de procreación, a través de la misma sangre que es símbolo de vida. Quienes mucho buscan un hijo y no lo encuentran saborean el amargo chocolate de un amor inconcluso, inacabado como esos cuadros donde falta el trazo final y la firma del artista que le dan valor a la obra.

La sociedad, todavía, es discriminatoria en este sentido. Existe el tabú de la «maldición divina», de la vid seca, del pecho sin la primavera de la leche y el vientre que no deja de ser vientre para convertirse en pelota que trae al futuro futbolista dentro. Es el momento exacto en que el machismo se ensaña. «La culpa siempre es de ella». Al cabrío le cuesta mucho admitir que él, también, puede ser el causante «menstrual» de tal decepción, cuando cree sentirse traicionado y hasta, a veces, busca refugio en entraña ajena, aunque el amor no asome, simplemente por demostrarse que él sí retoña.

Un escritor como José Jiménez relata la tragedia de una mujer en la Biblia, que no lograba concebir. Nadie como él pinta de exacto lo que se consideraba un descrédito para la mujer de aquel tiempo, y todavía lo es en cierta medida: «Y hubo mil noches profundas, y mil noches de ascuas encendidas en lo alto, y mil noches más pálidas como atardeceres interminables e inciertos, y mil días dorados y otros tantos grises o apesadumbrados. Y los días se encadenaron con los días, y las noches con las noches, y los días y las noches de las semanas se enlazaron con los días y las noches de los meses y los años, y hubo inviernos y veranos, hielo y tempestad, flor de rocío y flores de primavera, y hasta la hierba asomó en la arena y en el pedregal, pero el vientre de Sara seguía estando liso».

De modo que esas inacabadas madres que hay en estas mujeres acaban, muchas veces de manera resignada, convertidas en tías mimosas; las incondicionales, esas «cigüeñas suicidas» que se desbordan por acunar sobrinos, sobreprotegerlos, al punto de dejar de ser ellas para que estos crezcan al amparo de un amor redoblado, el cual no siempre es agradecido después, mientras en el mundo no existe un solo monumento erigido a tan importante personaje de familia que, muchas veces, de manera desleal e insana, se les califica de raras, tontas y entrometidas.

Mientras Arjona enciende el aire con esta historia tan cierta, vale recordar al tristemente célebre anglicano y erudito británico Thomas Malthus, quien alrededor del año 1800 escribiera su Ensayo sobre el principio de la población, en el cual proponía, como método fácil de contener las explosiones sociales y las revoluciones, la esterilización femenina. ¡Cuántos millones de judías y polacas vieron fusilados sus sueños de ser madres en los campos de concentración! Cómo olvidar que el Gobierno norteamericano, luego de la Segunda Guerra Mundial, quiso financiar un programa a nivel del planeta, conocido como PIEGO, que pretendía lo mismo, incluso en Puerto Rico y en Cuba, bajo la siniestra tutela del doctor Ravenholt, de la Universidad John Hopkins, para esterilizar a unos 570 millones de mujeres en estado fértil, a fin de defender los intereses económicos yanquis y evitar una explosión poblacional que pudiera rebelarse y atentar contra el dominio comercial de los Estados Unidos.

No lejos en el tiempo está el genocidio del ex presidente Alberto Fujimori, quien quiso mostrar su «eficacia» gubernamental y su lacayismo yanqui, al convertirse en pionero de ese método en América Latina, cuando cambió las leyes peruanas y puso en funcionamiento, en 1995, un programa de castración forzada contra los indígenas que, en solo cinco años, alcanzó la espeluznante cifra de 331 600 mujeres y unos 30 000 hombres a quienes les practicaron una vasectomía.

Escucho al cantautor decir casi al final del texto: «De vez en mes,/ tu cuerpo ensaya para cuna,/ tu humor depende de la luna,/ y yo te quiero un poco más…», y afirmo que las verdaderas cigüeñas suicidas son esas mujeres que abortan sin conciencia; las que abandonan o regalan a sus hijos luego; las que los han criado sin la dedicación ni el amor necesarios, como un paquete que les ha tocado cargar, sin disfrutar ese diálogo interior que siempre ocurre entre la madre y el niño; cuando otras, las que sueñan lirios en su vientre y ríos de miel en sus pechos, continúan siendo solo novias de las sombras.

Digo que le puse los audífonos a ella para que escuchara la canción y se le aguaron los ojos. Nosotros habíamos sufrido una historia semejante y ambos éramos «culpables», hasta que un hijo nos nació de otro lugar y la cigüeña, bendecida, desmontó su cadalso y se dispuso a volar disfrutando de la ambrosía, que la vida nos regalaba de otra manera.

 

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