Por algo será

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Para que Cuba tenga el color justo de los cristales que la dibujan, tenemos que renunciar a la visión narcisista que nos regalan nuestros ojos; no importa cuán lindos o conquistadores nos devuelvan sus señas los espejos de nuestra conciencia.

Enredado en la maraña galáctica de Internet, encontré una fábula oriental que estimuló esa sugerencia, que es como «para comérsela», en el sentido intelectual y político.

Cuenta la historia que un rey que había oído hablar sobre la importancia de los elefantes, encargó a súbditos suyos que le buscaran información de estos animales. El monarca los envió entonces a una ciudad que albergaba un ejemplar.

Cada emisario, durante la noche, se acercó secretamente al sitio donde se encontraba el coloso. Lo curioso es que la descripción de cada enviado fue despampanantemente distinta. Uno lo vio como un muro, que había topado en la oscuridad con el costado; otro como una soga muy larga, que había tocado su cola; y el último lo detalló como un árbol, que se había encontrado con una pata.

Semejante enredo terminó en un simposio, en el que luego de que cada uno dibujara al animal a su antojo, se llegó a la conclusión de que el elefante era el mismo; las que resultaban diferentes eran las visiones. Cada uno tenía una parte de la verdad, cada uno contemplaba la realidad desde una diferente perspectiva.

La anterior nos lleva a otra leyenda, esta vez persa, la cual narra que en el inicio de los tiempos los dioses repartieron la verdad dando a cada persona un pedacito, de forma que para reconstruir la verdad hace falta poner el trozo de cada uno. Ello nos enseña también que no existe trozo pequeño, insignificante o despreciable, pues es imprescindible el de todos.

No pretendo someter al lector a un hartazgo de fábulas, pero las que inician esta columna están como mandadas a hacer para la Cuba en transformación, en la que solo una voluntad verdaderamente integradora y participativa —como la que se requiere y abre paso— nos permitirá despojarnos de la opacidad y desfiguración de los cristales excesivamente excluyentes y particulares.

Vivimos en una sociedad cada vez más plural, estratificada y menos uniforme, algo que —según analistas— ni siquiera podrá ser corregido cuando se enderece la famosa pirámide social, y en la que cada vez puede ser más riesgoso dejarse arrastrar por uno solo de los «cristales con que se mire».

Y como de cristal, o pedazo o trozo de verdad se trata, resulta aleccionador el que descansa en el sustrato social, político y cultural sobre el que se levanta la hermosa obra de rescate comunitario emprendida por Kcho en la barriada capitalina de Romerillo.

Frente a no pocas mentes burocratizadas y estigmatizadoras —para las que quienes habitan esa isla de marginalidad en un espacio privilegiado de La Habana no son más que ilegales—, el artista levanta el estandarte de la sensibilidad y la responsabilidad social del arte, y la no menos importante del gobierno y de la política.

Desde el limpio cristal de este novel de la plástica mundial, que aprendió de su madre que las estrellas están en el cielo, pero los humanos vivimos en la Tierra, no se trata de aplastar sino de salvar; no es posible ignorar sino escuchar, no hay que reprimir sino transformar.

Porque como bien acentuó ante colegas nuestros enamorados de su proyecto, si esas familias terminaron en aquel espacio y reproducen determinadas prácticas y conductas, «por algo será».

Mientras le escuchaba esa frase, recordaba la ocasión en que denuncié en esta columna la visión de un funcionario público que arremetía contra campesinos pobres de una región del país, a los que catalogaba como unos guajiros vagos, por los cuales no había nada que hacer, sino sencillamente ¿dejarlos naufragar en su abandono…?

Y el mundo está rebosante de semejantes conductas, que no pueden admitirse en la Cuba que decidió escoger el camino de la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. El proyecto de la actualización, el cambiar todo lo que deba ser cambiado, solo tiene como finalidad última construir el proyecto de desarrollo humano preferencial que representa el socialismo cubano.

Por ello no resulta casual que los últimos años en el país estén signados de interrogantes, un diluvio de interrogantes, que no solo debe dejarse al liderazgo de la nación. Las preguntas corresponden a todos, desde el más alto hasta el más humilde nivel de la sociedad, porque en la medida en que seamos capaces de indagar los porqués, los más hondos porqués de cada distorsión que padecemos, estaremos haciendo de ese ejercicio un proyecto de mejoramiento.

Claro que con el cristal de cada cual, sin que falte o se ignore esquirla alguna, para que en el espejo aparezca el reflejo de todos.

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